Alberto se fue abriendo paso junto a su amigo, entre los pueblos y ciudades de tres países, donde se vio en la necesidad de ir trabajando en el camino para continuar el viaje y no morir de hambre en el intento. En esta edición de Centroamérica 21, él mismo cuenta su historia:
"Váyanse sigan engañando a la autoridad", nos dijeron los federales, luego de habernos quitado todo el dinero que llevábamos. Habíamos abordado el tren de pasajeros desde Veracruz hasta el Distrito Federal y habíamos pagado 12 mil pesos mexicanos, de los viejos. Era increíble como las autoridades le robaban a uno. Aún así decidimos seguir.
La gente que iba en el tren, se apiadó de nosotros y nos daba comida, sin la buena voluntad de ellos no hubiéramos sobrevivido. Así pasamos tres días hasta el DF, durmiendo y comiendo de lo poco que nos regalaban. Me daba cólera pensar todo lo que nos habían quitado y el gran esfuerzo que pasamos para conseguirlo.
Habíamos pasado 12 días trabajando con mi amigo en la ciudad de Veracruz. Yo conseguí un trabajo en la corta de mangos y él en una panadería. Gracias a una viejecita que conocimos, pudimos tener donde dormir. Ella nos había dado una champita y de vez en cuando nos daba algo de comer, sino nosotros pedíamos comida en la calle. Lo importante era no gastar el dinero, para poder agarrar el tren al DF.
A mí me pagaban 8 mil pesos y a mi amigo 6 mil al día. En esos 12 días habíamos logrado un buen dinero para poder llegar sin problemas al DF y seguir adelante. Si no hubiera sido por las autoridades mexicanas que nos dejaron sin cinco, nos hubiera ido mejor. Al llegar al DF habría que ver cómo comer y conseguir más dinero para seguir adelante. La meta nunca la dejamos de lado: Llegar a Estados Unidos.
Ya una vez nos habíamos librado de los policías en Tonalá: antes de llegar a Veracruz, nos habían capturado a los dos porque creyeron que le habíamos robado a un taxista del lugar. Nos tuvieron en unas cárceles todas chucas, que apestaban a excrementos y a orines. En la noche nos enmiedaban para que confesáramos, sino nos amenazaban que nos iban a cachimbear. Después de seis horas, nos dejaron libres. Pero nunca habían llegado al grado de robarnos. Pero eso no nos detendría de seguir.
La salida
Mi amigo tenía 18 y yo 19 años. La verdad, salimos por la guerra. Yo había prestado servicio en el ejército salvadoreño por un año, pero me salí. Lo justo era cumplir dos años de servicio militar, pero yo no quería estar ni un segundo más ahí. Mi amigo tampoco quería unirse a la guerra. Entonces decidimos partir.
Mi esposa y yo habíamos estado teniendo muchas dificultades para sacar adelante a nuestros hijos: uno de cuatro, una niña de dos y uno de un año. Vivíamos en el cantón Granadillas, en el departamento de La Libertad. En ese entonces había conseguido un trabajito en una empresa que se llama El Granjero, donde abastecía a los mercados de huevo. Con eso había logrado ahorrar 120 colones, de aquella época, estamos hablando de 1988 y con eso emprendí el viaje.
Una noche le dije a mi esposa: "Mañana me voy para Acajutla, voy a ir a buscar trabajo. Cuando tenga algo te hablo". Me desperté muy temprano, hice mis maletas y me fui hacia la terminal de Occidente con mi amigo. Días atrás, pagamos 15 colones para comprar el boleto de bus que nos llevaría hasta Guatemala.
Llegamos a Guatemala como a las seis de la tarde y no hallábamos para dónde agarrar porque no conocíamos el camino. Anduvimos preguntándole a toda la gente, hasta que nos dijeron que había una terminal donde salían buses para México. Pagamos diez quetzales por el bus que nos llevó hasta Tecún Umán.
Eran las dos de la madrugada cuando llegamos al parque de Tecún Umán, donde nos dispusimos a echar una dormidita y esperar a que amaneciera. A eso de las cuatro de la mañana nos despertó el frío y el hambre. Teníamos que despertarnos y ver cómo seguir. Ahora el reto era pasar el río Suchiate, que divide Guatemala con México.
El territorio mexicano y las estafas
Nos habían contado muchas experiencias malas que había tenido la gente al cruzar el río. Nos decían que ahí asaltaban y mataban a la gente. Y en verdad eso pasaba. Eso nos había dado mucho miedo. Los que más se intentan aprovechar de uno son los camareros, que son los que le pasan a uno el río.
