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La música sigue. En la zona se llevan a cabo, regularmente, presentaciones artísticas de todo tipo. La Luna Casa y Arte ha sido en la zona uno de los locales más activos en este sentido.

Zona bohemia, ¿de qué barrio se trata?

Una noche por el barrio, o zona bohemia de San Salvador, no basta para conocer todos sus personajes y escenarios. La zona comprendida en la calle San Antonio Abad y las inmediaciones del redondel del ex cine Variedades, devela, recurrentemente, la convergencia de mundos e ideas contrapuestos, al menos a primera vista. Es un lugar que tiene historia, y un legado. Arte y negocio, libertad y prohibición. Esta es la crónica de una noche en el barrio

Lunes 30 de abril 2007
Alejandro J. Labrador Aragón
labrador@centroamérica21.com

Juan tiene una caja de cigarros en una mano, en la otra, una cerveza. Está sentado en el bar, detrás de la tarima donde se alista una banda. Un sorbo, una bocanada de humo, ese es su ritmo. Sus ojos se clavan en aquél que, sobre las tablas, está rodeado de tambores y solo espera la señal para comenzar la función.

Alguien, al fondo, cuenta en voz alta un, dos, tres y cuatro tiempos. Cae un primer manotazo sobre el cuero templado y, con el golpe, comienza la salsa de todos los viernes en la noche. En la pista de baile, la gente se deshace en movimientos, se come a zancadas y giros el piso del lugar.

Juan ya no está en el bar. Como todos los fines de semana, desde hace un par de meses, La Luna es su telón de apertura para una larga noche. Baila solo. A su alrededor, parejas, en pleno gozo, siguen el compás de las congas, las trompetas y los timbales. Nada le importa.

El lugar parece algún carnaval, festín caribeño, cualquier cosa excepto un local aislado en medio de una zona residencial y enfrente de una división de la policía. La Luna tiene años en la zona. Sobreviviente de un sinfín de intentos de cierre, y tiene en su bitácora la presencia de grandes maestros del arte (Marcel Marceau, Joaquín SabinaSabina, Café Tacuba, y casi todos los artistas nacionales). Para Juan es solo el arranque de la noche.

Seis canciones después, parece que la noche le reclama. Le echa en cara la hora. Se apresura a salir. Camina solo, rápido y sin dejar de fumar. Llega a la gasolinera Shell, sobre la San Antonio Abad y se pierde en dirección al parque San José.

Los años de antes

De la gasolinera, a unas cuadras adentro, la inauguración de una exposición fotográfica en el Photocafé, es esta vez la excusa de los periodistas ahí reunidos, para carcajear y trinar botellas. Las imágenes solo se ven de reojo. Como para darle al brazo, el tiempo exacto para elevarse y asomar la boquilla de vidrio a los labios.

En una orilla de la barra, Chico Campos, habla como quien dirige una logia: rodeado por atentos escuchas, sentado de lo más tranquilo. Pero, en este caso, no son aprendices o discípulos, son colegas de años y años que le he han cedido la guitarra y, hasta ese momento, parece que no la quiere soltar. Siempre hay alguien que cuenta alguna pasada o alguien que narra que vio esto o aquello, que fue así o que lo dijo de esta forma y no de esta otra.

En la mesa de la esquina, aquella mesa eterna, cuatro señores, hablan de los años en que recién la Paz había sido firmada, incluso hablan de un poco antes. Hablan del barrio de la guerrilla festiva y conflictiva; del Siete Sur, aquél bar que sonaba como la retaguardia salvadoreña en Nicaragua durante el conflicto; del Bar de Fito, que deambuló por toda la comarca; que ahora esos bares, ya son solo cuentos, igual que La Clementina, El Café Libre, La Cueva del Sapo, La Ventana, el Sol del Río y el Bar del Viejo hoy tienen otros nombres y otros clientes frecuentes. En su momento fue la concentración de la guerrilla que, luego del conflicto, volvieron –algunos– a su origen clasemediero. A la vida en esas zonas. Y pusieron bares, restoranes, comida a la vista. posadas.

Estaba por ahí también la revista Tendencias y la Radio Venceremos, que ya era la RV. Eran los asideros de las ideas por una vida diferente. Coincidían intelectuales de izquierda que escribían y se comían el mundo entre la bohemia.

El tiempo fue pasando y muy pocos negocios quedaron en pie. Una segunda oleada de restoranes y bares apareció con Los Celtas, El Atrio, El Arpa Irlandés, Leyendas, Los Tres Diablos. Comenzaba a gestarse otro tipo de cultura y aquellos días de ex guerrilla festiva se fueron difuminando.

El barrio resultó la alternativa a la Zona Rosa y generaciones de estudiantes universitarios comenzaron a frecuentar el lugar.

Aún así, todavía hay cosas con el mismo rostro. La zona es vida nocturna, lugar de encuentro, escenario artístico, terreno de negocios, escena del crimen, guarida sospechosa.

Uno de los cuatro, el que parece más joven, sale por un momento del local, su teléfono celular pegado a la oreja le da la invitación: “Venite a ‘la T', hay tocada hoy”.

