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El mundo no se piensa con los pies

Me resulta indignante ver la cantidad de dinero invertido en esa federación de futbol. La cantidad de polémica que se arma en torno a quiénes asumen las riendas del gremio futbolero, en torno a quiénes se quedan fuera, etc. Me incomoda. El futbol vende, es evidente. ¿Por qué solo el futbol puede unir a miles en un estadio y abrazar hasta a los enemigos, cuando se grita por la azul y blanco?

Lunes 30 de abril de 2007
Alejandro Labrador
labrador@centroamerica21.com

ALEJANDRO LABRADOR

El futbol salvadoreño es pésimo. Lo sabemos todos. Se lo escuchamos a funcionarios de la CONCACAF que, aunque lo dicen ‘off the record', podrían decirlo sin “pelos” en ninguna parte, porque saben que no hay argumento de peso en contra. Excepto los que explican la mala administración y la poca visión que ha padecido el fútbol nacional.

Ejemplo de la situación es que de los equipos de primera división, solo hay un equipo que tiene su propia cancha. Las demás son alquiladas o “están en proceso de apropiación”. Podría pensarse, entonces, que la poca capacidad técnica que pueda tener un club para formar un plantel, trabajarlo y mantenerlo, al menos no es el idóneo.

Y así hay todo tipo de carencias. Pero bien, el punto no es hacer un repaso del estado técnico del fútbol. Estoy seguro que no soy un experto en el tema y que hay personas, entre ellos, muchos periodistas deportivos, que saben mucho más de las condiciones de las que hablo. Son ellos quienes van a los estadios a cubrir, a quienes les informan de alguna nueva contratación, de algún problema dentro de la institución, etc.

Yo quiero hablar sobre la necesidad de ampliar nuestra cosmovisión deportiva. Es una necesidad y una responsabilidad también. La masificación del deporte no puede pensarse si no hay una identidad deportiva. Si aquí en el país, cuando se piensa en la “Selección” solo se piensa en los 11 uniformados.

Selección debería llamarse, y con toda propiedad, a los representantes de ajedrez, esgrima, levantamiento de pesas, karate, tiro con arco, marcha. ¡Y qué selecciones! Quizá no puedan compararse con el legado de países latinoamericanos con gran potencia deportiva, como Cuba, Brasil, México, etc., pero llegado el momento han sabido dar la cara.

Y está claro. Jorge Jiménez, oro mundial; Cristina López, oro panamericano; Eva María Dimas, oro panamericano; Karate, oro centroamericano y del Caribe. Esto solo por mencionar algunos nombres y algunos de los triunfos de estas federaciones. Ahí se ven los resultados. Y el orgullo que sentimos por esos triunfos, no es nada. Siempre se remite al desastre del fútbol.

Es más, para los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe del 2002, El Salvador perdió una de las tres plazas primeras en el medallero final, pero todo eso se fue al trasto cuando El Salvador le ganó a México en la final de futbol. Pudimos haber quedado en último lugar del medallero ¿y qué? … “le ganamos a México, papá”.

La preocupación debería ser por llegar hasta el tope del medallero en cualquier justa. Hay gente y ya hay triunfos. El asunto es que no es justo vivir a la sombra de esa pelota número cinco. No es justo no reconocer los logros de los atletas como se debiera. Se les reconoce, claro. Está la Espiga Dorada y el Águila Dorada, eso sin quitar las becas a ciertos atletas, los incentivos económicos, etc.

Pero la verdadera cuestión es masificar el deporte, en todos los niveles. Desde siempre, desde que los niños y niñas están pequeños. Inculcarles el amor por el deporte y la superación que su práctica implica. Que no solo si hay goles vale la pena jugar.

No podemos decir que el desarrollo deportivo que se da en natación, tenis, esgrima, lucha, por ejemplo, es fuertísimo y concentrado cuando se estudia primaria o secundaria. No es así.

