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Tiempo de caudillos y democracia

 

Instrumentar un proyecto de país, hacer que toda una estructura económica, política y social dé un viraje radical, lleva tiempo, esfuerzos y recursos que pueden parecer ilimitados. Y a medio camino puede aparecer algún “obstáculo” –unas elecciones, digamos–que den al traste con lo que se ha logrado, pues el gobierno resultante quizá tenga a su vez otro proyecto de país que tratará de realizar, y así hasta los comicios siguientes.


Lunes 10 de diciembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

En esos estira y aflojes, los avances serán siempre pocos y los retrocesos demasiados. La única posibilidad de que exista una continuidad de proyectos es que las fuerzas políticas y sociales lleguen a acuerdos básicos –y más que básicos– acerca de las necesidades elementales de un país para que éste pueda funcionar gobierne quien gobierne; que tales acuerdos se institucionalicen y que no esté en juego la integridad de la nación, es decir su gente y sus espacios.

La Quinta República francesa logró ese objetivo –con fuertes convulsiones iniciales–, y desde hace cuarenta años, desde De Gaulle, sin importar si el gobierno en turno es de izquierda o derecha, los principios básicos, las instituciones, el sistema de leyes y de beneficios sociales, etcétera, se han mantenido.

En Estados Unidos, cada gobierno puede marcar diferencias radicales con respecto al anterior, y el país puede convertirse en un péndulo casi incontrolable de ires y venires políticos, ideológicos y económicos, pero la integridad de la nación está garantizada, y ya estarán las siguientes elecciones para ajustar –o no– lo necesario.

La tentación más frecuente ante las posibles –y sólo aparentes– veleidades de los electores es “forzar” la continuidad de los proyectos. Las maniobras recientes en México –un eufemismo, quizá, para decir “fraude”– a favor del actual presidente, Felipe Calderón, y en contra de José Manuel López Obrador son historia vieja. Era evidente que la muy joven democracia electoral mexicana viraría hacia la izquierda después de un solo periodo del Partido Acción Nacional, y que la continuidad del proyecto que sustituyó –muy lentamente, porque México es un país muy grande– quedaría apenas iniciado.

Al modificar el curso “natural” de la historia, lo que se ha logrado es un gobierno débil, una posible mengua de las instituciones y es bastante probable que haya un viraje hacia el autoritarismo que es, precisamente, lo que el juego electoral busca evitar, o desechar cuando se produzca.

El extremo son los sistemas unipersonales en los que prácticamente se busca detener el tiempo para crear una sociedad diferente de la anterior. Pero el tiempo no se detiene, y durante casi medio siglo el mundo ha atestiguado cómo Cuba se bambolea de un lado a otro, sin un rumbo claro, bajo los impulsos de un solo hombre que trata de hacer un país a su imagen y semejanza.

Sus vaivenes emocionales o intelectuales se reflejan, magnificados, en el rumbo del país. Es lógico: una sola persona no puede ser la concreción de una sociedad necesariamente compleja, y un individuo no puede, por simple cuestión anatómica, saber acerca de todo ni decidir todo lo que ocurre bajo su mano.

Lo interesante es que, siempre que se piensa en revoluciones, se piensa en caudillos que se eternizan en el poder, lo contrario de una revolución, es decir: de una sociedad dinámica y cambiante.

En el reciente referéndum en Venezuela, Hugo Chávez intentaba obtener un poder lo suficientemente amplio para permanecer en el poder por décadas, como lo advirtió. El objetivo declarado era tener el tiempo y los fueros para llevar a cabo una “revolución socialista”, y en realidad para instrumentar un proyecto de país que, hasta la constitución política actual, y mediante reformas paulatinas, es digno de considerarse.

La contradicción es patente. Chávez llegó al poder por el hartazgo de la población con respecto a los partidos políticos tradicionales, la corrupción, el mal manejo del poder. Llegó con un proyecto que prometía un nuevo modo de ver la democracia, que los venezolanos han avalado.

Chávez recriminó a tres millones de “sus” votantes por no presentarse para apoyar los cambios a la constitución, como si el pueblo “le hubiera fallado”. Pero todo tiene un límite, y los venezolanos quizá tienen una buena noción del juego democrático: no convirtiendo a un caudillo en la institución más poderosa del país que se llega a ninguna parte.

Dentro del juego democrático, Chávez se había movido con comodidad. Sus intentos de crear una “dictadura democrática” indican, además de un ego muy grande, que no se ha logrado institucionalizar lo que se ha avanzado en el nuevo proyecto de país, y eso tarde o temprano lo sabrá el pueblo, que actuará en consecuencia.

Por el modo en que se ha movido el gobierno de Chávez, lo menos que se esperaba era una victoria avasalladora del “Sí”. La derrota se dio por unos cuantos miles de votos, pero hay que sumar los millones que lo avalaron en las elecciones y que en esta ocasión no lo siguieron.

Lo que se tenía por seguro antes de la idea del referéndum –la continuidad del “chavismo”, aun sin Chávez– está ahora en remojo; al no saber cuándo detenerse, el presidente venezolano ha echado a andar los complejos mecanismos de la causalidad política, y es imposible detener sus engranajes.

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