“Salimos de El Salvador tres amigos aventurándonos en los trenes de México, nuestra meta era llegar a Estados Unidos”, así comienza a relatar su historia Miguel Ángel Villalta, ex policía, que actualmente, trabaja en un taller de estructuras metálicas.
Miguel Angel Villalta: “Esa decisión nunca la voy a volver a tomar”
Miguel Ángel Villalta es uno de los salvadoreños que ha corrido con la aventura de irse como ilegal hacia Estados Unidos en dos ocasiones. Tras haber pasado mil peripecias, ahora a su regreso, ha decidido escribir un libro donde cuenta su historia. Su niñez, su pobreza, su vida como policía y su aventura como migrante está en este relato testimonial. En un taller para periodistas dio a conocer una parte de este libro: sus travesías como migrante.
“Salimos de El Salvador tres amigos aventurándonos en los trenes de México, nuestra meta era llegar a Estados Unidos”, así comienza a relatar su historia Miguel Ángel Villalta, ex policía, que actualmente, trabaja en un taller de estructuras metálicas. Dio a conocer su historia en un taller sobre tratamiento informativo de migración ilegal, dado por la Embajada de los Estados Unidos, dirigido por el corresponsal de Copley News Service, Jerry Kammer,
Miguel estaba destacado en la división del 911 de la Policía Nacional Civil (PNC) de Zacamil. Cuando entró en vigencia la ley antimaras lo trasladaron a la colonia Montreal de Mejicanos, a formar parte del grupo antipandillas. Pero esa zona estaba totalmente apropiada por los mareros así que los policías no eran suficientes en el lugar. Las leyes del pandillero eran las que prevalecían.
“Ahí recibíamos amenazas continuas y los pandilleros se querían apoderar del puesto. Para confirmar las amenazas, mataron a un compañero en una ruta 32, llegando a la Avenida Central de Mejicanos. El compañero iba descuidado y recibió 14 disparos”, relata Miguel.
Miguel de unos 29 años, lo platicó con su esposa Claudia y decidieron que no valía la pena arriesgar su vida, por encontrarse dentro del cuerpo policial. Decidió entonces, emprender la aventura de su vida con dos amigos más, miembros del cuerpo policial.
Llegar hasta la frontera de México con Guatemala fue fácil, las cosas se ponían más difíciles, ya en el país azteca. Pasar de tren en tren, de estación en estación, ahí estaba el verdadero peligro. En una de tantas, uno de los tres amigos fue capturado en una redada. Las imágenes de algunos compañeros de aventura cayendo del tren aún rondan su cabeza y con mucho pesar, dice “Debíamos continuar, cada quien debía seguir con su camino”.
Con el hambre carcomiéndole las entrañas y la garganta completamente reseca, pasó por 11 días en los trenes de carga que llevan hasta la frontera. Recuerda que en una ocasión el tren se detuvo y todos los inmigrantes que viajaban con él, se bajaron a tomar agua de una poza, con el agua verdusca y sucia debido a que el ganado bebía en ella. “Ahí orinaba y defecaba el ganado, pero a nadie nos importó, la necesidad de agua era demasiado grande”, dice.
Pasando todo tipo de peripecias, al fin logró llegar a la frontera de Reynosa, Tamaulipas, donde para su desgracia, los agentes de migración lograron atraparlos. Los oficiales estaban asociados con unos estafadores que extorsionaron a los muchachos por 1, 200 dólares. Los encerraron en un cuarto y no podían salir hasta que cancelaran la deuda. “Parecía todo un secuestro”, comenta.
Lograron salir y cruzar el Río Bravo, ese era el siguiente paso. Cansados, con hambre, sed y en una total desorientación lograron llegar al otro lado. La libertad no les duró mucho, ya que volvieron a caer en manos de los agentes de migración. Estuvieron tres días arrestados “solo nos daban dos rodajas de pan y una mortadela y de tomar una botella de agua para todos”, cuenta.
Los dejaron en libertad una mañana, caminaron hacia una estación de bus donde esperaban que alguna ayuda divina. Y así fue, Jerry se acercó a ellos y tras contarle la travesía que habían sufrido y que la cuñada del amigo de Miguel los esperaba en Washington, les compró el pasaje y así pudieron llegar hasta el destino trazado.
El segundo intento
Pero no todo fue miel sobre hojuelas, a los tres meses el amigo de Miguel, decidió regresarse a El Salvador por problemas de salud. Miguel también enfermó. La ausencia de su familia, la desesperación de encontrarse lejos de su esposa y su pequeño hijo de apenas dos años, lo agobiaba. El azúcar y los triglicéridos altos en su sangre fueron la señal de aviso. Tuvo que regresar, si no la nostalgia lo mataría.
En los 14 meses que duró el viaje de Miguel logró mandar a su familia entre 500 y 600 dólares semanales. Con eso pudieron irla pasando, hasta se hicieron de un terrenito para poner un negocio. Pero en esos 14 meses, el pueblo de Miguel, Aguilares, había sido azotado por las pandillas y la delincuencia. Ya no era seguro para ellos. Poner un negocio fue imposible por los altos costos de renta que les cobraban los pandilleros a los dueños de negocios.
De nuevo se vio acorralado, y tras una larga evaluación con su esposa, ocho meses después de haber regresado decidió partir en un segundo intento. En esta ocasión, buscó un coyote para que lo pasara por la cantidad de 6 mil dólares. Para poder reunir el dinero tuvo que vender el terreno que con tanto esfuerzo había conseguido.
El viaje hasta la frontera con Estados Unidos la hizo en bus. Los coyotes tenían totalmente arreglados los contactos en cada uno de los lugares por los que pasaron, por una cantidad de dinero ofrecida, las autoridades mexicanas los dejaron pasar.
Para Miguel, el momento más duro fue atravesar la frontera en esta segunda ocasión. El coyote le dio una mochila equipada con chumpas, guantes y una bolsa negra de basura. Pasaron la frontera por Agua Prieta, una zona montañosa, donde el frío era insoportable. “Lo que más recuerdo es como nos metíamos en las bolsas negras y las cerrábamos con una mano, para poder mantener el calor del cuerpo”, comenta.
Al final de la travesía logro llegar por segunda vez a Estados Unidos, pero se encontró con una situación totalmente diferente. El trabajo escaseaba, la paga era muy poca, la pobreza estaba más presente y la competencia era insostenible. A penas podía sobrevivir con lo poco que le pagaban. Después de haberle mandado a su esposa e hijo, hasta 600 dólares semanales, ahora solo podía mandar 200 mensuales. Las cosas definitivamente habían cambiado.
Después de nueve meses tratando de subsistir en el país del norte, decidió regresar, la depresión lo había vuelto a atacar y el dinero que ganaba a penas y podía ajustarle para comer.
Regresó a El Salvador hace a penas 2 meses y asegura que este viaje fue por gusto, ya que no pudieron cumplir los objetivos que tenían trazados con su esposa. Arrepentido de haberse ido por segunda ves concluye “esa decisión nunca la voy a volver a tomar”. Su libro desea ser el ejemplo, para que ningún salvadoreño tome la decisión departir en esas condiciones hacía el Sueño Americano.