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Entre Marilyn Monroe y la revolución (III)
Maldita o no, la revolución es la prostituta predilecta de las aventuras, las redadas policiales y de la propaganda. La junta de gobierno instalada luego del golpe militar de 1979, fue llamada “Revolucionaria”; rebeldes y militares azuzaron sus propios miedos con una palabra que para muchos sólo a punta de copa tiene algo de romántico a estas alturas de la vida.
Lunes 3 de diciembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Enrique Álvarez, un terrateniente que creyó que la revolución agraria era posible, comenzó a aplicar medidas laborales favorables para sus trabajadores, a tal grado que muchos terratenientes se disgustaron y lo consideraron un comunista, en el más peyorativo sentido.
Luego de una visita secreta realizada a Cuba, organizada por Schafik Hándal, el terrateniente venía más convencido de hacer ciertas reformas, y quería escribir sobre sus experiencias, gritarlas al viento. El viejo Schafik le sugirió guardar el secreto, no era conveniente. Sin embargo el terrateniente no se aguantó y lo confesó a su padre.
La familia lo excomulgó y ahora, veintisiete años después, hablando de revoluciones y traiciones, me fue inevitable recordar a Enrique Álvarez, quien junto a otros luchadores sociales, mientras celebraban una reunión del Frente Democrático Revolucionario, fueron ejecutados por esas espurias estructuras llamadas “Escuadrones de la Muerte ”, cuyos rostros y las estructuras a las que oficialmente pertenecieron son conocidas con demasía.
Es tan irónico que ese Enrique, de apellido pudiente haya realizado acciones como repartir algunas de sus tierras a voluntad o realizar otras reformas de beneficio laboral, y en contrario, otros personajes, que salieron de los arrabales populares, que luego se erigieron en dirigentes, o comandantes de la guerrilla, vivan y trabajen ahora como imitadores de un modo de vida al que tanto acusaron, y que, en el solapado discurso de nuestro tiempo, lo desprecian desde la comodidad esquizofrénica de sus vidas.
Cómo es posible que una naciente guerrilla se llame revolucionaria, que un terrateniente se considere revolucionario, realice acciones concretas sobre sus bienes, milite en una organización con adjetivo revolucionario, que una junta militar, surgida de un golpe de Estado, en el marco de cuyo gobierno se ejecutaron decenas de cientos de asesinatos, desapariciones y torturas a civiles, pudiera llamarse revolucionaria, que un organización militar de la guerrillera que se conoció como un ejército revolucionario haya asesinado a uno de los más extraordinarios poetas salvadoreños de todos los tiempos; cómo es posible que el Partido Comunista Cubano y su similar de El Salvador hayan guardado silencio sobre esa operación de infiltración de la izquierda a la izquierda, donde un hombre absolutamente incompetente para lidiar con una columna de jóvenes rebeldes, debió de morir en el ojo de una conjura tan despreciable; todo ello justificado en esa bendita palabra llamada revolución.
Nuestro mundo está repleto de contradicciones, de justificaciones políticas, y es tan difícil darnos a entender en estos tiempos, aunque es fácil pensar que dadas las experiencias debería ser lo contrario.
Y esa revolución, de unos y otros, se volvió guerra, y los cipotes que debíamos ir a jugar nos vimos enrolados en una tragedia que pasó por innombrables hechos de sangre, de dolor, de nostalgias, de excursiones hacia el exilio y la muerte.
La guerrilla salvadoreña de 1984, que pasó por el ejercicio de las grandes batallas regulares de esos primeros años de la guerra civil, no sólo devoró la vida de muchos jóvenes sino que se consolidó de manera impresionante. Los informes norteamericanos colocaban a esa guerrilla como una fuerza de élite capaz de enfrentar a lo mejor de sus tropas.
Podíamos caminar noches herrumbrosas, repletas de lluvia, sólo por esas ideas acerca de la revolución, no más, y es obvio que la juventud tan temprana nos permitía saltar como conejos y buscar o evadir los peligros; hay quien piensa que el término literario para calificar a los que van a la guerra es locura.
La guerra de guerrillas, cuyo montaje estratégico en el terreno del combate dio inicio en el año 1984, fue sin duda la experiencia más dramática de quienes fuimos soldados de ella, los recuerdos de esas escurridizas caminatas se plantan en algunas noches y nos silban al oído las notas del acorralado.
