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Por los viejos tiempos, Sabina, Geovani y Jimena.

Una noche loca con Joaquín Sabina

Geovani Galeas visitó a Joaquín Sabina en un hotel de San Salvador. Lo que comenzó como una entrevista periodística, acabó en una larga jornada de confesiones, poesía, intelecto y alcohol. El periodista salvadoreño nos cuenta sus memorias de ese descomunal encuentro con uno de los cantautores favoritos del mundo hispano. Sabina habló esa noche de sus fantasmas y hasta del "Mágico” González.

Lunes 23 de abril de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

Joaquín Sabina es un hereje, pero sus blasfemias pronto podrían ser incorporadas a la santa misa. Es un anarquista que canta sin mayores estropicios para reyes y jefes de Estado. El jura que su público natural son las putas, los presos y los borrachos. Sin embargo los modelos exclusivos de Armani y los casimires ingleses cortados a la medida no dejan de brillar en los palcos de sus conciertos.

Su leyenda de poeta maldito que alguna vez dinamitó bancos y se ganó la vida guitarreando en bares de mala muerte, palidece cada vez más ante su abultada chequera. Su fotografía, que fue pasto de los archivos policiales, hoy decora las portadas de las revistas del corazón muy al lado de la Infanta Cristina o de Isabel Preysler.

En marzo del año 2000 doña Ildiko de Tesak, al frente de un grupo de damas de la alta sociedad, empeñadas en una noble cruzada por los niños pobres, decidió contratar al cantante para un concierto de beneficencia. Le habían dicho que Sabina jalaba público. Pero como los gustos musicales de doña Ildiko van de los tres tenores para arriba, en realidad no sabía bien a bien quién era el tal Sabina. Algo inquietante escuchó por ahí y me preguntó si yo tenía alguna idea de quién era el fulano, que ya estaba en San Salvador, en el hotel, “y se comporta de un modo algo peregrino”, me dijo doña Ildiko.

Qué ganaba yo con decirle que a Sabina un día el destino lo dejó en bragas, apestando a vino y con catorce pesetas. Y sintiéndose puesto en jaque mate decidió volarse una chaqueta en el water. Y mientras se aliviaba de aquella manera, se cogió tremendo pellizco en un huevo con el cierre nuevo de la cremallera, y notó de pronto unas molestas cosquillas, desde la bragueta hasta la coronilla, ¡y entonces descubrió que tenía ladillas!: “y entonces me rasco y me afeito y me corto. Ya sólo me falta tener un aborto”, dice Sabina. No, no quiera usted saberlo, doña Ildiko. En la vida y en las canciones de Joaquín Sabina hay demasiadas cosas que no están en los evangelios.

Cómo explicas tu éxito, sobre todo con los jóvenes, le preguntan a Sabina en España: “Hombre”, responde el cantautor que a sus cincuenta años igual sigue de flaco, igual de calavera, loco por cantar el blus de las carreteras, “será porque los chavales de hoy tienen un padre aburrido, y prefieren al tío golfo que es un cantante afónico y un borrachín que dice que va de copas y de putas todas las noches”.

Pero no sólo es eso. Los críticos también señalan que canta verdades que “desde Kierkegaard a Nietszche, de Sartre a un existencialismo a su manera, mezcla Albertis y Lorcas, hilvana Nerudas y Machados, ata Hernández y Cervantes”. Y últimamente, digo yo, de una manera sutil y madura conjuga su propia voz poética con José Alfredo Jiménez y César Vallejo, con don Francisco de Quevedo y José Santos Discépolo.

El caso es que mi editor me pidió que lo entrevistara. En mala hora: la anoche anterior yo me había pasado de copas y en la cruda se me equivocaba el mundo.

Desde la miseria en que me tenía convertido la resaca, me preguntaba si tenía fuerzas para realizar una entrevista. Una joven y hermosa reportera que comenzaba a hacer sus armas en el oficio, me confesó que su sueño era entrevistar a Sabina. Estaba segura que le haría un súper reportaje. Puso la carita así de linda y me suplicó que la dejara acompañarme en calidad de asistente… ¿Cómo negarse ante la belleza?

