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El Messenger se ha convertido en un nuevo punto de encuentro

El mensajero de una nueva era, una hora común y corriente en un ciber

En 1988 internet introdujo el chat, que evolucionó tiempo después en nuevas formas, como el Messenger. Este ha cambiado la forma en que nos relacionamos con las personas y también la concepción de tiempo y espacio

Lunes 30 de abril 2007
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com

Que me llamen hereje, porque he alcanzado una cualidad que desde tiempos ancestrales solo se le adjudicaba a Dios: soy omnipresente. Mejor aún, llámenme Dios. Tengo Internet.

Pero antes de que levante su dedo acusador, déjeme decirle que tanto usted como yo estamos del mismo lado: pertenecemos a ese 0.7% de la población salvadoreña que tiene acceso a Internet.

Dentro de mi 1 x 1

Muchos navegamos desde cibercafés. Uno de ellos es Solare, en Metrosur. Ahí hay 19 computadoras que esperan a que 19 personas entren por una puerta donde apenas cabe uno. Todos pagan un dólar al encargado del lugar para navegar en Internet y se sientan en su cubículo de 1 mt. por 1 mt. Es un lugar que sería una pesadilla para un claustrofóbico.

Me siento frente a la computadora número 4 y doy doble clic sobre el ícono de Windows Live Messenger. Introduzco la cuenta de correo y la contraseña. Después de un clic en “aceptar”, las figuras del padrón dan vueltas durante 5 segundos hasta que se despliega la página de inicio.

Elijo una de las imágenes predeterminadas, tal vez la flor o el pato, depende del humor, y se abren dos o tres ventanas casi al mismo tiempo. “holaaaaaaaaa, k tal”, dice Nena , sin faltar a insertar la imagen de la carita feliz.

De los 70 contactos, 10 aparecen siempre en modo “Conectado”. Nena es uno de ellos. Siempre está ahí, y permanece al menos unas 10 horas diarias.

Como muchos de los cibernautas que usan Messenger, presta poca atención al uso de las mayúsculas, y signos de puntuación cuando escribe en este espacio, porque “el mensaje está sobreentendido”, dice. Sin embargo, revisa con lupa los documentos que elabora en su oficina, en el Ministerio de Hacienda, como fiel admiradora de la Real Academia Española.

Tardo un par de segundos en contestarle el saludo, y ya hay otras tres lucecitas intermitentes en mi barra de inicio. Anuncian que dos contactos esperan comunicarse conmigo : Athenna24 y ¡ Quiero vomitar !

Cara a cara versus la pantalla

En MSN el contacto es muy diferente a un “cara a cara”. En persona no se espera hasta un minuto antes de reaccionar y saludar a quien nos toca un hombro y dice “¡Hola!”.

El ciberespacio ha hecho que conceptos como la autenticidad y la honestidad sean reevaluados.

En el MSN los demás están conscientes de que todos hablan con todos y que si aún no hay respuesta, es porque se habla con alguien más. Pero creo que tampoco se trata de tomar un número y esperar turno, como en un supermercado.

No estamos en la sección “Carnes” ni esperamos el anhelado trozo de lomo de aguja. Por eso me tomo mi tiempo antes de escribirle un “q ondas?”, aunque procuro no abusar de su paciencia.

Son casi las nueve de la mañana y aparecen conectados los conocidos, amigos y familiares que trabajan y, durante la rutina laboral, están en línea. “Sin MSN se perdería el sentido de trabajar”, dice Athenna24 .

Se conecta por la necesidad de sentir que hay otros también ahí, y que comparten un espacio mientras trabajan, consultan sitios de literatura o de fútbol, revisan cuentas de correo electrónico, escuchan música, o intercambian documentos.

Athenna24 sabe que están del otro lado del país o del mundo, pero para ella su presencia es real aunque no los pueda tocar.

Su sentir coincide con un estudio hecho por Annete N. Markham, en su libro Life on Line . La autora afirma que en base a entrevistas con cibernautas, concluyó que ellos percibían que la presencia de los individuos es real en tanto que están conectados ( on line ). Los textos de estas personas sustituyen su presencia física.

Pero hay más elementos dentro del MSN para sentir que esta presencia es real: el micrófono y la cámara web. En el cibercafé Solare cada computadora tiene una cámara, salvo 4 máquinas.

Emoticones y nicknames

A ¡Quiero vomitar ! le gusta mucho usar cámara para ver a sus amigos y para que lo vean. Nena prefiere llenar la pantalla con emoticones que van desde los más comunes, como J o L , hasta los animados que saludan agitando la mano, los que tiran un beso o los que se caen de la risa.

No es la única, al menos hay cinco emoticones en cada una de las otras ventanas donde chateo con Athenna24 y con ¡Quiero vomitar!

“Necesito 1 correa para perro y 1 pechera. Es para la Toffie ”, me dice Athenna24 mientras escucho el tecleo de los que están a mi alrededor. No los veo, solo oigo el sonido inconfundible de las teclas torturadas por los dedos que las golpean una y otra vez, sin piedad.

