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Memorias de un viaje truncado, la historia de Mari
Hace algún tiempo me llegó la noticia de que una de mis vecinas, La niña Mari, como solemos llamarla, se había ido de mojada para Estados Unidos. Ella trabaja en la tiendita de la esquina, ayudándole a su suegra a atender a los clientes. A sus 35 años, un día decidió probar suerte, dejó a sus dos hijos, su esposo y la tiendita, y partió a buscar el “Sueño Americano”. Me senté con ella un par de horas y me contó esta historia
Lunes 30 de abril 2007
Teresa Andrade
teresa.andrade@centroamerica21.com
“Corra, ahí viene la migra”, me gritaron mis compañeros cuando yo estaba arriba de la primera barda. Caí y seguí caminando patoja hasta que oí “Deténgase, señorita”. Volví a ver y era una sombra con uniforme, un policía. Me paré de inmediato, me puso las esposas. “¿Dónde están los demás?”, me preguntó, “Voy sola” le dije. Me dejó esposada frente a la maya y se fue. No podía traicionar a mis compañeros y mucho menos al coyote. El sudor en mis manos me desesperaba, no sabía que me iba a suceder.
El policía se fue a buscar a todos los del grupo, pero no los encontró. Me llevaron a la delegación de policía y me tomaron los datos. Estuve como dos horas, pero yo las sentí eternas porque estaba muy nerviosa. A pesar de eso me mantuve firme diciendo que era mexicana, esas indicaciones me dio el coyote. Me quitaron los papeles y después me llevaron a la aduana de México. Me soltaron, era el momento de regresar e intentarlo de nuevo. En últimas, tenía tres oportunidades, me faltaban dos más.
Me fui al hotel y dormí, como nunca. Estaba muy cansada y además aliviada. No hubiera soportado que todas las desventuras del viaje se fueran a la basura.
El viaje
Salí de San Salvador la primera semana de diciembre, del 2005, con mi tío. Ya allá en la casa de Tijuana nos separamos. El coyote nos había arreglado toditos los papeles. Íbamos siete personas y él nos sacó la visa mexicana y el pasaporte. Mi tío hizo el contacto con el coyote, ahí en el Puerto de La Libertad y él me lo presentó a mí. Ya me habían dicho que él es bastante confiable y que se había llevado a varios de mis primos. Por eso confié en irme con él.
Nos fuimos en bus hasta Guatemala, fueron 12 horas en total. Todo el bendito viaje me fui parando para que no se me acalambraran las piernas y se me desentumiera el trasero, eso si es terrible. Ya en Guate sí me pidieron los papeles, pero ahí todo muy tranquilo. Hasta que llegamos a Melchor de Mencos, cerquita de la frontera con Belice.
Al siguiente día, por la noche, salimos en pick up y atravesamos un camino montañoso. Unos cerros bien grandes y gran selva que se veía. Hubiera sido bonito verlo de día. Al fin llegamos a Belice y nos quedamos ahí un día para descansar. Ya lo necesitábamos. Había que preparase para el trajín más grande.
Volvimos a salir de noche, y nos echamos como siete horas en carro. Yo iba dormida, había que ahorrar energías. Llegamos a un lago y nos tocó atravesarlo en lancha, nos tardamos como 35 minutos. Eso me gustó, se sentía bien, fue bastante divertido.
Un guía nos esperaba al salir del lago y nos tocó recorrer un camino pantanoso caminando. Hasta la rodilla nos llegaba el lodo. Fue horrible, costaba caminar y sentía que me iba a hundir. Tenía los pies helados, se me erizaba la piel, uno no sabía que le podía salir ahí. Cuando salimos, otro guía nos llevó a Mérida (Yucatán) y nos echamos como siete horas más en carro. Ya estaba harta de ir de carro en carro y para colmo toda enlodada.