“Lo que me propongo”, apuntó la belleza en su libreta mientras nos dirigimos al hotel, “es realizar una crónica que revele la esencia humana, política y contradictoria de Sabina”. Vaya, ella quería ganar el Pulitzer de Lolotiquillo, y yo lo que anhelaba era un mísero roncito que me regresara el alma al cuerpo.

Después de casi dos horas de espera en el lobby del hotel, y el Sabina que viene y que no viene, “y en realidad quién sabe dónde se habrá metido el señor ese”, me dice doña Ildiko entre afligida y enojada: “Para mí que anda drogado o borracho”, me susurra casi al oído.

O las dos cosas, le dije perversamente cuando por fin el fulano hizo su entrada en el hotel, rodeado por sus asistentes, algo trastabillante pero de lo más quitado de la pena, con un jeans deslavado, sombrerito muy majo y chalequín de torero sobre una cotona hindú verde pálido.

Eso es Sabina. Lo suyo es la noche, el whisky, el humo y el polvo en sus dos sentidos, llamar a las cosas por su nombre, con voz áspera (largamente trabajada por el alquitrán), y traducir todo eso a canciones que burla burlando revelan el lado oscuro de nuestro tiempo. Por ahora el mejor letrista en castellano, que dirían los críticos.

Había dos o tres periodistas apuntados antes que yo, y mi alma ya naufragaba por esos mares de la cruda, y más porque en el hotel cada cerveza costaba una fortuna. “No tire la toalla, hermano, yo le invito otra pílsener”, me consoló la belleza, toda entusiasmo ella.

La belleza no le daba vida a su libreta: “Yo escucho a Sabina cuando quiero escapar de la gris monotonía que sin misericordia se cierne sobre los que sobrevivimos en la hostilidad de las ciudades. El me parece fuerte y temerariamente demencial. Pienso en la mórbida fascinación que en él debe despertar saberse tan venerado como incomprendido… Voy hacia él entre el miedo y la resolución que despiertan en mí los hombres obsesivos y avasalladores. Voy hacia él…”

La pílsener no logró nivelarme y más bien la sed cobró magnitudes existenciales. Y justo cuando ya estaba por decir basta aparece el Curro, fiel escudero del cantante, y me dice que el hombre está cansado y de mal humor y que, a mi cuenta y riesgo, podía concederme diez minutos máximo. Pero que sólo mi fotógrafo y yo podíamos comparecer ante su majestad.

Y entonces fue a la belleza a quien se le equivocó el mundo. Y volvió a poner su carita así de linda. “Espérame”, le dije “no te muevas de aquí, quizá arreglemos algo”. Toqué la puerta de la suit y fue Sabina quien abrió con cara de pocos amigos. Flaco, huesudo y con pinta de torero andaluz, llevaba un vaso de whisky en la mano. “Coño”, dijo mientras me estudiaba un momento y sonreía; luego me abraza efusivamente. “Mira la sorpresa, Geovani… ¿Dónde fue, carajo? ¿En México, en casa de Olvido Alaska, no?

Si, había sido en México, en un reventón de órdago en casas de no sé quién. Quizá de Olvido Alaska. Pero habían pasado quince años por lo menos. La cosa es que en esa fiesta andaba la artillería pesada de lo que en México se empecinan en llamar desde hace un siglo “el Canto Nuevo”: Gabino Palomares, Amparo Ochoa, Oscar Chávez, Lupita Pineda, Tania Libertad, Eugenia León y hasta la Nacha Guevara y los Mejía Godoy, entre otros adalides de la revolución proletaria por bombos, kena, charango y galillo, que no todo es tirar bala y joderse por esos montarrascales de dios.

Y como el buen whisky y las canciones proletarias corrían parejamente, cual debe en ese tipo de reuniones, envalentonado por el primero y ya hastiado de las segundas yo me había enzarzado en una enconada y desigual batalla verbal con varios de los trovadores, burlándome de un canto nuevo tan viejo que ya merecía silla de ruedas y buscaba refugio en los boleros. Casi todos tomaron la cosa a chacota, que eso era, excepto Luis Enrique Mejía Godoy que se sintió ofendido en su dignidad de “cantor del pueblo”.

