
La geometría extraña y única de Georgina
Vanegas
Alrededor de Georgina parece florecer
la geometría. No la geometría de cuadrados, triángulos
y círculos, sino “otra”, fractal pero estricta,
siempre equilibrada, siempre inteligente. Y así son sus
cuentos: de una geometría extraña y única
que es capaz de meternos en laberintos de los que no quisiéramos
salir.
Georgina Vanegas llegó a La Casa del Escritor hace
más de dos años. La llevó Teresa Andrade,
su amiga y veterana poeta de La Casa. Ambas estudiaban periodismo
–se graduaron unos meses atrás y ahora son reporteras
de Centroamérica 21–, y Teresa estaba terminando
un poemario que ahora espera publicación en una buena editorial.
Lunes 10 de diciembre de
2007
Rafael Menjívar Ochoa
redaccion@centroamerica21.com
Lo que vi fue una muchacha blanca de cabello rizado,
muy largo, perfecta y simétricamente arreglado, que con cada
movimiento de cabeza se acomodaba y creaba nuevas formas. No es
que se moviera demasiado. Tampoco hablaba más de lo estrictamente
necesario y, de ser posible, menos.
–Quiero trabajar un cuento –me dijo.
En La Casa se trabaja con los escritores jóvenes a manera
de tutoría. Se plantean un proyecto de libro (una “unidad”),
se trabajan los textos a manera de taller individualizado y cada
uno de esos textos pasa por los comentarios de todos los compañeros.
Así funciona en poesía. Sin embargo, llegan tan pocos
narradores, y tan de tarde en tarde, que cada uno de ellos es un
taller en sí mismo.
Lo de “trabajar un cuento” fue literal. Georgina tenía
un cuento escrito, el primero que armaba con todas las de ley, y
lo trabajamos durante cerca de un año. Cada vez que llegaba,
era el mismo cuento con otros enfoques, desde otros ángulos,
con cambios notables en el lenguaje y la estructura. En medio, recomendación
de lecturas, pláticas largas acerca de la lógica de
la narrativa, la discusión de los detalles que le dan vida
a las narraciones y cómo trazar, desde el principio, líneas
argumentales que den coherencia al texto.
Y siempre el mismo cuento. Una y otra vez.
Todo texto tiene su propio tiempo de escritura y
maduración. Pueden ser horas, pueden ser meses o años;
uno sabe que está listo sólo cuando ya está
listo y, si se pone a forzar las cosas, el resultado será
siempre algo poco memorable, uno de tantos, y Georgina no está
hecha para eso: su manía por la perfección de cada
frase y la precisión de cada palabra decía que, sí,
estaba trabajando a un ritmo adecuado.
Dejó de llegar durante meses y pensé que estaría
trabajando en su único cuento y, ojalá, en los borradores
de algunos más. O quizá se hubiera rendido, lo menos
probable pero siempre posible.
Me llamó hace menos de un año para decirme que llegaría
a La Casa, que había terminado un libro de cuentos y quería
ver qué tal funcionaban.
Esperaba que llevara “el cuento” ya terminado –después
de un año había pasado por una transformación
sorprendente– y textos que tardarían por lo menos algunos
meses en tomar forma. Me equivoqué.
Lo que llevó fue una colección de cuentos extraños
y, como era de esperarse, geométricos. Geométricos
de un modo alucinante, lógicos de una manera que sólo
puede serlo en el mundo absurdo de Lewis Carroll cuando Alicia pasa
del otro lado del espejo: para quedarse en el mismo lugar hay que
correr enloquecidamente, para llorar hay que ponerse a reír,
cosas así. Con un solo cuento como laboratorio de pruebas,
Georgina había logrado terminar todo un libro.
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Premio Centroamericano de Literatura, Francisco Gavidia, 2007
El ingeniero y músico salvadoreño, Carlos Serpas, resultó ganador del Premio Centroamericano de Literatura "Francisco Gavidia" 2007 género cuento, organizado por la universidad del mismo nombre con el apoyo de Concultura.
El viernes pasado se realizó la premiación formal en dicha universidad, donde se dio a conocer el nombre de la colección ganadora “Las viudas y otros cuentos”. La mesa de honor estaba integrada por Héctor Ismael Sermeño director nacional de Patrimonio Cultural, el poeta Mario Pleitez y en representación de la universidad la Vice Rectora Leticia Andino.
