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El club de los escritores suicidas
El último samurái: Yukio Mishima


Casi al mediodía del 25 de noviembre de 1970, un hombre sobre cuya frente va ceñida una cinta con el emblema japonés, arenga a los soldados desde un balcón del Cuartel de Ichigaya. En su discurso, que pocos escucharon con atención, protestaba contra la constitución impuesta por los Estados Unidos en el Japón de la post-guerra y llamaba a los japoneses a recuperar la importancia de la figura del Emperador y rescatar las tradiciones japonesas. Pero fue abucheado por los soldados. Luego de tres vivas al Emperador, aquel hombre entró de nuevo al cuartel.

Ésa sería la última aparición en público de Yukio Mishima, de 45 años, un escritor altamente respetado en Japón, tres veces nominado al Premio Nóbel de Literatura. Lo que ocurrió luego adentro del cuartel fue un meticuloso ritual suicida llamado Sepukku (conocido en occidente como Hara-kiri). Pero aunque la planificación de los detalles de esta acción comenzara 12 meses antes, hay muchos indicativos de que el Sepukku y la toma del cuartel eran algo que venía rondando obsesivamente a Mishima desde hacía muchos años atrás.


Lunes 10 de diciembre de 2007
Jacinta Escudos
jescudos@gmail.com

 

Para los que han leído Caballos desbocados, una de las novelas que conforman su tetralogía “El mar de la fertilidad”, el argumento y las circunstancias de aquella mañana de noviembre son demasiado similares como para ser una casualidad. Y si bien es cierto dicha tetralogía fundamentó su visión del Japón de aquel entonces, es en esta novela donde las motivaciones ideológicas detrás de lo que se convertiría en su suicidio están fríamente desglosadas.

En su juventud, Yukio Mishima era un hombre extremadamente tímido, muy bajo, delgado y “feo”, según algunas mujeres que lo conocieron entonces. Además, el asumir su identidad homosexual no fue un proceso sencillo. Ello está relatado en su libro Confesiones de una máscara.

Por estos detalles, no resultó extraña la afición de Mishima por las pesas y el físico-culturismo. La obsesión por transformar su debilucho cuerpo en uno musculoso y fuerte parecía estar motivada en superar sus complejos personales y alimentar su auto-estima. Pero algunos allegados aseguran que su obsesión por el físico-culturismo no fue más que el comienzo de su larga preparación para el suicidio.

Mishima comenzó el entrenamiento físico 15 años antes de su muerte. Según su visión, ejecutar el sepukku con un cuerpo viejo y feo es deshonroso, y su visión se convierte en algo indecente.

Luego de formar el cuerpo que él quería, se sintió impulsado a exhibirlo. Se hizo retratar en las poses más extrañas: como un San Sebastián atravesado por flechas, ahogándose en arenas movedizas, atropellado por un camión o con un hacha en la cabeza. También se le miraba en una foto, semi desnudo, fingiendo abrirse el vientre con una espada...

Actuó en algunas películas menores, como gángster o asesino y hasta cantando alguna canción, y comenzó a estudiar artes marciales. La lectura del Hagakure, una guía práctica y espiritual del guerrero samurai, fue sumando elementos a lo que ya venía formándose en su mente. Su profunda admiración por los samurais, los rituales de honor, la figura del Emperador (considerado en aquel entonces como un dios) y la decadencia en la que sentía había entrado Japón y todas sus tradiciones luego de la rendición de la II Guerra Mundial, fueron convirtiéndose en la base teórica para justificar ante otros un plan concreto de acción.

En 1968 funda el Tate-no-kai, la Sociedad del Escudo, un ejército privado en que sus integrantes, compuesto sobre todo por jóvenes estudiantes, juraban lealtad incondicional al Emperador japonés. Según la instrucción impartida por el mismo Mishima, el Emperador no era una persona en sí sino que representaba la esencia de todo Japón. Los miembros de dicha sociedad se entrenaban física e ideológicamente para estar dispuestos a “morir sin matar” y funcionar como un escudo humano para proteger con su cuerpo la vida del Emperador.