Me llamó reaccionario o algo por el estilo. Exagerando la nota, le respondí que él nada entendía de los gustos y las pasiones populares y que la prueba era precisamente aquella canción qué el mismo acababa de entonar y que entre otros dictum éticos afirmaba: “Yo no le canto a la flor. Yo le canto a mis hermanos del rancho y del barrancón”. ¿Y por qué no al hermano y a la flor también?, seguí burlándome, ¿es que las flores eran burguesas o imperialistas? No hay tradición de canto popular que prescinda de las flores, de las mujeres y de las estrellas, maestro, le dije.

Y al asunto estuvo a punto de resolverse a guitarrazos y trompadas. Pero un tipo que estaba al lado mío y se divertía de lo lindo con mis payasadas interpuso sus buenos oficios y la cosa no pasó a mayores. Con ese tipo nos la seguimos de largo hablando más bien de la buena y vieja trova de Portillo de la Luz, Guti Cárdenas y Palmerín, del corto verano de la anarquía en Cataluña, de los poemas de Roque Dalton, y de las guerrillas salvadoreñas. Buena nota el tipo, ingenioso y cálido. Yo creía que era un etarra en fuga, o algo así. No, me dijo alguien, es Joaquín Sabina, un cantante español que va para estrella.

-¿También tú eres cantante de protesta? -inquirí.

-Más bien de próstata, -me dijo-, y aunque me simpatizan los sociatas yo no confundo el escenario con el púlpito, coño.

-Ahora vengo a entrevistarte, Joaquín.

-¡Joder! ¿Es que ya no haces la guerra? ¿Tan viejos estamos?

-Nos jodimos, Joaquín.

-¡Te jodiste tú, porque yo no soy tan gilipollas como para concederte una entrevista! Venga, siéntate y conversemos. ¿Te apetece un whisky, un pase o un porro? ¡Va para toda la noche, tío, pero deja en paz tu grabadora!

Luego advirtió al Curro que no quería interrupciones.

-Pero, hombre, Joaquín -se alarmó el Curro-, bien sabes que nos hemos comprometido…

-¡Nos hemos comprometido con mis cojones, joder! A ver si nos vamos entendidendo, Curro -Y de nuevo se volvió hacia a mí, como si nada, ofreciéndome un trago-. Oye, a ver si ahora me explicas de una puta vez quién es Farabundo Martínez.

Sabina cantando bajito, dolorosamente una canción inédita.

Yo me abalancé sobre el whisky y me atraganté con un primer doble, que me supo a gloria.

-Eso ya lo saben mis lectores, Joaquín. Pero quizá les interese saber quién era Durruti.

-¡San Buenaventura Durruti, el Cristo Rojo del anarquismo! Con solo su nombre me pones la carne de gallina. Durruti era toda la generosidad humana más todos los cojones del mundo… En Aragón los anarquistas prohibieron el dinero, y aquello funcionó de maravilla durante dos años. Eso es lo mejor de toda la historia, un poema, ¡y bendito seas por venir a recordármelo!

Entonces le hablé de la belleza, que se quedó allá abajo recogiendo entre lágrimas los pedacitos de su sueño roto. Sabina le ordenó al Curro que fuera por ella. Augusto, mi fotógrafo, no dejaba de tirar fotos. Yo me olvidé de la grabadora y me dejé ir con los ojos cerrados en el whisky y la conversación caótica.

-Ahora vas de estrella, Joaquín. Ya eres habitué en las portadas de las revistas del corazón.

-Cada vez menos. Esa gente vive de los secretos y yo no los tengo. Les jodo el negocio porque qué pueden decir de mí que yo no haya propalado ya a los cuatro vientos en mis canciones, ¿qué me vieron pasado de copas entre chulos y putas? ¡Joder! Para la fama que yo mismo me he montado a todas luces eso es fiesta rosa.

