El club de los escritores suicidas
El último samurái: Yukio Mishima
Casi al mediodía del 25 de noviembre de 1970, un
hombre sobre cuya frente va ceñida una cinta con el emblema
japonés, arenga a los soldados desde un balcón del
Cuartel de Ichigaya. En su discurso, que pocos escucharon con
atención, protestaba contra la constitución impuesta
por los Estados Unidos en el Japón de la post-guerra y
llamaba a los japoneses a recuperar la importancia de la figura
del Emperador y rescatar las tradiciones japonesas. Pero fue abucheado
por los soldados. Luego de tres vivas al Emperador, aquel hombre
entró de nuevo al cuartel.
Ésa sería la última aparición en público
de Yukio Mishima, de 45 años, un escritor altamente respetado
en Japón, tres veces nominado al Premio Nóbel de
Literatura. Lo que ocurrió luego adentro del cuartel fue
un meticuloso ritual suicida llamado Sepukku (conocido en occidente
como Hara-kiri). Pero aunque la planificación de los detalles
de esta acción comenzara 12 meses antes, hay muchos indicativos
de que el Sepukku y la toma del cuartel eran algo que venía
rondando obsesivamente a Mishima desde hacía muchos años
atrás.
Para los que han leído Caballos
desbocados, una de las novelas que conforman su tetralogía
“El mar de la fertilidad”, el argumento y las circunstancias
de aquella mañana de noviembre son demasiado similares
como para ser una casualidad. Y si bien es cierto dicha tetralogía
fundamentó su visión del Japón de aquel
entonces, es en esta novela donde las motivaciones ideológicas
detrás de lo que se convertiría en su suicidio
están fríamente desglosadas.
En su juventud, Yukio Mishima era un hombre extremadamente tímido,
muy bajo, delgado y “feo”, según algunas
mujeres que lo conocieron entonces. Además, el asumir
su identidad homosexual no fue un proceso sencillo. Ello está
relatado en su libro Confesiones de una máscara.
Por estos detalles, no resultó extraña la afición
de Mishima por las pesas y el físico-culturismo. La obsesión
por transformar su debilucho cuerpo en uno musculoso y fuerte
parecía estar motivada en superar sus complejos personales
y alimentar su auto-estima. Pero algunos allegados aseguran
que su obsesión por el físico-culturismo no fue
más que el comienzo de su larga preparación para
el suicidio.
Mishima comenzó el entrenamiento físico 15 años
antes de su muerte. Según su visión, ejecutar
el sepukku con un cuerpo viejo y feo es deshonroso, y su visión
se convierte en algo indecente.
Luego de formar el cuerpo que él quería, se sintió
impulsado a exhibirlo. Se hizo retratar en las poses más
extrañas: como un San Sebastián atravesado por
flechas, ahogándose en arenas movedizas, atropellado
por un camión o con un hacha en la cabeza. También
se le miraba en una foto, semi desnudo, fingiendo abrirse el
vientre con una espada...
Actuó en algunas películas menores, como gángster
o asesino y hasta cantando alguna canción, y comenzó
a estudiar artes marciales. La lectura del Hagakure, una guía
práctica y espiritual del guerrero samurai, fue sumando
elementos a lo que ya venía formándose en su mente.
Su profunda admiración por los samurais, los rituales
de honor, la figura del Emperador (considerado en aquel entonces
como un dios) y la decadencia en la que sentía había
entrado Japón y todas sus tradiciones luego de la rendición
de la II Guerra Mundial, fueron convirtiéndose en la
base teórica para justificar ante otros un plan concreto
de acción.
En 1968 funda el Tate-no-kai, la Sociedad del Escudo, un ejército
privado en que sus integrantes, compuesto sobre todo por jóvenes
estudiantes, juraban lealtad incondicional al Emperador japonés.
Según la instrucción impartida por el mismo Mishima,
el Emperador no era una persona en sí sino que representaba
la esencia de todo Japón. Los miembros de dicha sociedad
se entrenaban física e ideológicamente para estar
dispuestos a “morir sin matar” y funcionar como
un escudo humano para proteger con su cuerpo la vida del Emperador.
Luego de la fallida arenga a los soldados, Mishima retorna al
despacho del General Kanetoshi Mashita a quien tienen prisionero.