El segundo intento
Al día siguiente, me fueron a recoger y me dijeron “De quién sos”, “del Fulano”, le dije. Me llevaron a la casa de donde salimos todos y ahí van escogiendo quién pasa y quién no. Yo ya no tenía miedo, quería que me escogieran rápido y volver a intentarlo. Esperé tres días y llegó mi turno, con el de otros cinco más.
Ahora si me sentía segura, pensé “Esta vez pasamos porque pasamos”. Logré saltarme la primera valla. Hoy fue más fácil porque iba una señora con una niña de nueve años que iba bien recomendada, por eso nos ayudaron los guías.
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Una puerta se le cerró a Mari, pero una ventana se abrió para ella al mejorar su negocio y seguir junto a su familia.
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En total, hay que saltarse diez bardas. El problema es que si nos veía la “Migra”, nos teníamos que regresar la que habíamos pasado y volverla a subir. Era difícil porque a veces la escalera no alcanzaba y a pura fuerza de brazos tocaba. Logramos pasar la segunda.
La tercera sí estaba difícil, porque tenía alambre de púas y ahí también nos pasaron los coyotes. Nos ayudaron un montón. Ya estábamos adentro los seis que íbamos, cuando de repente salieron las motos de la “Migra” y nos preguntan “Quién es el guía”. Nosotros tenemos que decir que nadie, que vamos solos, porque tampoco tenemos que quemar a nadie.
Nos agarraron a todos y ahí vamos de nuevo, al mismo procedimiento que ya me sabía. En la delegación está vez no me creyeron que era mexicana. Pero yo tenía confianza de zafármeles a los de la aduana. Me llevaron a las tres horas. Yo tenía que decir que era de Puebla. Llegué y me preguntaron “¿Cómo dice el himno de México? ¿Cuándo fue la independencia?” y preguntas así. No supe contestar. “No eres mexicana”, me dijeron. De nuevo me mandaron con los gringos.
Yo no quería decir la verdad, porque yo quería llegar, pero ni gringos, ni mexicanos, ninguno me creyó que era mexicana. Anduve de aquí para allá, me cansé, ya estaba desesperada y les dije “Soy salvadoreña”. El sueño se me cayó.
“Welcome to Tijuana”
Cuando llegamos a Mérida, ya sentía que pronto íbamos a llegar. Dormimos dos días más en ese lugar y nos fuimos al aeropuerto. Ahí el coyote ya tenía contactos, ellos ya sabían que íbamos con él. Solo les decíamos la clave, les enseñamos los papeles y ya nos dejaban pasar. En general, todo el viaje estuvo bien, no me tocó como a otros que los abandonan, que pasan desierto, que saltan el tren. Así que me fue bien. Ocho horas después llegamos a Tijuana.
Fuimos a un hotel y ahí nos recogió otro guía que nos llevó a una casa bien grande. Hacía un frío terrible, yo temblaba y la poca ropa que llevaba no me ajustaba. Ni ganas de tomar agua me daban, era bien feo. Yo estuve en esa casa ocho días, como son varios coyotes hay que esperar turno. Ahí escogen el grupo que va a pasar cada día y con quienes.
Los siete que salimos de San Salvador logramos llegar a Tijuana, pero ya ahí, unos se iban y los demás esperaban. Dos hermanas lograron pasar a la primera y recuerdo a un muchacho que lo garrotearon todo, pero a la segunda logró pasar. Tenía miedo pero yo sí quería llegar. Estaba muy ansiosa de hacer mi primer intento. Había que probar suerte a la primera.
En prisión
Cuando estaba encerrada en la aduana perdí la noción del tiempo, pero creo que fueron unos dos días. Me sentía muy mal, solo me daban una frazadita y ya nada más. Ahí sí fue feo, no me acuerdo mucho del lugar porque pasé solo dormida.
Luego me llevaron a CCA (Correction Corporation of America) que es una cárcel de San Diego (California). Me llevaron esposada, las manos me dolían, como si fuera criminal. Dicen que es una correccional y hay varias secciones dependiendo de lo que uno haga: unos solo por pasar, otros porque son coyotes, los que agarran con drogas, los peligrosos, los menos peligrosos y así.