-Hablando de rosas, ¿qué dijo Almóvar de tu canción Yo quiero ser una chica Almodóvar ?

-Que estaba bellísima, pero que le seguía debiendo una canción porque en esa hablaba más de mí mismo que de él.

-¿Y Miguel Bosé?

-Me lo encontré en un antro madruguero. El iba de muy guapa, ya sabes. En cuanto me vio se fue a la rokola y marcó la canción. Luego vino a mi mesa y me pidió que la bailáramos. Un encanto el Miguelillo. Pero Victoria Abril aún no me dirige la palabra.

-¿Tú también vas de loca, Joaquín?

-No tengo el privilegio de que me pasen los tíos. Qué quieres, no se puede tener todo en la vida.

Casi no me di cuenta cuando entró el Curro con la belleza, que se destanteó un poco cuando Sabina la abrazó, le ofreció de todo y la sentó a su lado.

-¿Cómo la llevas con la gente de la movida madrileña?

-Me encantan. Pero yo tuve muy poco que ver. Además eso es prehistoria. Queda Almodóvar, Olvido Alaska, y algún otro. Pero el sistema terminó engullendo todo eso y poniéndolo en vitrina.

-El sistema termina poniendo en vitrina todo, Joaquín, hasta la pasión de Cristo, la larga marcha de Mao y la leyenda negra de aquel poeta maldito que dinamitaba bancos y guitarreaba en bares de mala muerte para sobrevivir, ¿te ubicas?, el muchacho aquel que viajó en sucios trenes que iban hacia el norte.

-Hombre, no se puede ser joven profesionalmente.

-Claro. Ahora comes caliente, tienes pasaporte, pagas tus impuestos…

-Pero algunas noches pierdo el apetito y no puedo dormir… Y sueño que voy en uno de esos trenes que iban hacia el norte-, agregó Sabina casi con un quiebre de voz. Y yo rematé:

-Cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz… Una de tus canciones más hermosas.

-Detrás de toda buena canción hay una gran derrota. Es una regla.

Tomó la guitarra y la cantó bajito, lenta, dolorosamente, como para sí mismo.

-La voy a cantar en el concierto -dijo-, ¿qué tipo de público tendré?

-Puros caballeros del comité de higiene, cívica y ornato, y señoras en cruzada contra el uso del condón y la minifalda -exageré-. Cero poetas y universitarios porque la entrada vale un ojo de la cara, y además está difícil que los dejen entrar sin frack al Camino Real.

El cantante entonces se puso a discutir a gritos con el Curro. Le ordenó que comprara cien boletos y los distribuya gratis… ¿dónde? “En la Universidad Nacional puede ser”, sugerí.

Sabina comenzó a quejarse de la ola de conservadurismo que agobia al mundo, de los telepredicadores y de lo rentable que se ha vuelto la venta de nichos en el cielo.

No sé cómo interpretó la belleza las quejas del cantante, pero seguro andaba perdida porque comenzó un discurso sobre la juventud que ya no respeta ni a sus padres, y la inmoralidad que carcome los cimientos de la familia como célula básica de la sociedad, o algo por el estilo.

-A propósito- se aventuró, poniéndole al cantante el micrófono de su grabadora casi en la nariz-, ¿tiene usted algún mensaje especial para los jóvenes salvadoreños en este sentido?, ¿cree usted que los jóvenes deben practicar el sexo prematrimonial?, ¿no cree que el aborto es un atentado contra la vida?

-Quiero mostrarte algo -me dijo Sabina mientras me hacía pasar a otra habitación-. Oye, o sacas tú a esta tía o la echo yo mismo a hostias.

-Tranquilo. Está nerviosa. Eso es todo.

Y regresamos a la sala para servirnos otro doble.

En eso hizo su entrada una mujer más bella que la belleza. Iluminado por su aparición, Sabina tomó de nuevo su guitarra y la recibió cantando: “Rosa de Lima, prima lejana, lengua de gato, bicarbonato de porcelana. Dolor de muelas, pan de centeno, hasta las suelas de mis zapatos te echan de menos. Prenda de abrigo, ven, vente conmigo”.

