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El hilo azul de Georgina

 

Conocí a Georgina en una clase de Introducción a la Literatura, cuando estábamos estudiando tercer año de la carrera de comunicaciones en la UCA. En alguna ocasión nos habíamos cruzado por los pasillos y de vez en cuando, nos hicimos alguna que otra mirada. Ambas, sabíamos que al menos existíamos, pero nunca habíamos soltado una tan sola palabra. De hecho nos caíamos mal.



Lunes 10 de diciembre de 2007
Teresa Andrade
teresa.andrade@centroamerica21.com

 

TERESA ANDRADE

En una ocasión, la escuché hablar en la clase y dijo algo que jamás olvidaré: “Mi autor favorito es Julio Cortazar, yo lo amo”. En ese momento, mi mirada se volvió hacia ella y pensé “esta es de las mías”. Alguien que ame a Cortazar, merece mi respeto y probablemente el de cualquier amante de la literatura.

En ese momento, supe que seríamos amigas. Posteriormente, una amiga en común nos presentó y no teníamos nada más de que hablar, que de lo único en lo que ambas, además de la carrera, amábamos: la literatura. Hablamos durante horas de autores, versos y cuentos. Me confesó que ella escribía cuentos, yo le confesé que escribía poemas.

Así comenzó una amistad invaluable, forjada en la complicidad, las aventuras, los gustos y sobre todo la literatura. Formamos parte de un grupo de amigos bastante bueno, complejo, variado y en verdad lleno de talentos. Pero ella y yo éramos las únicas amantes de la literatura y que si bien es cierto, a todos nuestros amigos les gustaba leer, solo ella y yo entendíamos el placer de sentarse a crear, ese placer orgásmico que da la literatura.

Para esos entonces, yo pertenecía al taller literario de la Casa del Escritor, donde aprendí mucho más que herramientas para escribir, hice muy buenos amigos que al igual que yo, amaban la literatura. Invité a Georgina a asistir, después de varios intentos fallidos, al fin pudimos llegar. Comenzó a trabajar de la mano con Rafael, yo de cuando en cuando le hacia algún comentario o alguna evaluación.

En el ámbito académico, Georgina era muy reservada en cuanto al talento desbordante que posee, pero en una aventura dando clases a los jóvenes que ingresarían a la universidad a primer ciclo, tuve la oportunidad de leer por primera vez un cuento de ella: Esdrújulo. Me pareció un cuento audaz y por demás, sutilmente gracioso, y de paso académico, pudimos enseñarles a los jóvenes las reglas ortográficas de manera creativa. Me pareció un buen ejercicio.

El segundo cuento que conocí, se llama “La familia”. Esa magia en Georgina, su pasión por la mafia italiana y el Padrino la delataron de inmediato. Ese fue el texto que le presentó a Rafael. Lo escuché tantas veces, lo vi transformarse, crecer y decrecer con una sola frase.

Me pareció un cuento verdaderamente fluido, una fluidez que solo Georgina en su computadora, en su cuarto y en las paredes de esa habitación puede dejar salir como potros salvajes. Ella es lo suficiente perfeccionista y lo suficientemente audaz, como para no dejar salir siempre esa energía y esa pasión que encierran sus cuentos. Es ahí donde vale la pena sacar la locura, la pasión, la furia, la euforia, eso lo hace muy bien.

Entre dificultades y enseres académicos, nos descubrimos más amigas que nunca. También habíamos logrado una conexión casi sacada de un episodio de “La dimensión desconocida”. De pronto nos reconocimos, muchas veces, en un espejo, ese que repite lo mismo que uno, donde uno ve su propia imagen.

Es así como fuimos descubriendo una serie de coincidencias a lo largo de nuestra vida. En una ocasión, lo recuerdo y me da escalofríos, me mandó un par de fragmentos de uno de sus cuentos llamado “Dalí”, que pertenece a la serie de cuentos ganadora del premio centroamericano de cuento Francisco Gavidia.

Lo leí detenidamente y me dijo: “¿A quién te recuerda?”. Tuve miedo de contestar y le dije: “A mí”.Y efectivamente ese personaje tenia muchas características mías. Ambas nos asustamos. Georgina había escrito ese cuento mucho tiempo antes de conocerme y el cuento evidenciaba situaciones que yo alguna vez viví.

Está por demás decirlo, el cuento me cautivó, no solo por la extraña coincidencia de sentir al personaje evidenciando mi pasado, sino más bien por la fluidez, la audacia, la originalidad y la forma tan creativa del relato. Es esa construcción de personaje y relato, esa no linealidad de los hechos lo que atrae de sus cuentos.

Como buena amante de Cortazar, tiene ese gen provocador y experimentador de nuevos relatos y nuevas estructuras narrativas. Georgina sabe muy bien como se disfruta un texto terminado y como se despierta uno, a veces de madrugada, a escribir una idea, una palabra y de ahí surgirá un texto. Ella sabe muy bien, como es de trabajoso, el oficio literario. Creo que lo ha vivido a flor de piel todos estos años. Eso hace a un escritor profesional.

Eso es todo en la literatura, trabajo, trabajo y más trabajo. El texto funciona o no y la perfección en Georgina, le da lo básico para conseguir un buen texto. Sus cuentos fueron, durante años, trabajados, corregidos y re-corregidos. La semilla ha dado sus frutos. “El Taxidermista”, nombre con el que bautizó su serie de cuentos, será publicado para el 2008. Como bien lo dice Rafael: “si el texto es bueno, se pública solo”.

La noche que me llamó Georgina para darme la gran noticia, me sentí tan feliz, orgullosa y en el mejor sentido, sentí que lo merecía. Esa misma noche, estuvo rondando en mi cabeza una imagen de un cronopio sosteniendo su hilo azul en el pecho, esperando que el fama lo llevara en su carro. Esa es la felicidad de un cronopio, esa es la felicidad de Georgina con un hilo azul aprisionado en su pecho, con una publicación en puertas y mucho trabajo literario por delante.

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