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Luego se encerró en la cocina,
selló cuidadosamente la puerta con más toallas
(algunas versiones dicen que con cinta adhesiva), encendió
el gas y metió la cabeza en el horno. También
se ha dicho que antes de eso, ella habría ingerido algunos
barbitúricos. El olor a gas alertó a los vecinos
y finalmente, cuando llegó la niñera, se tumbó
la puerta para encontrar a Sylvia Plath, muerta en su cocina.
Hay quienes dicen que lo minucioso de todo este escenario pretendía
no ser un suicidio definitivo sino un poderoso llamado de atención
para todos los que la rodeaban. Aparentemente, según
la lógica de Plath, sería encontrada fuera por
la niñera o por Thomas, quien se estaría levantando
y comenzando el día justo en el momento en que ella encendió
el gas (de ahí el detalle de dejar el número del
doctor anotado por ahí). Sin embargo, el informe del
forense aseguró que su cabeza estaba metida “lo
más adentro posible del horno”, lo cual le hizo
concluir que “la víctima tenía toda la intención
de morir”.
Pese al impacto de la muerte de Plath sobre sus familiares y
sobre su esposo, del que se había separado, el también
poeta Ted Hughes, a nadie pareció sorprenderle demasiado
lo ocurrido. En octubre de 1996, en una entrevista concedida
al periódico londinense The Guardian, Hughes diría
que: “era una situación complicada e inevitable,
ya que ella (Sylvia) iba sobre ese rumbo desde hacía
tiempo atrás”.
La vida y muerte de Sylvia Plath, de escasos 30 años,
comenzó a ser analizada y estudiada con la misma minuciosidad
con la que se estudiaría su corta pero intensa obra poética.
Sus estudiosos intentaron encontrar “culpables”
por su crisis de vida que pareció comenzar desde muy
temprana edad. Muchos mirarían a Ted Hughes como el villano
de la historia.
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Las depresiones y las visitas al “oscuro infierno de la
mente humana”, como ella misma lo definiera, comenzaron
alrededor de sus 20 años, con graves crisis de insomnio,
depresiones esporádicas y pensamientos suicidas, según
quedara registrado en las páginas de su diario. En alguna
ocasión su madre descubrió extrañas cicatrices
en sus piernas. Al preguntarle qué era eso, Sylvia respondió
“quería saber si tenía el valor de hacerlo”,
admitiendo que quería morir. Su madre la llevó
de inmediato al psiquiatra. Luego de varias sesiones y de diagnosticársele
una severa depresión, se le aplicó el tratamiento
acostumbrado para dichos casos en aquellos tiempos: sesiones
de electroshock.
Pero el radical tratamiento no le ayudó mucho y más
bien empeoró su insomnio, llegando incluso a desarrollar
resistencia a los somníferos. El 24 de agosto de 1953,
Sylvia dejó una nota diciendo que había ido a
dar una larga caminata. En realidad, había violentado
el botiquín, robó los somníferos, se escondió
en un pequeño espacio del sótano de su casa y
se tomó alrededor de 40 pastillas.
Su “desaparición” provocó una búsqueda
entre familiares y amigos y al día siguiente fue titular
de varios periódicos. Su madre expresaría su preocupación
al encontrar el botiquín abierto pues sabía que
Sylvia estaba deprimida porque no había podido escribir.
Dos días después fue por fin localizada cuando
escucharon gemidos: la encontraron cubierta con su propio vómito
y semi inconsciente en el escondite del sótano. Fue llevada
de inmediato al hospital.
Pasaría el resto del año tratándose con
una psiquiatra, recibiendo más tratamientos de electroshock
y pasando un tiempo internada en el Hospital McLean. En enero
del año siguiente fue dada de alta al confirmarse que
su sempiterna depresión parecía haber cedido.
Sylvia se tiñó el pelo de rubio platinado, para
marcar físicamente el cambio en su vida. Se sentía
bien. Las cosas iban bien. Un par de años después
sería aceptada en Cambridge y allí conocería
a la persona que la marcaría, para bien o para mal: Ted
Hughes.
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A pesar de que Sylvia fue advertida por amigos del espíritu
seductor de Hughes, la atracción entre ambos parecía
irrefrenable. Contrajeron matrimonio en junio de 1956. La convivencia
entre ambos fue mixta. Períodos de mucha creatividad,
viajes, un par de hijos, discusiones que llegaron en alguna
ocasión a los golpes, sospechas, celos profesionales.
Mientras Hughes lograba publicar su obra y merecía críticas
favorables, la primera publicación de Plath, El Coloso,
recibió apenas tibias críticas.
En medio de un período muy intenso de escritura, donde
Sylvia se levantaba de madrugada para poder escribir antes que
comenzara el ajetreo doméstico, descubrió el romance
de Hughes con Assia Wevill, también poeta y también
casada. La separación de Sylvia y Ted fue dramática
y desagradable. Hughes admitiría ante ella que no había
querido tener hijos y que, por lo demás, había
querido separarse desde hacía años de Plath porque
la vida juntos había sido insoportable.
El quiebre interior que eso supuso para Sylvia fue demasiado.
Se negó a volver a los Estados Unidos y vivir con su
madre, pues pensó que antes debía “rearmarse
a sí misma”. En Londres alquiló un apartamento
donde había vivido W. B. Yeats, a quien ella admiraba.
A pesar de su depresión, de su insomnio, de su pésima
situación económica y de una gripe rebelde, Sylvia
pareció sobreponerse a toda la tensión escribiendo
muchos de sus mejores trabajos. De ese período surge
“Lady Lazarus”, uno de sus más conocidos
poemas y donde la invocación a la muerte es palpable:
Morir/Es un arte, como todo./Yo lo hago excepcionalmente bien./Tan
bien, que parece un infierno./Tan bien, que parece de veras./Supongo
que cabría hablar de vocación./Es bastante fácil
hacerlo en una celda./Es bastante fácil hacerlo, y quedarse
esperando.
A pesar de la publicación en enero de 1963 de su novela
The Bell Jar (La campana de cristal), que fuera bien recibida
por la crítica y de la compilación de sus últimos
poemas en el libro Ariel (poemas sobre los que se sentía
muy contenta y que, según le escribió a su madre,
“me harán famosa”), Sylvia Plath entró de cabeza en el oscuro horno de la muerte.
Como datos incidentales hay que mencionar que luego de la muerte
de Plath, Assia Wevill, quien vivía con Hughes y tenía
una hija con él, abrumada por la culpa que todos parecían
achacarle, tanto a ella como a Ted, por el suicidio de Plath,
optó por hacer exactamente lo mismo: el 23 de marzo de
1969, tomó un colchón, lo llevó a la cocina
y puso a dormir ahí a la hija de ambos, Shura, de 4 años.
Cuando la niña se hubo dormido, disolvió algunas
píldoras para dormir en un vaso de whisky. Assia lo bebió,
encendió el gas y se sentó a esperar la muerte.
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club de los escritores suicidas
El suicidio y la literatura (I)
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