Impresionante fue para mí, cuando hice un viaje a Guatemala, al lago Atitlán o cuando fui La Ceiba, en Honduras y descubrí en barrios, sobre canchas de tierra, niños descalzos, jugando voleibol como se juega un gran partido serio. No era una clase de educación física. No. Era la tarde de un grupo de niños y niñas, que pedían revanchas, apostaban una bebida, sufrían y gozaban, sobre una red.

Porqué vienen acá las grandes escuelas de futbol a instaurar organizaciones de desarrollo “deportivo” (futbolístico debería de decir) y por qué no vienen las escuelas brasileñas de voleibol, por ejemplo, o las grandes escuelas de escalada y montañismo.

Cada una de estas federaciones tendrá su gestión propia, de acuerdo. Seguramente, también, estarán haciendo esfuerzos por levantar su nivel competitivo. Pero hay quienes están derrochando millones.

Y ese dinero podría ser la base que tantos atletas están esperando para conocer un deporte, para encontrarse cómoda y satisfactoriamente en el ejercicio del mismo, para practicar en condiciones que le permitan hacerlo de la mejor forma o para incentivarlos con reconocimientos convenientes.

Pero es que resulta indignante ver la cantidad de dinero invertido en esa federación de fútbol. El fútbol vende, también es evidente. Pero es que hay que cerrar el círculo de poco a poco. El balompié vende porque lo metemos hasta por debajo de los editoriales en los medios escritos.

Me decía Serge Maller, el director de la Alianza Francesa: “Aquí es increíble como a secciones como cultura, salud o qué se yo, le dedican una página y media; y a los comerciales y a los deportes (futbol, corrijo yo), hasta les pueden dar la mitad del periódico”. Es sorprendente y triste.

¿De qué deporte van a hablar las personas pues? ¿Qué deporte les va a parecer más significativo? ¿Por qué solo el futbol puede unir a miles en un estadio y abrazar hasta a los enemigos, cuando se grita por la azul y blanco?

Hay que cortar el círculo vicioso y nosotros como periodistas, se me hace que tenemos gran responsabilidad. Proponer, proponer y proponer.

La masificación del deporte no se hace con los pies. Tampoco se piensa con los pies, como parece que lo hacemos cuando seguimos invirtiendo en procesos deportivos que tienen que ser y construirse a largo plazo. No paliativamente, ni esperando milagros.

Si fueran a largo plazo serían, por ejemplo, escuelas de futbol, que dentro de varios pares de años (no estoy hablando de un par), sean una promesa. Se hace, es cierto. Pero también despedimos seleccionados a diestra y siniestra, despedimos entrenadores porque no ganan el primer partido (ese sabor de boca queda, aunque no sea estrictamente así).

¿Qué estamos esperando? ¿Qué tipo de futbol creemos que tenemos? ¿Estamos en la época del “Mago” todavía? ¿No hace falta el trabajo duro y sacrificado? ¿Que a los seleccionados hay que andarlos chinchineando y hasta pagándoles por entrenar?

Masificar el deporte implica creer, tener fe en el deporte. Tener fe en que si no ganamos en futbol, sí ganamos en otras disciplinas. Creer que no hace falta tener una selección de futbol prominente para decir que El Salvador es regular en cuanto a deportes. ¡Negativo, señor!

Atletas que he podido conocer, que he visto la forma en que se rompen el alma y los huesos en cada práctica. Estudiando y a veces trabajando a la vez. Eso es un ejemplo y, de seguro, también habrá futbolistas así. Pero es que este llamado no es para los atletas que dejen de jugar futbol o para que lo dejen de soñar. Es un llamado para los que podemos hacer uso de la voz, gritemos en la búsqueda de la pluralidad, en una sociedad que sí lo demanda y sí lo necesita. Porque el deporte es democracia. Es una forma garantizar el éxito de los anhelos humanos.

Basta con ir a ver a las federaciones de otras ramas deportivas y fijarse bien. Ahí está el potencial, ahí esta la forma de crecer y de comenzar a creer.

Si seguimos pensando que el mundo se maneja con los pies, es seguro penal en contra. Así de sencillo.

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