Apenas me he percatado de esto cuando entra al MSN Hay días llenos de tristeza, hay días llenos de ganas de morir, hoy solo quiero no ser yo!!! Él cambia su nickname casi todos los días porque “con el nick expresás lo que sentís, cosas importantes que querés que todo el mundo sepa.”

Al recorrer la lista de contactos, veo que muchos se expresan mediante la filosofía de una canción: I am the eye in the sky looking at you, I can read your mind ; algunos gritan un requerimiento: SE NECESITA EGRESADO DE ARQUITECTURA O ING. CIVIL ¡¡¡ URGENTEMENTE!!! ; y otros manifiestan un claro reclamo: ¿Cuándo mierda dejarás de meterte en mi vida? Tú ya no existes para mí. Estás muerta. Déjame en pazzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz.

Otros prefieren identificarse simplemente como Fany , Frederick o Nena , con quien solo intercambié un par de palabras y se desconectó. Athenna24 ya está más tranquila porque ya consiguió correa y pechera para Toffie, su perra, y ¡Quiero vomitar! , trabaja en el diseño de la portada de una revista mientras descarga “ 1979” , una de sus canciones favoritas de los tiempos de colegio.

He iniciado conversación con Bajo un sol forastero , el primo hermano que vive en Estados Unidos y que me dice que quiere regresar, porque allá siempre ha sido de “los que lloran borrachos por el himno nacional”.

Han pasado dos semanas desde la última vez que chateé con él. Fue en una conversación múltiple: en ocasiones sucede que a uno lo introducen en una conversación. Es como si usted estuviera conversando afuera de su casa con el vecino y de repente lo halaran del brazo, sin más, y se lo llevaran a un cuarto.

Eso me pasó. De repente estaba hablando con mi primo y con dos amigos de infancia sobre las caricaturas que nos hicieron felices la niñez. Thundercats, Silver Hawks y Jem fueron el tema de conversación que arrancó guiños y emoticones que lloran y se suenan los mocos.

Cambios en los conceptos

Pero en este momento, en el cibercafé, ya no estoy hablando con nadie por Messenger. Todos hemos guardado silencio. Me pongo en modo “No conectado”. Los que lo hacemos estamos pero no estamos. Estamos pero nadie nos ve.

Es como si apagara todas las luces de su casa para que los vecinos pensaran que salió. Algunos dicen que lo hacen porque esperan recibir un correo electrónico y no quieren ser molestados.

¿Cinismo? ¿Falta de honestidad? Habría que revisar mejor el concepto de honestidad. Autores como Kenneth J. Gergen y Annette N. Markham debaten sobre el significado de la honestidad en el ciberespacio. “Los conceptos de verdad, honestidad y autenticidad ahora se tornan extraños”, expresa Gerger en su libro The Saturated Self . El autor se refiere a los cambios que el ciberespacio ha traído desde finales de los ochenta en las relaciones interpersonales, con la sustitución de las relaciones cara a cara.

Aún así, estar conectado y solo ver a los demás no es para nada considerado un pecado capital. Además ya estamos bastante acostumbrados a la cultura del panóptico, justamente en el cibercafé, sobre el marco de la puerta, hay una cámara que registra cada movimiento de nosotros, los que estamos sumergidos en los cubículos y en Internet.

Pero enterarse de que a uno lo han eliminado o bloqueado es diferente. Es motivo de resentimiento y enojo. Porque esto significa que la presencia no es grata, que no desean vernos, ni amargarse la vida después de haber iniciado sesión y descubrir que estamos ahí, compartiendo el mismo espacio, aunque este concepto también sea difuso cuando hablamos de Internet, del chat, del MSN.

Ya ha pasado casi una hora. Fui a la colonia la Cima , me infiltré en oficinas gubernamentales, en las de la empresa privada y viajé hasta Los Ángeles. Pero no me he movido del cibercafé donde a lo lejos escucho al encargado, que asigna la máquina 5 a un recién llegado, mientras escucha un reggaeton en una pequeña radio sobre su escritorio. “ Te he querido, te he llorado, baby/ Y la vida te he entregado ”, canta Ivy Queen cuando Sean Paul la interrumpe con su Like glue que anuncia que al compañero de la máquina 3 le llaman por celular.

El cronómetro en pantalla dice que mi tiempo se ha terminado, aunque mis dedos no están cansados. Será mi cuota de tiempo por hoy en el cibercafé. Me despido de Athenna24 , de ¡Quiero vomitar! y de Bajo un sol forastero .

“Usted es la máquina 4, ¿verdad?”, me dijo el encargado. Asentí, aunque pensé que en verdad ¡yo no era la máquina 4! Una hora, un dólar. Esperé el cambio parada bajo un móvil de madera, de esos que los diseñadores especialistas en feng shui recomiendan poner en los hogares para dar armonía a los espacios y canalizar la energía.

Tomé una soda de la máquina despachadora. Recibí mi cambio y me fui con la certeza de que regresaría, tal vez no al mismo cibercafé, pero sí al Messenger.

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