|

Los pecados de un santo (I)
Zelie Lardé se sintió más
desconcertada que ofendida cuando, en septiembre de 1949, un abogado
le comunicó que su esposo, Salvador Salazar Arrué,
había iniciado los trámites de divorcio después
de veintisiete años de matrimonio. En esos momentos el
escritor fungía como agregado cultural de El Salvador en
los Estados Unidos y residía en Nueva York, en tanto que
ella se encontraba en su casa de San Salvador.
Lunes 10 de diciembre de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com
Pero se suponía que la distancia entre ambos
era sólo geográfica. Y más aún: por
esos mismos días él le había escrito reafirmándole
que el amor que los unía no sólo era inmenso sino
que también era inextinguible y eterno. Dos años antes,
en el veinticinco aniversario de su boda, él le había
regalado un broche que significaba eso precisamente: una serpiente
con dos cabezas, el símbolo místico de la unión
perfecta.
A ella le constaba que su marido era incapaz de engañar a
nadie y que más bien era el más bueno, sincero y noble
entre los seres humanos que había conocido. Debía
tratarse entonces de un malentendido. Pero no: en efecto, Salarrué
había decidido divorciarse para contraer nupcias de manera
inmediata con una aristocrática y bella norteamericana, con
la cual había vivido un apasionado romance durante los dos
últimos años.
Los amantes
Salarrué no creía en las casualidades y más
bien estaba convencido de que absolutamente todo, los seres, los
hechos, las cosas y sus infinitas combinaciones, pertenecían
a un orden y un destino prefijado por la divinidad. Por eso, cuando
una tarde de finales de 1946 paseaba por las calles de Nueva York
y sus pasos lo llevaron hacia la galería Ferargil, no dudó
en seguir el impulso de entrar. Ahí estaba ella, una hermosa
mujer desconocida a la que tomó de la mano y le hizo saber
que él era a quien ella esperaba.
En efecto, diez años antes, en 1936, Leonora Nichols había
tenido una visión: una fuente de luz y agua pura, un hombre
hermoso y noble que la llamaba por su nombre y la abrazaba. En ese
momento ella tenía cuarenta años, y a pesar de su
belleza, su dinero y sus muchos pretendientes seguía soltera
y solitaria, dedicada a cultivar su sensibilidad, su intelecto y
su espíritu por la vía del arte, la lectura y la indagación
teosófica. Ella interpretó la visión como un
anuncio de que sólo alcanzaría la iluminación
mediante la unión con el amado, ese hombre noble y hermoso
que llegaría inevitablemente a su vida según el designio
de la divinidad.
Por eso tampoco tuvo ninguna duda en acompañar a Salarrué
a su departamento esa misma noche, y en quedarse ahí otra
noche más y otra y otra: él era el anunciado. No el
escritor y pintor salvadoreño llamado Salvador Salazar Arrué,
sino Euralas Sagatara, último descendiente de Xuatarakali,
la casa de los reyes del remoto imperio de Samiramina, como el mismo
Salarrué lo había escrito en su libro O’Yarkandal.
También ella dejó de ser Leonora Nichlos y se transformó
en Blwny (vino azul y místico que sin ser fermentado embriaga
de otra manera).
Blwny y Sagatara se unieron en un íntimo rito espiritual
presidido por el símbolo de la serpiente de dos cabezas y
del anillo Rosacruz. Pero por lo bajo y simultáneamente,
Salvador Salazar Arrué y Leonora Nichols, de cuarentisiete
y cincuenta años respectivamente, se unieron de forma directamente
sexual, intensa y gozosa. (continuará)
|