La bohemia. La vida nocturna del barrio ha sido una característica permanente en la zona. Durante algunos años las iniciativas de algunos negocios por explotar esta faceta se vino abajo por no contar con el apoyo requerido por parte de las autoridades respectivas.

Quien “las puede” es Agustín

En el “La T”, una banda fusión de jazz toca desde cerca de las nueve de la noche. Al ‘Indio' se le ve detrás del bajo, afinando la primera cuerda. La prueba y va la siguiente canción. Su ropa de manta, pelo largo y piel oscura le juegan bromas a la vista de quien lo mira. El ‘Indio' parece portar un disfraz. Hace pensar en la posibilidad que cada prenda que ocupa tiene un significado, un orden mítico.

Hay un descanso. El público sale del lugar. La acera, justo enfrente del local, está copada de gente.

Donde antes fue El Atrio, y mucho antes fue Sol del Río, rondan cabezas rapadas y mohawks. Esperan sentados, alineados al azar en las gradas del lugar. Su ajustada vestimenta negra y adornos de metal los distingue claramente del color de la periferia. No hablan más que entre sí, aunque la acera sea el vaivén de vecinos de los otros negocios. Su mutis no parece apatía o resentimiento, es la sencilla señal de la confluencia de mundos del lugar.

A pocos metros, sobre el hombro de la calzada de enfrente, hay cinco personas sentadas. La única iluminación entre ellos es un minúsculo punto rojo que pasa de mano a mano y aviva intermitentemente. “Están rolando”, confiesa Agustín (nombre ficticio).

Agustín vuelve a ver a los lados antes de cruzarse la calle, se les acerca corriendo. Hablan en voz baja por un par de segundos y apagan el puchoincandescente de hierba.

AgustínLos convence de entrar al bar, excepto a uno, que refunfuña y decide largarse, tambaleándose, quién sabe para donde. Se va solo, bajo la luz amarillenta de los postes de luz eléctrica.

A los minutos pasa la policía. El aviso de Agustín fue a tiempo. Es la división de la Policía Turística. Tienen un par de meses de estar patrullando bajo ese nombre. La veda de portación de armas en la zona, que se implementó hace poco, idealmente, le hubiera salvado la vida a tres almas, dice Agustín. “De todas formas, no es ese el despije”, dice.

De Agustín se sabe muy poco. Nadie sabe de dónde vino, a qué hora aparece, solo saben que está cada vez que se vuelve a ver hacia atrás. Parece estar siempre ahí.

Agustín es el nombre entre murmullos, es noticia en el lugar. Se dijo que era el “dealer” de la zona. Que conocía las redes que nadie alcanza a distinguir en aquél que espera pegado a un muro, con las manos en las bolsas de la chamarra; en aquél vehículo polarizado que pasa, varias veces, con los vidrios arriba y da la vuelta al redondel para regresar en la misma calle; o el trato que se sella con tan solo una mirada. “Me las puedo porque me las puedo”, afirma.

Agustín sabe quién está detrás de cada bolsa o cada “cuadro”, si viene de la “San Antonio” o si viene del lado noreste, de por el “tobogán” de la metrópolis. El flujo de droga no es ningún secreto para nadie, menos para él.

Ha trabajado en la zona por años ya. Conoce bien esos pasajes y calles. También conoce la droga, a los “transeros”. Recuerda que el barrio se convirtió en una zona más atractiva para el negocio y que los rateros comenzaron a aparecer de poco a poco. Confiesa que conoce el amor de barrio, de ese barrio. El de medio tiempo o el de solo horas extras, de universitarias, no universitarias, de las novias de todos, o solo el amor de la bohemia.

En sí mismo, Agustín, es una crónica que contar. Podría contar sobre cada detalle y cada nombre a la redonda. Eso es seguro.

Tiene 30 años y confiesa que “de paja en paja” ha vivido. Podría escuchársele con disimulo, como no queriendo, pero también con atención enfermiza, increíbles a cada sorbo. Ese relato, sin embargo, tendrá que esperar. Por el momento, es solo una mirada a “vuelo de pájaro” en una noche de recorrido en el Barrio.

¿Acaso tan diferente a aquél barrio que dejó de ser hace años? ¿Qué dicen los que vivieron esos tiempos? ¿Qué dicen los antros sobrevivientes? Aquello que desapareció, cuando se esfumaron los sueños de un espacio diferente, para todas las edades e ideologías; los planes y alianzas estratégicas entre restauranteros, hoteleros, alcaldía, cuerpos de seguridad; las muestras sistemáticas de todo tipo de arte; la zona libre y avant gard. ¿No existe nada de eso hoy?

Y el llamado salta claramente: volver al barrio. Volver y descubrir otros relatos.

Abrir el telón cada viernes, como Juan. Cada lunes, cada día, más bien. Recordar, como don Chico, los años de antes, los planes de antes.

Responder ¿para quién es este barrio? ¿Es otro mundo nocturno satanizado? ¿Es el mundo de quien quiere vivirlo? ¿De qué barrio se trata?

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