Luego de la fallida arenga a los soldados, Mishima retorna al despacho del General Kanetoshi Mashita a quien tienen prisionero. En la introducción del libro Mishima, locura para el mundo, la autora Ángeles López describe de esta manera lo que habría de ocurrir:

De forma pausada y sumido en el más absoluto silencio ritual se despoja de la chaqueta y, tras quitarse las botas apartándolas a un lado, se desabrocha el pantalón que cae sobre los muslos flexionados. A dos metros del general, se arrodilla pausadamente. Toma en su mano derecha la espada corta, mientras Morita, a su espalda, levanta en alto la katana que cercenará su cuello.

Mishima inicia el balanceo de torsión, mientras, con los tres dedos centrales de la mano izquierda localiza el punto del abdomen al que apunta su daga. Da tres nuevos vivas al Emperador. Tras una inspiración profunda contrae la musculatura del tórax. Un grito seco y gutural. La daga entra a fondo y cruza rápidamente el abdomen empujada por una fuerza y una voluntad hercúleas. La sangre sale a borbotones acompañando a las entrañas. Cuando en un último esfuerzo, Mishima logra llegar al lado derecho, cae hacia delante. Morita ha esperado demasiado para segarle con un corte la cabeza... y ahora la posición no es la adecuada. Resulta difícil decapitar un cuerpo caído. La punta de la espada tropieza contra el suelo y el cuello profundamente herido no se secciona. Lo intenta una vez más mientras el cuerpo de Mishima yace convulso sobre sus propios intestinos. Fracasa un tercer golpe hasta que, temblando, entrega la katana a Furu Koga, quien de forma hábil corta limpiamente la cabeza del fundador del Tate-no-kai.

El general se inclina todo lo que le permiten sus ligaduras y murmura la oración budista para los muertos: “Manu Amida Butsu”.

Fotos cortesía de mishimayukio.jp

Ogawa despega reverentemente la daga de la mano de Mishima y se la entrega a Morita que se ha desvestido y arrodillado. Furu Koga ya está a su lado con la katana en alto. “No me dejes sufrir mucho tiempo”, suplica Morita. Su cabeza rueda al primer golpe de katana.

Los tres jóvenes supervivientes no pueden dominar su emoción y estallan en llanto. No porque Mishima se hubiera practicado el Hara Kiri –que es en realidad una forma incompleta de Seppuku, pero es el modo en que lo denominamos en occidente-, sino porque han hecho “el supremo sacrificio de renunciar a morir”.

Antes de salir hacia el Cuartel de Ichigaya, Mishima dejó sobre la mesa de su casa el manuscrito recién terminado de La corrupción del ángel, novela con la que cerraba la tetralogía de “El mar de la fertilidad”, con instrucciones precisas para ser publicado. Pedía además ser enterrado con el uniforme del Tate-no-kai, para dejar claro que moría no como un hombre de letras, sino como un soldado fiel al Japón.

Hay quienes insisten en que la toma del cuartel y la arenga pública, lejos de tener un fondo político, eran el pretexto de Mishima para convertir su suicidio en un espectáculo. Sin embargo, quienes han estudiado su vida comprenden que sus creencias ideológicas no surgieron de la noche a la mañana y que un suicidio honroso era parte de toda una filosofía de vida para el escritor.

Como dato curioso hay que agregar que otros dos escritores japoneses, considerados por Mishima como sus maestros literarios, también se suicidaron: Ryunosuke Akutagawa tomó una sobredosis de veronal a los 35 años, luego de una crisis nerviosa en que sufrió de alucinaciones y angustia, generados sobre la posibilidad de haber heredado la enfermedad mental de su madre, quien perdió la razón poco después de darlo a luz.

Por su lado, Yasunari Kawabata fue encontrado muerto por envenenamiento en un cuarto lleno de gas propano cuando tenía 72 años. Kawabata había ganado el Premio Nóbel de Literatura en 1968, año en que también Mishima había sido nominado. Los allegados de Kawabata insistieron en decir que se trató de un accidente, aunque su precaria salud y el impacto que le causara el espectacular suicidio de Yukio Mishima, con quien tuviera una cercana amistad, parecen haber influenciado para que tomara dicha determinación.


Lea también:
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El suicidio y la literatura (I)

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