En ese lugar me quitaron toda la ropa, me bañé, me dieron un uniforme y una celda con baño y camarote, en la sección de mujeres. La compartí con una mujer que estaba loca. “Usted es el demonio”, me decía. Solo cosas así hablaba, de la biblia, de que los hombres eran Satanás. Pobrecita, saber qué le habrá pasado. Me daba mucho miedo porque todos me decían que tuviera cuidado, porque estaba loca.
Una vez me quiso tirar de la segunda planta de la cárcel. Me dijo “Estoy harta” y me empujó. No me caí, pero si me lastimó. Me llevaron al doctor y estuve en observación como tres horas para ver si no me pasaba nada. A ella la llevaron a una celda de castigo. Me sentí muy mal, lloré mucho (se le nublan los ojos y se le corta la voz). No pude dormir nada ese día.
Ahí en CCA nos trataban muy bien. Nos abrieron una cuenta con el dinero que andábamos y con eso podíamos comprar de las cosas que ahí vendían. Hice buenas amigas en la cárcel, entre todas, comprábamos golosinas, sopas, chocolates; una compraba una cosa, otra compraba otra y así hacíamos el gran banquete.
Cuando estaba ahí tenía pesadillas, era horrible, solo por el día lograba conciliar un poco el sueño. Soñaba que los gringos me seguían (pone cara de angustia), que me iban a atrapar y yo huía. Además las camas eran de metal y como de unos sesenta centímetros, era muy incómodo.
Para arreglar lo de mi deportación, primero me llevaron a la corte. Eso sí es humillante, como si uno es un criminal de los más buscados. Le ponen una cadena a la cintura que se conecta con los pies y otra con las manos. Es horrible.
En la corte me leyeron los cargos, me preguntaron “¿está consciente que ha cometido un delito al cruzar la frontera?” y ni modo, dije que sí, porque si uno se pone a pagar abogado para quedarse, solo es atrasar lo inevitable.
De regreso a casa
Me agarraron un 18 de diciembre y salí un 16 de enero. Me despertaron a media noche y comenzaron a arreglarme los papeles. Eso se tarda un poco, yo ya quería acabar con todo eso y que entrara pronto el amanecer. Como a las seis de la mañana me llevaron a migración y ahí esperé un día.
Los de migración nos trataron bien a todos, no nos quitaron las pertenencias que teníamos, ni tampoco el dinero. Nos daban los tres tiempos de comida, nos daban un pan de caja y jamón, pero de ese bien feo. Como lo que nos daban no nos gustaba, les pedimos de favor a los de migración que nos compraran comida y lo pagamos con el poco dinero que teníamos. Ahí sí, ya comimos bien.
Cuando llegué al aeropuerto, ya para regresarme, sentí que todo se había quedado atrás. Era hora de volver con mis dos hijos, mi esposo y mis suegros. Se había acabado el sueño de sacarlos adelante desde allá, pero al menos estaría con ellos.
El día que me deportaron no fui la única, veníamos doce personas en un vuelo comercial. Todas éramos mujeres, nos quedamos de último esperando que nos bajaran. En el grupo venía una menor de edad y una viejita con chancletas. Ya cuando estábamos en la oficina de migración de aquí, la señora dijo “ah, ya van a ver, la otra semana lo voy a volver a intentar”. Me sorprendió mucho, porque yo ya no regreso. Después de lo que pasé, ya no más. Tiene un gran valor la viejita.
La verdad es que fue una odisea, tanta cosa que pasé. Ahora, ya en casa, en mi tiendita, valoro más las cosas. Mi tío hizo el trato con la escritura de su casa para que nos llevara a los dos, solo él logró llegar. Este coyote nos estaba cobrando $6 mil 500 por cada uno y además nos ponía un interés del 2%, al final son como $9 mil. ¡Uf, ahora qué no haría con ese pisto!, pero como dicen, “cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”. En la tienda nos va bien, la venta ha mejorado y estoy con mi familia. Eso no tiene precio. |