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Entre Marilyn Monroe y la revolución (IV)
Imagine fue la mejor canción
del siglo XX de la cultura inglesa, de acuerdo a la crítica
o a las encuestas o las preferencias, qué importa; Lennon
fue uno de los poetas más grandes de la era del Rock, su
música y su actitud ante la vida y la libertad estuvieron
vinculadas a una época en la que la revolución del
tercer mundo, la de los movimientos armados de liberación,
sería el último gran escenario de la guerra fría.
Al otro lado, en el primer mundo, los soviéticos y los
gringos comenzarían su luna de miel a calzón quitado.
Nosotros debíamos seguir poniendo los muertos bajo los
gritos volátiles de la paz.
Lunes 10
de diciembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
“Haz el amor y no la guerra”, el eslogan
utilizado por Lennon y Yoko Ono, fue la ocurrencia de un poeta,
de un ser que ve a los ojos de la muerte, del terror y de las llamas,
con sórdida melancolía. Sus días desnudos en
la cama de aquellos hoteles de Ámsterdam y Toronto, no podrían
evitar jamás la invasión a Granada, el asesinato de
maestros, estudiantes, campesinos y médicos nicaragüenses
a manos de la Contra financiada por Estados Unidos; tampoco podría
evitar las masacres del río Sumpul, el asesinato de Monseñor
Romero, ni que Alfonso Hernández, el poeta salvadoreño,
fuera a una guerra que se llevó sus sueños y la letra
de sus cuentos. Ellos, Lennon y Yoko, lo sabían.
Temas como Give Peace A Chance, surgido una década antes
del inicio de la gran guerra en Centroamérica por la revolución,
parecen ser esas profecías distorsionadas que surgen en la
mente aturdida del artista, el que anticipa las verdades dolorosas
del hombre.
Y Lennon cae a las puertas del edificio Dakota, un días 8
de diciembre de 1980, cuando un loco llamado Mark David Chapman
le pide un autógrafo y después le suelta seis balas,
cuatro de ellas entran por su espalda y como en sus mismos versos,
morirá en los brazos de su amada japonesa.
Días antes, elementos de la Guardia Nacional secuestran,
violan y asesinan a un grupo de mujeres norteamericanas, Maura Clark
e Ita Ford (monjas Maryknoll), Dorothy Kazel (monja Ursulina) y
Jean Donovan (que pertenecía a un equipo laico), aquí
en este país inútil e incompetente para encontrar
su destino fuera de la sangre y la venganza.
Veintisiete años son menos que un instante en la línea
de la luz, sin embargo, me sigue estremeciendo el ángel que
cruzó las olas del mar con la espada desenvainada y aquel
filme donde los cuerpos lodosos son arrastrados con lazos desde
la tumba clandestina y las lágrimas de un grupo de gringos,
entre ellos a Robert White.
Lo jóvenes que debimos ir a esa guerra por la revolución
en Centroamérica, con voluntad o sin ella, que llegamos o
que fuimos encontrados, oíamos con impotencia la imaginación
del poeta, el mundo sin armas, sin tanques, sin niños cercenados
por las bombas, sin torturados, sin ese eufemismo político
al que conocemos como “desaparecidos”, porque queríamos
imaginar. También aquel éxito de los Beatles de 1968,
Revolution nos tomó de la mano.
De acuerdo a esa gran farsante, “la historia”, debíamos
cumplir con nuestro destino y el de nuestra generación: esperar
a que los ríos se secaran y que las golondrinas volvieran
a poner sus patas secas en los alambres del alumbrado público,
en aquel pueblo viejo donde jugábamos “chiboleoyo”
y trompo.
Como en la poesía, debíamos atender las manitas de
la hija o las bofetadas del verdugo, las anomalías de nuestros
genes y las sofisticadas supersticiones de los materialistas, la
fe del asesino, las marionetas que nos gobiernan y la punta de los
lápices que escriben como si tuvieran descargas eléctricas.
No había lugar para el tibio y sereno grito de guerra que
no mata, que hace revoluciones sin muertos, que tira balas que no
hieren, que azuza en ese músculo palpitante al que le tenemos
tanto miedo porque la verdad es que muere.
Pero era inevitable la tentación de volar entre las arrugas
de la hoja que cae con dolor y risa desde aquel árbol curcucho,
que trepábamos con nuestros pies descalzos y sucios, para
comer mangos verdes con las manos y brazos chorreando lodo hasta
los codos.
Entonces éramos el simulacro de la herida alojada en la nostalgia,
el ruido de los cascabeles del gato que ya no somos, las piernas
azucaradas de los amores jugueteando entre las manos, las dos capsulas
envenenadas que nos hicieron beber los comisarios del partido.
Y, aunque íbamos hacia allá, a la guerra, la odiábamos
con el mismo volumen de amor por la revolución, por eso era
inevitable estar ahí.
Pero ese sueño sólo cabe en la cabeza de los inútiles
para ejecutar acciones más allá de la ternura de sus
diabólicas mentiras sobre la bondad del hombre. Nada de lo
que ellos imaginaron puede ser posible, nada de lo que ellos sintieron
puede tener vida aquí, sólo allí, y una vez,
como dice el maestro Heriberto Montano, en ese sueño.
La revolución es un sueño que camina con motor propio,
se rompe, se cambian los carbones del motor de arranque, o, ahora,
se cambian los dispositivos electrónicos que envían
las órdenes a la bomba de inyección, se ajustan las
mangueras; en última instancia, se cambia el auto, pero la
marcha sigue. ¿Hacia dónde? Nadie lo sabe, pero sigue.
Marilyn sabe que sus labios carnosos soplan a mi oído más
que notas, en verdad recortan batiscafos donde nos sumergirnos en
el mar como muchachos jugando a esconder el rostro del miedo.
Y su mueca, o el de aquellos que ponían las cuerdas de la
casa de campaña en los frentes de guerra es un dolor de a
ratos, aunque no siempre. Y las bombas, vaya, solo el eco y unas
muestras en el museo de Perquín, y el agujero donde ahora
nace el izote del que nos habla Santiago en su terquedad maliciosa
y juguetona.
Entonces no padecíamos de gripe, solo de diarrea, más
que todo al hablar. Entonces Fidel era el Caballo, Joaquín,
el militar, era la mera v…, y el Schafo todo un exceso de
equipaje, un señor de la estrategia política, y nosotros,
bueno, nosotros éramos algo así como, cómo
decirles, los muchachos.
Vale decir que estar entre Marilyn Monroe y la revolución,
no es más que tomar la vida por los cuernos, como ir y cruzar
una frontera para correrte de la migra, entrar a un burdel y preguntarle
a una puta: Dime, qué se siente cobrar; intentar visitar
una iglesia católica con el temor de que a tu paso caigan
las cortinas prendidas en llamas y rueden por el piso las cabezas
de los santos, y lo más cojonudo, decirle al amor de todos
los amores aquella frase ensatanada de Roque: Oye ¿por qué
no te mueres, pero de verdad?
Edición anterior:
Entre
Marilyn Monroe y la revolución (I)
Entre
Marilyn Monroe y la revolución (II)
Entre Marilyn
Monroe y la revolución (III)
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