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¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? y V

 

El término “cuarto poder” parece una frase salida de un jefe de redacción irónico; en el camino alguien se la tomó bastante en serio, la usó como estandarte y desde entonces no hemos parado en la búsqueda de la “verdadera función social” del periodismo.


Lunes 3 de diciembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Lo de “cuarto poder”, si uno es periodista y se pone romántico, podría significar que el periodismo es uno de los actores fundamentales de la vida en comunidad: se encuentran el poder del estado, el poder económico, el poder eclesial y los medios de comunicación masiva.

El origen del término es mucho más simple. Surge en las épocas de la Revolución Francesa, y añade al periodismo –y más bien a los medios de prensa– como el cuarto mosquetero de una serie de sólo tres: poder legislativo, judicial y ejecutivo. El trasfondo es que hay quienes hacen leyes y sistemas de leyes, quienes las protegen y quienes las ejecutan, respectivamente. Los medios de prensa serían los que influyen políticamente en las decisiones de esos tres órganos: un contralor y un vigilante del sistema.

Los medios de comunicación, dentro de esta lógica, no tienen un poder intrínseco: éste depende de la opinión pública que logre generar. Y en ese supuesto proceso ocurre la eterna contradicción: el medio posee una agenda política –la de sus dueños y editores–, y los periodistas tienen –o deberían– una visión más profesional o técnica –más “objetiva”– del oficio, y lo aplican –o deberían– lo mejor que pueden dentro de las restricciones de una línea editorial.

Que el medio crea en su papel especial como parte de un “cuarto poder” es lógico. Que los periodistas jueguen a obtener y ejercer una ración, obviamente mínima, es irreal. Como ya se dijo en una nota anterior, la relación entre un medio y un periodista es generalmente laboral, y dentro de los valores implícitos se encuentra el hecho de que el periodista trabaja para satisfacer las necesidades del medio, no las suyas.

Aun con la amplia libertad con la que cuenta un periodista, la influencia que pudiera tener dependerá de la influencia que el medio le otorgue, y ésta a su vez de la calidad de su trabajo. Pero no hay que hacerse ilusiones: el papel del periodista, en todo momento, es hacer su trabajo de manera profesional; lo que derive de ello será extraperiodístico, así se trate de ayudar a cambiar situaciones, defenestrar a un funcionario público o hablar de la inauguración de una plaza.

Los medios tienen resueltos sus objetivos: hay una línea editorial establecida, hay preferencias políticas e ideológicas, hay un modo estándar de procesar la información y se presupone que lo más importante es la presentación de un producto periodísticamente sólido.

Para los periodistas es más pantanoso, y por eso se habla a menudo de ética, se arman reuniones sobre el tema y llegan a imprimirse manuales para que las cosas queden claras.

Pero no todas están claras, desde lo más grave –corrupción abierta– hasta otras que de tan simples pasan desapercibidas para los propios periodistas. Una de ellas es la frágil y siempre peligrosa relación con el poder.

Para la mayor parte de los reporteros el fin de año es fructífero. Se los invita a recepciones en ministerios, en la presidencia, con bailes, buena comida, licor y lo que se acostumbra. Después llegan a las redacciones con los regalos recibidos, y son frecuentes las pláticas acerca de lo que ganaron en la rifa.

Esos “reconocimientos” a la labor periodística se pagan con dinero público, y no hay mucha diferencia con el tráfico de influencias que los mismos periodistas denuncian durante el resto del año; a lo sumo, los regalos a los comunicadores serán mucho más baratos. Lo mismo podría aplicarse a la relación debida con organismos políticos, organizaciones no gubernamentales y equipos de fútbol.

El primer principio ético es la calidad. Habrá escuelas deficientes y editores sin experiencia, pero también debe existir el impulso –¡y la práctica– de los periodistas de continuar formándose más allá de lo que aprendieron en la escuela. Ésta no deja de ser una guía que, además, poco tiene que ver con el ejercicio cotidiano.

El segundo, conservar el papel de testigo imparcial. Desde el momento en que el periodista cree que es parte de un “cuarto poder”, y que debe ejercer sus fueros, algo se perdió en alguna parte.

Un dato curioso: muy pocos, de los que ostentan espacios de opinión permanentes en los medios salvadoreños son periodistas de oficio. ¿Se debe a que ejercen su derecho a la libertad de expresión como ciudadanos; a que algunos son parte de agendas políticas –del medio o aliados del medio– o a que no hay muchos periodistas preparados para asumir el trabajo? No se arriesga aquí una respuesta, porque algo habrá de cada una de las posibilidades, pero no deja de ser un tema de reflexión.

Lea también: (Edición anterior)
- Objetividad e imparcialidad

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? I

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? II

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? III

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? IV

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