Virginia Woolf, Ernest Hemingway,
Cesare Pavese, Jack London, Sandor Marai, Alfonsina Storni,
Jack London, José Asunción Silva, Yukio Mishima,
Jacques Rigaut, Horacio Quiroga, Anne Sexton, Vladimir Maiakovski...
La lista de escritores y poetas que han cometido suicido en
diferentes épocas y lugares, de las más diversas
(y a veces brutales maneras) es bastante larga.
El suicidio y los procesos creativos
de los artistas es una relación que ha fascinado a estudiosos
y aficionados desde hace mucho tiempo. Una de las obsesiones
de los que se acercan al tema es descifrar si, al analizar los
escritos dejados atrás, hubiera sido posible predecir
el final de dichos autores. Lo que durante mucho tiempo fue
apenas una fascinación morbosa comenzó en algún
momento a tornarse en asunto para estudios más serios.
Posiblemente no fue sino hasta fines del siglo XIX cuando intentó
dársele confirmación científica, con la
publicación en 1889 de Genio y locura escrita por el
médico y antropólogo italiano Cesare Lombroso.
El autor planteaba que el genio artístico era una forma
de desequilibrio mental hereditario y para apoyar esta afirmación,
se dedicó a coleccionar lo que llamó “arte
psiquiátrico”, escritos, dibujos y pinturas realizados
por pacientes encerrados en hospitales mentales. Lombroso también
vinculó el genio artístico con la esquizofrenia,
debido al alto índice de pacientes que sufrían
de este mal y que lograban plasmar por medio de la expresión
creativa, su atormentado y complejo mundo interior.
Dichas afirmaciones no son tomadas muy en serio hoy en día,
pero el estudio de Lombroso sirvió como arranque para
que otros científicos se acercaran al tema. En años
más recientes, los estudios más exhaustivos realizados
sobre el tema son posiblemente los de la psicóloga clínica
estadounidense Kay Redfield Jamison, autora de Touched with
Fire (Tocados por el fuego) de 1993, un minucioso análisis
sobre la relación entre los desórdenes maníaco-depresivos
y los procesos creativos de varios prominentes artistas. Algunos
de los autores incluidos en este estudio son Charles Dickens,
William Faulkner, F. Scott Fitzgerald, Ralph Waldo Emerson,
Baudelaire, Herman Hesse, Ernest Hemingway, John Keats, Edgar
Allan Poe, Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Virginia Woolf
y Kurt Vonnegut.
Otro de sus libros, Night Falls
Fast: Understanding Suicide (La noche cae pronto: comprendiendo
el suicidio), es un estudio donde Jamison discute el suicidio
desde la óptica histórica, religiosa y cultural,
y cataloga el suicidio (sin lugar a discusión), como
un factor relacionado con enfermedades mentales de diversa índole.
El suicidio como manifestación de enfermedad mental
A pesar de todos los estudios y aproximaciones científicas,
no hay datos definitivos que confirmen el vínculo entre
los procesos creativos o artísticos con la enfermedad
mental y/o el suicidio. Pero no es necesario ser artista para
suicidarse. Un informe de la Organización Mundial de
la Salud de hecho calcula que cada año se suicidan un
millón de personas alrededor del mundo, de las cuales
aproximadamente un 80 por ciento sufren enfermedades mentales
que no han sido tratadas y, en muchos casos, ni siquiera diagnosticadas,
como la depresión o el desorden bipolar.
Por lo demás, la creatividad es una característica
propia de todo ser humano, un recurso al que recurrimos en nuestra
vida cotidiana para resolver una amplia gama de situaciones,
desde el menú familiar y la decoración del hogar
hasta la solución de problemas de toda índole.
¿Acaso por eso estamos todos expuestos al suicidio?
Las motivaciones del suicidio entre
escritores son semejantes a las de cualquier mortal. También
sus métodos, algunos más rebuscados que otros,
como el de Jerzy Kossinski.
El autor de origen polaco, conocido por su excepcional novela
Desde el jardín, se suicidó ingiriendo una gran
cantidad de barbitúricos con un trago de ron y Coca Cola,
se metió a la tina de baño y además se
amarró una bolsa de supermercado alrededor de la cabeza.