En la introducción del libro Mishima, locura para el
mundo, la autora Ángeles López describe de esta
manera lo que habría de ocurrir:
De forma pausada y sumido en el más absoluto silencio
ritual se despoja de la chaqueta y, tras quitarse las botas
apartándolas a un lado, se desabrocha el pantalón
que cae sobre los muslos flexionados. A dos metros del general,
se arrodilla pausadamente. Toma en su mano derecha la espada
corta, mientras Morita, a su espalda, levanta en alto la katana
que cercenará su cuello.
Mishima inicia el balanceo de torsión, mientras, con
los tres dedos centrales de la mano izquierda localiza el punto
del abdomen al que apunta su daga. Da tres nuevos vivas al Emperador.
Tras una inspiración profunda contrae la musculatura
del tórax. Un grito seco y gutural. La daga entra a fondo
y cruza rápidamente el abdomen empujada por una fuerza
y una voluntad hercúleas. La sangre sale a borbotones
acompañando a las entrañas. Cuando en un último
esfuerzo, Mishima logra llegar al lado derecho, cae hacia delante.
Morita ha esperado demasiado para segarle con un corte la cabeza...
y ahora la posición no es la adecuada. Resulta difícil
decapitar un cuerpo caído. La punta de la espada tropieza
contra el suelo y el cuello profundamente herido no se secciona.
Lo intenta una vez más mientras el cuerpo de Mishima
yace convulso sobre sus propios intestinos. Fracasa un tercer
golpe hasta que, temblando, entrega la katana a Furu Koga, quien
de forma hábil corta limpiamente la cabeza del fundador
del Tate-no-kai.
El general se inclina todo lo que le permiten sus ligaduras
y murmura la oración budista para los muertos: “Manu
Amida Butsu”.
Fotos cortesía de mishimayukio.jp
Ogawa despega reverentemente la
daga de la mano de Mishima y se la entrega a Morita que se ha
desvestido y arrodillado. Furu Koga ya está a su lado
con la katana en alto. “No me dejes sufrir mucho tiempo”,
suplica Morita. Su cabeza rueda al primer golpe de katana.
Los tres jóvenes supervivientes no pueden dominar su
emoción y estallan en llanto. No porque Mishima se hubiera
practicado el Hara Kiri –que es en realidad una forma
incompleta de Seppuku, pero es el modo en que lo denominamos
en occidente-, sino porque han hecho “el supremo sacrificio
de renunciar a morir”.
Antes de salir hacia el Cuartel de Ichigaya, Mishima dejó
sobre la mesa de su casa el manuscrito recién terminado
de La corrupción del ángel, novela con la que
cerraba la tetralogía de “El mar de la fertilidad”,
con instrucciones precisas para ser publicado. Pedía
además ser enterrado con el uniforme del Tate-no-kai,
para dejar claro que moría no como un hombre de letras,
sino como un soldado fiel al Japón.
Hay quienes insisten en que la toma del cuartel y la arenga
pública, lejos de tener un fondo político, eran
el pretexto de Mishima para convertir su suicidio en un espectáculo.
Sin embargo, quienes han estudiado su vida comprenden que sus
creencias ideológicas no surgieron de la noche a la mañana
y que un suicidio honroso era parte de toda una filosofía
de vida para el escritor.
Como dato curioso hay que agregar que otros dos escritores japoneses,
considerados por Mishima como sus maestros literarios, también
se suicidaron: Ryunosuke Akutagawa tomó una sobredosis
de veronal a los 35 años, luego de una crisis nerviosa
en que sufrió de alucinaciones y angustia, generados
sobre la posibilidad de haber heredado la enfermedad mental
de su madre, quien perdió la razón poco después
de darlo a luz.
Por su lado, Yasunari Kawabata fue encontrado muerto por envenenamiento
en un cuarto lleno de gas propano cuando tenía 72 años.
Kawabata había ganado el Premio Nóbel de Literatura
en 1968, año en que también Mishima había
sido nominado. Los allegados de Kawabata insistieron en decir
que se trató de un accidente, aunque su precaria salud
y el impacto que le causara el espectacular suicidio de Yukio
Mishima, con quien tuviera una cercana amistad, parecen haber
influenciado para que tomara dicha determinación.