Basta echar un vistazo alrededor, además
de los pasajeros una sucesión de personajes recorren
los pasillos del bus con un pregón, una petición,
una historia que contar, un producto que vender o tan solo
con una canción.
Buenas tardes, señores que abordan
esta unidad…
Basta echar un vistazo
alrededor para apreciar los diversos personajes que abordan los
autobuses en que nos transportamos. Muchos somos entes que vamos
de paso, acomodados en los asientos por un par de minutos y luego
los dejamos, para que alguien más los ocupe. Otros, recorren
los pasillos del bus con un pregón, una petición,
una historia que contar, un producto que vender o tan solo con
una canción.
Todo comienza antes de abordar el autobús, cuando los futuros
pasajeros aguardamos en la parada mientras pensamos en el trabajo
pendiente, en las labores que nos esperan en la casa, en que ya
va a empezar nuestro programa favorito de televisión o
en que estamos cansados. Estamos con las caras largas, esperando
una ruta 44 que pare frente a Metrocentro. Pero a nuestro lado
hay alguien que no solo se ríe, sino que se encarga de
hacer reír a los demás.
Relajita y Arrocito se despiden después
de cinco minutos, es el tiempo que tienen destinado antes
de bajarse, no sin antes pedir la colaboración de
su público, que a veces les da una que otra moneda,
y otras no.
-“Adiós, colocho”,
dice Arrocito, el payaso, a un niño que camina de la mano
de su madre y queda un poco impactado al ver la colorida vestimenta
y el excesivo maquillaje que desde lejos sobresale entre los demás.
Al fin la 44 llega y la abordamos. Cuando se dan los $0.25 o la
“cora”, palabra que se ha popularizado ya desde que
El Salvador es un país dolarizado, el bus arranca. Yo,
como los demás que aún no se han sentando, me tambaleo.
Mi vaivén se agrava gracias a los tacones altos, que a
veces las mujeres nos vemos forzadas a usar cuando hay eventos
que nos exigen expresamente en la tarjeta “traje formal”.
Un hombre se rió de mí cuando casi le caigo encima
gracias a que el conductor pisó el freno. La noche anterior
había visto Kinky boots en la televisión (“Pisando
fuerte” en la traducción al español de la
película). Ahí pensé qué tan bien
manejaría los tacones altos aquel señor de abdomen
prominente y tez muy blanca, y si, como en la película,
acá en el país triunfaría una línea
de zapatos diseñada para travestis. Pero me distrajo Relajita,
una joven que también estaba vestida como payaso. Era la
compañera de Arrocito.
-Buenas tardes, señoras y señores. Como ven, no
estoy sola, traigo a mi cholero conmigo-dijo Relajita.
-Antes le decían “mi amor” a uno- dijo Arrocito.
-Pero no solo es mi cholero, sino que también es mi traductor.
Ahí donde lo ven, el hombre puede hablar en chino.
“Buenas tardes, señores
que abordan esta unidad. Perdone las molestias, le traigo
una alabanza”, luego viene lo esperado: “Ojalá
no le ofenda que le pida colaboración”.
-Así es. ¿Vos sabés
como se dice “dinero” en chino?
-¿Cómo se dice?
-Che queló chin un chinco. ¿“Señorita”
en chino?
-¿Cómo se dice?
-No ta usá. ¿“Señora” en chino?
-¿Cómo se dice?
-Ya ta usá.
Relajita y Arrocito se despiden después de cinco minutos,
es el tiempo que tienen destinado antes de bajarse justo frente
al Ministerio de Hacienda y hacer un nuevo recorrido. Pero antes,
piden la colaboración de su público, que a veces
les da una que otra moneda, y otras no.
Ellos no son los únicos que hacen de la risa una manera
de supervivencia. Otra mujer con atuendo de payaso se sube a la
ruta 30-B, que se estaciona en Metrocentro por un momento, el
suficiente para vaciar el bus de algunos pasajeros y volverlo
a llenar con otros. Usa zapatos grandes y blancos, un overol muy
holgado, se recoge el cabello en dos colas de caballo y hay muchas
pecas pintadas en sus mejillas.
Dice que es la sobrina de la Tía Bubu y aprovecha cualquier
instante para vender chocolates y poner apodos ingeniosos. Muchas
veces procura que el apodo sea más bien favorable y halagador,
porque ¿a quién no le gustaría que lo confundieran
con un famoso?
De manera que a la muchacha delgada, de tez morena y cabello castaño
claro que viajaba a mi lado, la nombró “Beyoncé”:
“Acá hay una personalidad, señoras y señores.
¡Pero si es la Beyoncé!”. La muchacha se ríe
sin mostrar los dientes.
Luego, me tocó mi parte: “¡Uy! ¿Y ya
se fijaron quién va a la par? ¡Pero si es la Shakira!”,
me dice, aprovechándose de mi cabello alborotado. Se me
acerca un poco y agrega: “¿Y es cierto eso de que
las caderas no mienten, usté?”. Varios en el bus
se ríen. La sobrina de la tía Bubu se congració
con su público a mis expensas.