Su nota de suicidio, el cual constituyó una gran sorpresa
para sus allegados, decía “voy a dormir ahora un
rato más largo del usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.
Problemas cardíacos, la incapacidad de poder escribir
más y acusaciones de plagio podrían haber sido
el detonante para esta decisión.
¿Suicidio o accidente?
La poeta rusa Marina Tsvetaeva se colgó hasta morir.
Emilio Salgari, creador de Sandokán y varias novelas
de aventuras, se abrió el vientre con un cuchillo. La
narradora alemana Unica Zürn se tiró desde la ventana
del apartamento que compartía con su compañero
sentimental, el pintor Hans Bellmer. Jacques Vaché, amigo
de André Breton y uno de los fundadores del surrealismo,
murió de una sobredosis de opio.
La clásica bala es uno de los métodos más
populares de suicidio entre autores. A ello recurrieron Ernest
Hemingway, José Asunción Silva, Sandor Marai,
Jacques Rigaut y Hunter S. Thompson, entre otros.
También lo es la ingesta
de venenos y sobredosis de medicamentos. Horacio Quiroga tomó
cianuro poco después de saber que sufría cáncer
estomacal. Leopoldo Lugones se tomó un trago de whisky
mezclado con cianuro. Cesare Pavese tomó una sobredosis
de barbitúricos luego de una decepción amorosa.
Georg Trakl acabó consigo mismo tomando una sobredosis
de cocaína.
El suicidio por inmersión es otro de los recursos comunes
entre autores. Alfonsina Storni se adentró en el mar
en la playa La Perla, en la ciudad de Mar del Plata, agobiada
por la soledad y tras detectársele un cáncer mamario.
Virginia Woolf se llenó los bolsillos del abrigo con
piedras y se sumergió en el Río Ouse, muy cerca
de su casa. Paul Celan se arrojó al Río Sena en
París.
Otros escritores prefirieron inhalar algún tipo de gas.
Sylvia Plath y René Crevel abrieron las llaves de sus
respectivos hornos. Anne Sexton se encerró en su garaje,
encendió el motor de su automóvil y murió
por envenenamiento con monóxido de carbono. Algo similar
hizo John Kennedy Toole.
Algunas muertes ocurrieron de manera tal que la línea
entre suicidio y accidente no queda muy clara. Es el caso de
Primo Levi, el escritor italiano de origen judío que
sobreviviera al holocausto y que fuera encontrado muerto en
las escaleras interiores de su edificio. Sus allegados y el
forense que lo examinó estuvieron de acuerdo en que Levi
se suicidó lanzándose de las escaleras, ya que
jamás pudo sobreponerse al trauma y la culpa de haber
sobrevivido Auschwitz.
Sobre la muerte de Jack London
también se alza la sombra del suicidio. London sufría
de uremia y los dolores lo obligaban a tomar morfina. Si la
sobredosis que lo mató fue ingerida de manera accidental
o deliberada, es algo que sigue en el misterio.
Al estudiar varios de estos casos, una característica
común (además de las enfermedades mentales), fue
la imposibilidad de poder escribir: no escribir con la frecuencia
o con la calidad deseada fue motivo de angustia para muchos.
¿Acaso la escritura sería para ellos una válvula
de escape que, al verse bloqueada, hacía intolerable
la existencia?
Aunque jamás pueda definirse con exactitud por qué
existe o cuál es el vínculo entre escritores y
suicidio, lo cierto es que el tema siempre volverá, de
manera recurrente, a plantearse en nuestro imaginario y a alimentar
nuestras fascinaciones personales.
Comenzamos con esta introducción una serie de aproximación
a cuatro conocidos escritores que se suicidaron, todos en circunstancias
muy diferentes: Yukio Mishima, Sylvia Plath, Reinaldo Arenas
y Alejandra Pizarnik.
¿Hubo pistas en la escritura de estos autores sobre su
eventual suicidio? ¿Algunas actitudes o situaciones de
su vida propiciaron dicha circunstancia? ¿Hubo señales
que sirvieron como advertencia a quienes los rodeaban? Si alguien
hubiese leído los textos de estos autores como llamados
de auxilio dentro del contexto de sus vidas, ¿habrían
podido evitarse sus muertes? Trataremos de averiguarlo.