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El general Medrano conduciendo tropa en la guerra contra Honduras (1969). Foto Cortesía Julio Medrano.

 

 

La noche del general Medrano

(Primera de dos partes) El general José Alberto Medrano aparcó su Pontiac plateado cerca del portón sur de Casa Presidencial. Antes de bajar del auto comprobó que su colt 45 tuviera puesto el seguro y una bala en la recámara. Luego se dirigió al despacho del señor presidente, general Fidel Sánchez Hernández, quien momentos antes y por teléfono lo había convocado con urgencia a una reunión privada. Eran las ocho de la noche de aquél terrible 11 de febrero de 1971.

Lunes 30 de abril 2007
Geovanni Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

La relación entre ambos militares no podía ser más tensa después de que, mes y medio antes, y con la aprobación del mandatario, el ministro de Defensa, general Fidel Torres, hubiera ordenado la baja definitiva de Medrano, despojándolo así de su creciente imperio en la dirección de la Guardia Nacional.

En esa ocasión, el irascible general destituido se había negado a entregar el mando, y atrincherado en su cuartel llegó incluso a pegarle un tiro en el estómago al coronel enviado a sustituirlo.

Cuando estuvieron solos, el presidente Sánchez Hernández habló larga y vagamente de la situación nacional, sin referirse a ningún punto específico que justificara la urgencia de su convocatoria. Medrano se impacientó y le exigió que fuera al grano. “Hay rumores preocupantes”, dijo el presidente después de un largo silencio, “se habla de que nos quieren matar a los dos, de un golpe de Estado y de una inminente oleada de secuestros políticos… ¿Has oído algo al respecto, Chele?”.

“Esas son pendejadas, Fidel, y en todo caso ¿qué tengo que ver yo en todo eso?”, respondió Medrano. Sánchez Hernández le explicó entonces que dada su experiencia en el trabajo de inteligencia requería de su consejo, y que por eso lo había mandado llamar. Era evidente que el presidente no creía que su invitado no supiera nada. Y también era evidente que Medrano no creía que el presidente necesitara su consejo.

Pasaban las diez de la noche cuando los dos generales se despidieron secamente sin siquiera darse las manos.

Medrano abordó su auto con intención de dirigirse a su casa en la colonia Buenos aires, o al menos eso es lo que dijo después, pero en el camino decidió pasar por la colonia Escalón para visitar al doctor Luis Salcedo Gallegos, su amigo. Casi frente a la casa del doctor detectó una camioneta en cuyo interior estaban tres hombres que le parecieron sospechosos. Les puso las luces altas encima y, pistola en mano, los conminó a identificarse. Uno de los hombres salió de la camioneta y le dijo que eran detectives de la Policía Nacional, y que estaban persiguiendo a unos ladrones.

El general Medrano le ordenó que se acercara con la manos en alto y que le entregara su identificación. En eso se escuchó un disparo y el hombre cayó abatido en medio de la calle. Un vigilante nocturno que vio la escena aseguró después que fue Medrano quien disparó. Los acompañantes del herido arrancaron la camioneta y se dieron a la fuga a toda velocidad. El general los persiguió durante varias cuadras hasta que se le lograron perder.

Eran las once de la noche cuando llegó a su casa, y con una sospecha entre ceja y ceja marcó el teléfono 21 80 20, que era el directo del señor presidente.

Nadie respondió. Cuando su asistente llegó a decirle que muchos hombres de civil fuertemente armados rodeaban la residencia, él ya había preparado las armas de su considerable arsenal y se aprestaba a la batalla… ¿Sabía en ese momento el general Medrano que el señor presidente había ordenado la captura del doctor Salcedo Gallegos?, ¿sabía que ese mismo día, en la mañana, había sido secuestrado por un comando armado don Ernesto Regalado Dueñas, uno de los hombres más ricos del país?

Armado con granadas de fragmentación y una ametralladora, parapetado detrás de un muro de su casa, el general Medrano se fue haciendo un cuadro de su situación luego de algunas llamadas telefónicas: estaba completamente rodeado por un contingente policial comandado por el coronel Ricardo Arango. Sabía que no era posible una ruptura exitosa del cerco. Pero también sabía que sus adversarios conocían perfectamente su osadía, capaz de intentar en plan suicida la resistencia o el escape a costa de mucha sangre y demasiado escándalo político.

¿Cómo había caído en esta trampa el hombre fuerte del régimen militar, comandante de la Guardia Nacional , la unidad más poderosa y temida de la fuerza armada; líder supremo de los cien mil campesinos agrupados en la Organización Democrática Nacionalista, ORDEN; artífice de la Agencia Nacional de Seguridad, ANSESAL; principal operador local de de la CIA , héroe indiscutido de la contrainsurgencia preventiva y de la guerra de 1969 contra Honduras?

A esas alturas ya no ignoraba que el presidente también había ordenado la captura de sus tres amigos civiles más cercanos: Luis Salcedo Gallegos, Mario Sol y Mauricio Salaverría, acusados, como él mismo, nada menos que del secuestro de don Ernesto Regalado Dueñas, y de una conspiración encaminada a un golpe de Estado. Con el agravante de que él, además, en menos de un mes había baleado al coronel Gutiérrez, insultado y amenazado al presidente y al ministro de Defensa, general Fidel Torres, y matado a un detective de la Policía Nacional.

La perspicacia popular supone que en este tipo de pugnas entre compadres hay siempre en juego alguna hermosa dama o un dinerillo perdido. Y precisamente en los últimos días el general Medrano había contado en voz baja, pero a medio mundo, que el grupo de militares en el gobierno había robado 25 millones de dólares destinados a la compra de pertrechos de guerra, y que él tenía en su poder los documentos probatorios… ¿Era ese el fondo del problema?

Puede ser, pero también podía ser otra cosa: en 1969 Sánchez Hernández había anunciado su intención de impulsar una reforma agraria. Eso suscitó la ira de muchos terratenientes, ya bastante escamados desde que, en 1965, el general Julio Rivera decretara desde el gobierno un aumento al salario mínimo en el campo, sin que al final, pese a sus actos o intenciones reformistas, ninguno de esos dos gobernantes hubieran logrado detener la creciente y cada vez más desafiante agitación social.

Los terratenientes creían que ya no era tiempo de concesiones y reformas sino de mano dura. Y el único hombre capaz de meter en cintura a tantos maestros, obreros, campesinos, estudiantes y curas revoltosos era precisamente el duro general Medrano, quien debía ser el sucesor de Sánchez Hernández en la presidencia de la República. Pero Sánchez Hernández no pensaba lo mismo, y desoyendo a los barones de la tierra había impuesto como su continuador a su secretario privado, el coronel Arturo Armando Molina.

Descontentos, los terratenientes concluyeron que el partido oficial, PCN, ya no garantizaba el orden. Por eso habían decidido fundar una alternativa política que lanzaría al general Medrano como candidato presidencial. Justo en esas labores de fundación andaba Medrano y sus amigos ese 11 de febrero de 1971, día en el que, además, un desconocido grupo revolucionario armado anunciaba en volantes y pintas: “La paz de los ricos ha terminado, la guerra de los pobres ha comenzado”.

¿Pero el tal grupo clandestino existía en realidad o sólo era un invento del gobierno o del mismo Medrano para aterrorizar y chantajear a sus enemigos? La noche se anunciaba demasiado larga. Y violenta.
(Fin de la primera parte)

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