Los camareros lo pasan a uno con unos tubos de las llantas de buses o de camión y les ponen una tabla encima, Uno se sienta ahí y así, atravesamos el río, a eso les llaman cámaras. Solo por pasarlo quieren cobrar grandes cantidades o le roban. Al final, logramos que nos pasaran por tres quetzales.
Nosotros teníamos mucho miedo de ese río, porque una parte es bien ancha y a veces va con fuerza y se pasa llevando a la gente. Pero uno va también con el peligro de que estén al otro esperándolo para asaltarlo. Nosotros solo íbamos con el camarero, nos dejó en la orilla del río y de ahí tendríamos que arreglárnoslas solos.
Caminamos durante horas y llegamos a otro parque en un lugar que se llama Ciudad Hidalgo, en Chiapas. Ahí abundan los delincuentes, tanto como los policías y la gente se lo baja a uno. Nosotros confiamos en unas señoras que nos dijeron que nos iban a conseguir un coyote, con los furgones que llevan carga.
Nos dejaron en una casa esperando que nos llegaran a traer y nadie llegó. Pasamos aguantando hambre, sed y frío. Lo peor es que nos habían quitado casi todo el dinero que andábamos. Mi amigo y yo decidimos salirnos de ahí y nos fuimos a tomar un bus que nos llevó hasta Tapachula. Ese bus nos costó 2 pesos y con los 10 pesitos que nos quedaban comprábamos tacos de 50 centavos y una gaseosa para los dos.
Después, unos traileros nos dijeron que nos darían aventón un poco más adelante. Nos quitaron los últimos centavos que llevábamos y para jodernos más nos dejaron cerca de la caseta de la migra. Caminamos rodeando la caseta y así logramos pasar.
Si pasar por México es bastante duro, ahí había que cuidarse de todos, solo podía confiar en mi amigo. Pero a pesar de todos esos robos, no nos detuvimos, ya no teníamos nada de dinero, ni comida y decidimos caminar. Pasamos todo un día caminando por las calles hasta que pensamos que ya no podíamos seguir así. Necesitábamos ganar dinero.
El duro camino hasta Veracruz
Después de ese largo trajín, llegamos a un pueblo que se llama Huistla, que es un pueblo ganadero. Pasamos a un rancho y nos dijeron que nos podían dar trabajo. Ya no hallábamos cómo seguir, ni para dónde ir, así que decidimos quedarnos trabajando.
Nos pagaban 5 mil pesos mexicanos el día por picar zacate y hacer cercas para el ganado. Trabajábamos de cuatro de la mañana a cinco de la tarde. Dormíamos en el pavimento y no nos daban comida. Fue horrible trabajar ahí, pero nos apoyábamos mucho con otros salvadoreños que andaban en las mismas que nosotros.
A los ocho días nos pagaron y decidimos irnos todos de ahí. Como no sabíamos cómo irnos comenzamos a caminar. Íbamos como 50 salvadoreños todos juntos, huyéndole a los ladrones, a la migra, a los federales y a los soldados también.
Un día, el ejército mexicano, nos rodeó y nos pusieron una emboscada pensando que éramos zapatistas, pero donde vieron que no llevábamos armas solo nos pidieron documentos y les dijimos que no éramos mexicanos, si no que salvadoreños. Como no llevábamos armas, nos dejaron ir y seguimos más adelante
Después descubrimos que por ahí pasaban los trenes cargueros y así nos tocó viajar. Pasábamos muchos pueblos y cuando el tren llegaba a una estación, al siguiente día nos bajábamos y esperábamos otro y así hacíamos. Los dos sentíamos mucho miedo porque la migra nos andaba siguiendo por todos lados y disparaban al aire para amedrentarnos. Pero nunca nos detuvimos.
Los hermanos Gasca en el DF
Después del robo de los federales en el tren y de andar perdidos durante tres días en el Distrito Federal, esa ciudad que se lo come a uno, un señor nos dijo: "no tienen dinero para comer vayan ahí al circo de los hermanos Gasca, que ahorita están contratando gente para armar el circo". Fuimos a ver y nos pagaron 10 mil pesos por estar pintando las bancas y levantando la carpa, desde las seis de la mañana hasta como a las ocho de la noche.
Al terminar el día un señor, un desconocido nos recogió y nos llevó a un hotel. Ahí dormimos, nos bañamos felizmente porque no nos habíamos aseado desde que salimos en el tren de Veracruz hasta el DF. Sentir el agua en el cuerpo nos confortó mucho.