El jurado estuvo conformado por los escritores Jaime Barba y Luis Melgar Brisuela, quienes “no quisieron dejar afuera trabajos de tan buena calidad” y también galardonaron con dos menciones honoríficas a los salvadoreños Danilo Sacasa y a una de nuestras periodistas, María Georgina Vanegas. La colección de ella se denominó “El taxidermista”.
Mercedes Seligman, organizadora del premio, dio a conocer los ganadores y explicó que habían sido los más destacados de 40 trabajos salvadoreños, 4 guatemaltecos y 3 hondureños.
Finalmente, el premio único y las dos menciones serán publicadas bajo el sello de la editora de la universidad en el 2008.
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En lugar de conversar acerca de cómo armar mejor los relatos,
me encontré discutiendo con ella acerca de por qué
comenzar una frase con un gerundio no es lo más recomendable
–se puede perder el estado de la acción y se desdibujan
los movimientos y pensamientos del personaje, si sirve de algo que
se diga aquí–, cómo se utilizan los plurales
de las palabras terminadas con equis, cómo evitar descripciones
innecesarias –que eran pocas– y cómo violar a
veces la gramática para transmitir ciertas sensaciones y
lograr ciertos efectos.
Las preguntas, respuestas y comentarios de Georgina fueron iguales
a las de los dos años anteriores: precisas, con las menos
palabras posibles y sin una sola sonrisa. Ya me había acostumbrado
a su seriedad casi de piedra y a la precisión seca de sus
frases –totalmente diferentes a su modo ágil de narrar–,
y cuando se fue me pregunté si habría asimilado todo
lo que hablamos. No porque dudara de su inteligencia, que la tiene
para repartir, sino porque... Bueno, el carácter es el carácter,
y Georgina tiene bastante, y muy fuerte. No sabía qué
tanto había logrado convencerla o que tanto le servirían
los trucos que le daba un viejo narrador.
En apenas unas semanas tenía un buen borrador del libro,
con la advertencia de que faltaba un texto para que la estructura
de la “unidad” quedara completa. En unos meses el libro
estaba terminado.
No es el típico libro de cuentos que comienzan con el “Había
una vez” de siempre, y de hecho las historias son lo menos
importante, aunque son de lo más original que me ha tocado
leer. Los ambientes que Georgina Vanegas logra son de los que pueden
hacer gritar de desesperación o soltar una risa convulsiva,
no demasiado alegre, pero franca.
Es una literatura “de riesgo”. No está hecha
para caer bien a nadie, sino para plantear lo que a la autora le
interesa plantear. Hay un manejo del tiempo bastante fluido, estrictamente
geométrico, y los personajes se mueven según las reglas
de un universo alucinado e inflexible. Si lo que se busca es relatos
del estilo “Aquel día María se levantó
sin imaginar que su vida cambiaría”, hay que buscar
en otra parte; lo de ella no son las historias lineales, sino la
literatura de experimentación y cuestionamiento. Es de la
que a veces no vale la pena someter a concursos, porque hay cosas
de una originalidad tal que quizá no sea reconocida como
la buena literatura que es. Pero hubo quien sí la reconoció.
Hace unos días me llamó para decirme que había
obtenido el segundo lugar en el Premio Centroamericano de Cuento
de la Universidad Francisco Gavidia. Fue la primera vez que la oí
reírse y no saber qué decir, y gritar, y decir frases
a medias y, en fin, ser abiertamente feliz.
Además del orgullo y la alegría que sentí y
siento, creo que ese momento de felicidad valió los años
de trabajo que Georgina dedicó a su libro. Y creo que no
es otra cosa lo que cualquier escritor de buena cepa –ella
lo es a sus 23 años; lo demás llega con el tiempo–
busca cuando hace lo que tiene que hacer: en algún momento
sentir un poco de felicidad que se ha ganado a pulso, y que nadie
podrá quitarle.
Por cierto: hasta donde sé, “el cuento” no quedó
en la colección de relatos de Georgina. Sigue siendo muy
bueno, pero era el único que desentonaba. Así ocurre.
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