-Es la última canción que he compuesto –explicó-. Y es para ella: Jimena. Es peruana.

-¿Peruana del Perú? -le pregunté a ella, aludiendo a un verso de César Vallejo y esperando picar al cantante. En efecto,fue él quien respondió:

-¡Sí, peruana del Perú, con todo y su domingo en las claras orejas de su burro!… Mira que eres un perfecto hijo de puta, Geovani. Primero me sales con Durruti, y ahora me vienes con San César Vallejo. El mundo sería infinitamente más inconsolable si yo no pudiera leerlo todos los días: “Amado sea el que perdió su sombra en un incendio…”

-“Amado el desconocido y su señora, el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas”, -agregó Jimena.

- “Comprendiendo sin esfuerzo que el hombre se queda, a veces, pensando, como queriendo llorar, y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero, suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona…” -tercié yo.

-“Un albañil cae, muere y ya no almuerza”-, cerró Joaquín, exaltado, las desordenadas citas del inmenso cholo peruano-. Versos infinitamente verdaderos, infinitamente tristes -dije-. ¡Coño, Me vais a matar de la emoción!

-Tu poesía, Joaquín…

-No, lo mío son las canciones.

-Muchos de los mejores poemas contemporáneos son canciones de Chico Buarque, de Dylan, Brel, Brassens, Silvio Rodríguez, tuyas. -Después de todo, la poesía es “Carmen”, ¿no?: canto.

-Hombre, se me olvidaba que tú estudiaste filología, maestro.

-Pero aprendí mucho más en la calle y en los bares.

-En un bar cantaste para George Harrison alguna vez, ¿no?

-Fue en Londres. Yo cantaba por la libre y luego pasaba el sombrero. Harrison estaba ahí de casualidad. Me llamó y me dio una buena propina, pero no porque mi canción le hubiera gustado sino para que terminara de joder con mis aullidos y lo dejara ligarse tranquilamente a una morena. Claro la morena estaba guapísima, y si yo hubiera estado en el lugar de Harrison hubiera mandado al carajo a los todos los Beattles juntos… Pero volviendo a la poesía, ¿sabes?, ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años, desde la vanguardia. Se ha vuelto demasiado alambicada. Las canciones, sin embargo, pertenecen más a la memoria sentimental de la gente. Antes de la vanguardia la poesía era absolutamente como el pop. Los chilenos de hace cuarenta años regalaban a sus novias sonetos de Neruda. Ahora se regala un disco de Luis Miguel o de Serrat…

-Pero Serrat, se ha vuelto ahora un moralino. A los jóvenes ya no les dice nada. De hecho, en una novela de Almudena Grandes, una adolescente se refiere a él como a un fulano remotísimo al que no entiende en absoluto y que no le gusta.

-Serrat es mi amigo. No me gusta todo lo que hace. Pero en cada disco de Serrat hay siempre por lo menos una canción que yo hubiera dado un brazo por haber escrito. No puedo hablar mal de Serrat… O bueno sí, pero quitándome el sombrero y de rodillas, ¿vale?

-Tú estás más conectado con lo que pasa. Tus canciones cuentan historias que suceden ahora y aquí. Eso identifica a los jóvenes.

Lo de los jóvenes activó los reflejos de la belleza, que se removió amenazadoramente en su asiento. Le hice una señal discreta para que esperara, pero me ignoró.

-¿Qué tipo de liderazgo moral cree usted que los jóvenes de hoy necesitan?

Sabina respiró profundamente y luego soltó el aire con fuerza, casi con violencia. Jimena, que parecía no estar en nada pero estaba en todo, le acarició el cabello y la espalda.

-Pero mi apuesta no es por la actualidad, Geovani. A lo mejor el problema no es de Serrat sino del adolescente que muy bien puede ser un pendejo sin más ¿O qué, tenemos que quemar a Góngora sólo porque un chaval gilipollas no lo entiende?