“¡Ah! Es que andan juntas. Quizás van a hacer
otro video de esos raros”, termina por decir. Algunos siguen
riendo, otros ni la miran. Pero varios dan la colaboración,
que la consanguínea de Bubu solicita con amabilidad cuando
pasa por cada asiento.
Auque los payasos son bastante ocurrentes y vistosos, no son los
únicos dueños de la risa. No solo quienes visten
ropajes estrambóticos son capaces de hacer reír
a los pasajeros del transporte colectivo. Los mismos pasajeros
sacan risas a expensas de las últimas noticias de coyuntura
social.
Mientras estos personajes cantan,
hacen reír y cuentan sus historias (ficticias o reales),
unos los oyen y miran atentamente y otros desvían
la mirada hacia la ventana.
“Les acaban de dar
400 bolas”
Un hombre fornido, de lentes oscuros y bigote espeso abordó
un microbús de la ruta 42-A y se sentó. La unidad
arrancó y el cobrador comenzó a recolectar el pasaje.
El hombre del bigote pagó con un billete de dólar
y el cobrador le entregó su vuelto. El hombre lo contó
y le preguntó: “¿Y hoy cuánto vale,
pues?” El cobrador se sonrió y dijo: “Veintiocho”.
“No jodas, no seas ladrón, les acaban de dar 400
bolas”, respondió el hombre, y el cobrador se reía
y sacaba el resto del vuelto de sus bolsillos. “Ah no, eso
es otra cosa, viejo”, dijo el cobrador mientras hacía
una que otra pirueta agarrado de un extremo de la puerta del microbús.
Ambos habían tomado la situación en son de broma,
pero el hombre mantuvo la mano extendida hasta que el cobrador
le dio las monedas que le debía. Algunos pasajeros los
miraban y sonreían.
Pero además de risas, en el bus hay música distinta
a la que el conductor pone en la radio. No encontraremos ahí
a la Orquesta Sinfónica, pero sí al menos un sonido
diferente al del claxon de los carros, de otros buses y microbuses.
Nos distraeremos del mismo ruido que hace el bus mientras anda
en marcha, y recordaremos, de paso, que ya va a ser navidad.
No es que en el bus se canten villancicos, sino que a veces escucharemos
melodías de antaño, cumbias y merengues antiguos
y famosos que en las estaciones de radio siempre suenan en vísperas
de navidad y año nuevo. Son ritmos fiesteros con los que
uno recuerda cómo baila el tío cuando ya está
pasado de copas y cómo subimos el volumen de la radio antes
del conteo final con que recibimos un año más.
Juguito de piña
No es necesario saber mucho de música para distinguir la
melodía de “Juguito de Piña”, y no hace
falta tener una vista aguda para discernir desde los últimos
asientos al saxofonista que ejecuta la pieza. El saxofón
parece de juguete. Está maltratado por el uso y parece
ser muy viejo. Pero aquel hombre sopla y sopla, no se detiene.
Tendrá unos 50 años. Lleva un morral verde y raído.
Está sentado en uno de los asientos de la cuarta fila.
Desde ahí sigue tocando.
Cuando al fin la canción ha terminado, se levanta sin decir
nada. No mira a los pasajeros, mantiene la vista en el suelo y
extiende la mano frente a cada uno. La deja en el aire por un
segundo, eso basta para saber si obtendrá una ayuda o no.
Baja rápido, sin ninguna despedida.
A veces, quienes usan la música para sobrevivir, también
llevan el mensaje de Dios. Una guitarra y la voz bastan.
“Buenas tardes, señores que abordan esta unidad.
Perdone las molestias, le traigo una alabanza”, dice el
guitarrista, quien no pasará de los 40 años. Viste
un pantalón de lona y una camisa negra. Se apoya en el
respaldo de uno de los asientos y comienza a cantar: “Ven
a tomarla, que es más dulce que la miel, refresca el alma
y el ser. Es agua bendita, saludable para el ser. Jesús
es el rey de los santos, rey de los santos, rey de los santos”.
Tiene una bonita voz y no desafina mucho con la guitarra. Se tambalea
un poco con el movimiento del bus, pero eso no le impide seguir
cantando.
Finaliza con un “Aleluya, Amén; Aleluya, Amén.
Es el cántico de Moisés”. Luego, viene lo
esperado: “Ojalá no le ofenda que le pida colaboración”.
Así, el guitarrista y cantante pasa a recoger las monedas.
Cada persona que le da un par de centavos recibe un agradecimiento
y una bendición: “Gracias, que Dios lo bendiga”.
Mientras estos personajes cantan, hacen reír y cuentan
sus historias (ficticias o reales), unos los oyen y miran atentamente
y otros desvían la mirada hacia la ventana. Se entretienen
mirando la calle, los edificios, los pocos árboles y a
los otros posibles personajes que están a punto de abordar
el autobús.
Estos músicos, payasos o simples pasajeros hacen reír
por primera vez en el día, aunque ya sean las cinco y media
de la tarde y ya pronto solo quede la noche, que pasará
muy rápido para darle paso a una nueva mañana.