Con lo que nos pagaron en el circo comimos ese día. No queríamos gastar mucho para poder tener más dinero para seguir nuestra travesía. Preguntando nos enteramos donde pasaban los trenes cargueros que nos podían llevar a la frontera. El dinero del circo nos sirvió para llevar provisiones: galletas y gaseosas serían nuestro alimento para el viaje.
Trenes de carga hasta la frontera
Desde el DF los trenes fueron nuestro nuevo hogar. Lo más terrible era cuando llegábamos a partes solas y el tren soltaba la mitad de los vagones en medio camino y regresaban hasta un día después. Nosotros teníamos que esperarlo porque si nos movíamos nos podía dejar.
A veces nos dejaban a medio desierto. Nosotros solo nos dormíamos y pasábamos comiendo galletas. Cuando nos daba sed nos bajábamos a buscar agua y de regreso al vagón. Cuando nos aburríamos de las galletas nos bajábamos a cortar la fruta del nopal y eso comíamos.
Cuando ya veíamos que el tren comenzaba a funcionar ya nos subíamos nuevamente y pasábamos noches enteras en esos vagones. Al final, llegamos a San Luis Potosí y nos bajábamos a llenar las pichingas de agua, a comprar más galletas y a pedir comida. Había gente que nos regalaba tortilla con frijoles o huevito frito. Y así pasamos de tren en tren hasta que llegamos a la frontera de Matamoros.
Pasamos un día preguntando cómo era la pasada en esa frontera. Al final, nos dijeron que teníamos que pasarnos el río Bravo. Esperamos hasta que se hicieran las once de la noche para cruzarnos. El agua era muy helada y nos llegaba a la frente. Lo bueno es que en esa época del año no estaba muy fuerte, así que caminando lo pasamos.
Por fin, llegamos a Estados Unidos, estábamos todos mojados pero no nos podíamos quedar ahí. Comenzamos a caminar lo más rápido posible porque la migra americana andaba viendo como nos pescaba. También había que huir de los ladrones y los narcotraficantes.
Asilo político en Canadá
El hambre fue nuestro peor enemigo al llegar a Estados Unidos. Mi primera imagen fueron los letreros en inglés. La verdad, me sentí muy feliz de haber llegado. Lo peor había pasado. De inmediato tuvimos que buscar alguna manera de conseguir dinero para comer algo. Recogíamos latas y las vendíamos para comer.
Al tener un poco de dinero, lo primero que hice fue llamar a mi esposa que se había quedado en El Salvador. Estaba muy enojada porque yo me había ido con mentiras y sobre todo porque habían pasado ya dos meses y ella sin noticias mías. Pero al final decidió apoyarme en mi decisión.
A los pocos días, la migra nos agarró en Texas. A mí me llevaron a la delegación y a mi amigo a una casa de detención. Al final, me dieron un permiso para andar solo en el pueblito, con la condición que no saliera de ahí. Como ya no tenía más que hacer me fui a meter a un refugio de inmigrantes. Ahí me daban comida, donde dormir y trabajábamos para nosotros mismos.
Un día, me visitaron unos abogados que nos dijeron que nos podían ayudar a salir de ahí, aplicando a asilo político. Me metí a ese programa, pero era para vivir en Canadá. Estuve ahí ocho meses hasta que al fin me salió el asilo político. Mi amigo también logró aplicar.
Nos mandaron a los dos a Georgia para hacer algunos trámites y luego a Tennessee, donde esperamos a que nos llevaran a Canadá. Ahí, pude tener algunos trabajos temporales, para mandar dinero a mi familia. En total esperé 15 meses para irme para Canadá.
Al llegar a Canadá no era lo que esperaba. Llegamos en el mes de noviembre y el frío es extremo. Como trabajábamos en construcción era un gran sufrimiento para nosotros. Decidimos regresarnos a Estados Unidos, otra vez de ilegal. En la frontera, desgraciadamente nos agarró el sheriff y nos arrestó.
Pasamos 15 días detenidos en migración de Washington. Nos iban a mandar a Canadá, pero dijeron que como habíamos violado la ley, teníamos que estar dos o tres meses más en prisión, por lo que pedimos que mejor nos deportaran. Así fue que perdimos todo y volvimos a El Salvador por avión.
Al regresar, lo poco que había mandado nos sirvió para irla pasando con mi familia, pero la situación se fue poniendo más difícil, por lo que decidí viajar de nuevo con unos primos. Pero esta vez no pudimos pasar de México DF, donde nos agarró la migra y nos deportó hasta Guatemala.
Después de esa vez, nunca más volví a internarlo. Pensé en mi familia y en que quería ver crecer a mis hijos y pasarla juntos. Esas cosas no tienen precio.