No sería extraño escuchar la valoración de algún alto militar de la Fuerza Armada de El Salvador, que al recordar esos tiempos, llegue a la conclusión de que ese cambio no era el esperado por ellos, no se veía como el más logrado, el ejército estaba en gran desventaja y esperaba más ataques regulares por parte de la guerrilla.
Los riesgos de concentrar tropa guerrillera frente a los ataques masivos de la aviación, era uno de los argumentos esgrimidos al profundizar en esa larga cabalgata de la guerra de guerrillas; otro lo fue lo imperioso que era buscar más presencia de la guerrilla en todo el territorio del país; más lo era el siempre presente componente político de buscar la insurrección de las masas, o al menos su colaboración en la lucha militar.
Los cierto es que esa aventura de la guerra de guerrilla quizá mató más combatientes, a grandes y experimentados jefes, desmoronó la moral de la guerrilla provocando abrumadoras deserciones de sus filas, limitó la capacidad ofensiva mostrada hasta entonces y dejó atrás una cabalgata infernal.
Lo que impidió que la guerrilla fuese aventajada por el ejército gubernamental en ese peregrinar, fue el resultado del desgate de aquel y de la situación política internacional.
En una ocasión, en el marco de esa estrategia, unidades guerrilleras basificadas en el Cerro La Gloria , en el occidente del país, fueron rodeadas por fuerzas del batallón Atlacatl. La respuesta de la guerrilla se estableció en dos tácticas: evitar el combate, a toda costa, es decir debíamos escondernos hasta debajo de la tierra y aplicar un campo minado masivo a los campamentos abandonados y a las veredas que cruzaban la zona guerrillera.
El objetivo era dejar que las tropas se fueran en el blanco y a la vez provocar bajas abundantes por mina. Un clásico planteamiento de guerra de guerrillas, aunque había suficientes tropas en la zona como para haber organizado una batalla como la de los primeros tiempos, además se contaba con buenos jefes militares.
El asunto respondía a la táctica de desembarcos helitransportados del ejército y el mando guerrillero tenía desconfianza de perecer ante ataques de semejante envergadura.
Los cierto es que las unidades guerrilleras acorraladas, fueron quedando al borde de las riberas del río Lempa, cansados, bebiendo agua capturada de las lluvias o de pequeños charcos, comiendo raíces de palo de jocote. Ahí comenzamos a escuchar el megáfono de la gente de trabajo psicológico del ejército.
“El comandante Orlando anda dándose la gran vida, mientras tú, guerrillero, peleas por esa revolución de las mentiras, tú puedes morir ahora, mientras él está en Europa bebiendo los mejores vinos, entrégate, se te respetará la vida, la revolución por la que luchas no tiene futuro”, decía el tipo.
En un borde, plantado de chaparro y jocotes, se reunía el mando conjunto de la guerrilla, el comandante Orlando “Carabina”, de las FPL, estaba ahí, y era a quien aludía el hombre del megáfono; su rostro cansado, sudado, emblemático, estaba, como el resto, a la espera de que las tropas bajaran por fin y los cocinaran a puros cuetazos.
El comandante Cirilo, del ERP, quien siempre tuvo una palabra adecuada, aún en aquellos momentos terribles, y a quien no recuerdo haberle visto en los ojos el miedo de los animales perseguidos, le dijo en una de esas bromas macabras: “Puta, cabrón, sos una mierda, no nos has compartido nada de tus vinos, ni de tus viajes, esa tu revolución es una mentira, nos tenías pajeados”, no había terminado de decirlo cuando se arrebató en una carcajada, seguida después por todos lo que ahí estaban.
El miedo se opacó, la noche no sólo llevó la música de los grillos sino el anuncio de que el grueso de las tropas enemigas abandonaban el territorio al no haber encontrado ni un solo guerrillero con el que tirarse al menos una puteada, y claro, Orlando “Carabina” no estaba en Europa, se encontraba ahí también, lidiando con esa cabrona revolución. No es posible decir ahora si el tipo que gritaba lo sabía en verdad o sólo hacía uso de las argucias de toda guerra.
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Marilyn Monroe y la revolución (I)
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