Instrumentar un proyecto de país, hacer que toda
una estructura económica, política y social dé
un viraje radical, lleva tiempo, esfuerzos y recursos que pueden
parecer ilimitados. Y a medio camino puede aparecer algún
“obstáculo” –unas elecciones, digamos–que
den al traste con lo que se ha logrado, pues el gobierno resultante
quizá tenga a su vez otro proyecto de país que tratará
de realizar, y así hasta los comicios siguientes.
En esos estira y aflojes, los avances serán siempre pocos
y los retrocesos demasiados. La única posibilidad de que
exista una continuidad de proyectos es que las fuerzas políticas
y sociales lleguen a acuerdos básicos –y más
que básicos– acerca de las necesidades elementales
de un país para que éste pueda funcionar gobierne
quien gobierne; que tales acuerdos se institucionalicen y que
no esté en juego la integridad de la nación, es
decir su gente y sus espacios.
La Quinta República francesa logró ese objetivo
–con fuertes convulsiones iniciales–, y desde hace
cuarenta años, desde De Gaulle, sin importar si el gobierno
en turno es de izquierda o derecha, los principios básicos,
las instituciones, el sistema de leyes y de beneficios sociales,
etcétera, se han mantenido.
En Estados Unidos, cada gobierno puede marcar diferencias radicales
con respecto al anterior, y el país puede convertirse en
un péndulo casi incontrolable de ires y venires políticos,
ideológicos y económicos, pero la integridad de
la nación está garantizada, y ya estarán
las siguientes elecciones para ajustar –o no– lo necesario.
La tentación más frecuente ante las posibles –y
sólo aparentes– veleidades de los electores es “forzar”
la continuidad de los proyectos. Las maniobras recientes en México
–un eufemismo, quizá, para decir “fraude”–
a favor del actual presidente, Felipe Calderón, y en contra
de José Manuel López Obrador son historia vieja.
Era evidente que la muy joven democracia electoral mexicana viraría
hacia la izquierda después de un solo periodo del Partido
Acción Nacional, y que la continuidad del proyecto que
sustituyó –muy lentamente, porque México es
un país muy grande– quedaría apenas iniciado.
Al modificar el curso “natural” de la historia, lo
que se ha logrado es un gobierno débil, una posible mengua
de las instituciones y es bastante probable que haya un viraje
hacia el autoritarismo que es, precisamente, lo que el juego electoral
busca evitar, o desechar cuando se produzca.
El extremo son los sistemas unipersonales en los que prácticamente
se busca detener el tiempo para crear una sociedad diferente de
la anterior. Pero el tiempo no se detiene, y durante casi medio
siglo el mundo ha atestiguado cómo Cuba se bambolea de
un lado a otro, sin un rumbo claro, bajo los impulsos de un solo
hombre que trata de hacer un país a su imagen y semejanza.
Sus vaivenes emocionales o intelectuales se reflejan, magnificados,
en el rumbo del país. Es lógico: una sola persona
no puede ser la concreción de una sociedad necesariamente
compleja, y un individuo no puede, por simple cuestión
anatómica, saber acerca de todo ni decidir todo lo que
ocurre bajo su mano.
Lo interesante es que, siempre que se piensa en revoluciones,
se piensa en caudillos que se eternizan en el poder, lo contrario
de una revolución, es decir: de una sociedad dinámica
y cambiante.
En el reciente referéndum en Venezuela, Hugo Chávez
intentaba obtener un poder lo suficientemente amplio para permanecer
en el poder por décadas, como lo advirtió. El objetivo
declarado era tener el tiempo y los fueros para llevar a cabo
una “revolución socialista”, y en realidad
para instrumentar un proyecto de país que, hasta la constitución
política actual, y mediante reformas paulatinas, es digno
de considerarse.
La contradicción es patente. Chávez llegó
al poder por el hartazgo de la población con respecto a
los partidos políticos tradicionales, la corrupción,
el mal manejo del poder. Llegó con un proyecto que prometía
un nuevo modo de ver la democracia, que los venezolanos han avalado.
Chávez recriminó a tres millones de “sus”
votantes por no presentarse para apoyar los cambios a la constitución,
como si el pueblo “le hubiera fallado”. Pero todo
tiene un límite, y los venezolanos quizá tienen
una buena noción del juego democrático: no convirtiendo
a un caudillo en la institución más poderosa del
país que se llega a ninguna parte.
Dentro del juego democrático, Chávez se había
movido con comodidad. Sus intentos de crear una “dictadura
democrática” indican, además de un ego muy
grande, que no se ha logrado institucionalizar lo que se ha avanzado
en el nuevo proyecto de país, y eso tarde o temprano lo
sabrá el pueblo, que actuará en consecuencia.
Por el modo en que se ha movido el gobierno de Chávez,
lo menos que se esperaba era una victoria avasalladora del “Sí”.
La derrota se dio por unos cuantos miles de votos, pero hay que
sumar los millones que lo avalaron en las elecciones y que en
esta ocasión no lo siguieron.
Lo que se tenía por seguro antes de la idea del referéndum
–la continuidad del “chavismo”, aun sin Chávez–
está ahora en remojo; al no saber cuándo detenerse,
el presidente venezolano ha echado a andar los complejos mecanismos
de la causalidad política, y es imposible detener sus engranajes.