Eso es parte del encanto de Joaquín Sabina: se sabe todas las de la calle pero también las de los libros, y que igual te sale por octavillas que por alejandrinos franceses, o te rima la historia del yonki que cruza esa esquina con giros dignos de don Luis de Góngora y Argote. El lo ha escrito: “Me pediste una canción, y por décimas te salgo. Hace años que cabalgo con la mano en el escote del verso a la antigua usanza, así hablaba Sancho Panza con mi señor don Quijote”.

-Me han dicho que vas a publicar un libro de poemas.

-Sonetos clásicos. Nada de vanguardismos. Con los sonetos voy a defraudar a mi público: no tienen la clave de mis canciones. Con las canciones pretendo dirigirme a todo el mundo, y con los sonetos, pues…

-Si no sucumbes a la ley del estribillo que infama alguna de tus canciones, puede que sean buenos sonetos -intenté provocarlo.

-¿A qué te refieres?-, se mosqueó.

El Curro se acercó con cara de súplica: “Ya es muy tarde, Joaquín. Abajo te esperan y…”

-¡Ningún me esperan, coño! Te he dicho que no quiero interrupciones, ¿vale?-, gritó Sabina dando por zanjado el asunto-. A ver, Geovani, cómo está eso del estribillo.

Pero justo cuando iba a comenzar mi explicación sonó el teléfono. Sabina se incorporó de un salto, arrancó el aparato inoportuno y lo estrelló contra la pared, lanzando hostias y recontramaldiciendo al Curro. Jimena lo tomó de las manos y lo sentó junto a ella sin decir palabra, mientras sonreía dulcemente. Le sobó el lomo a la bestia. El Curro aprovechó para escabullirse por ahí con la cola entre las patas.

-¿Entonces, cómo está eso del estribillo? -insistió Sabina, ya más tranquilo.

-Tu canción Mujeres fatal , por ejemplo, es un hermoso poema, una sucesión de imágenes sugerentes, sorprendentes, muy bellas: mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia, que sueñan con trenes llenos de soldados. Mujeres en cuyas caderas no se oculta el sol…

-Es sólo es una canción, no es un poema.

-Pero no por el canto, sino por otra cosa. Y esa es tu trampa.

-¿Trampa, qué dices, hombre?

-Como haces canciones, no poemas, te sientes en el derecho de romper la sucesión de imágenes y, por la ley del estribillo, vienes a salir con esa mariconería de “mujeres de fuego, mujeres de hielo, mujeres veneno, mujeres imán…”, No mames, Joaquín. Eso es puro ripio.

Me miró fijo a los ojos.

-Eres un hijo de puta. Pero tienes razón, ahí hay un barateo… Eso tiene su historia. Jamás lo había contado. Hice esa canción para que la cantara mi amigo Ricardo Solfa. En el concierto él añadió esos ripios de su propia cosecha. Me di cuenta de lo que eran, pero yo quería mucho a Ricardo y así quedó la canción y así la seguí cantando… Eres un hijo de puta… A propósito, ¿Sabes que he leído a Roque Dalton? Un gran poeta… ¿Por qué lo matasteis? Si no me equivoco tú estabas con esa gente que lo fusiló ¿no es cierto?

Hila fino este Joaquín, y me ha destanteó muy a su placer.

-Eran… éramos muy jóvenes entonces -logré balbucear.

-¡Eran un ripio, coño!… Pero, venga, sólo fue mi pequeña venganza… ¡Benditos seáis a pesar de lo de Roque, que ya encontraréis vosotros a vuestro propio Ricardo Solfa a quien culpar!

Más wisky, tabaco negro, canciones nuevas, preguntas fallidas de la belleza que no entiende ni se entiende, sonrisas luminosas de Jimena, sonetos inéditos que, en efecto, tienen resonancias de Quevedo y Vallejo, pero tienen sobre todo la marca sabiniana: el elogio del fracaso, el homenaje al desconsuelo, la piedad por el vencido, la seducción de la noche, la ironía.

-¿Sabes algo más de El Salvador, Joaquín?

-Sí, sé de otros dos crímenes: el de Monseñor Romero y el de Ellacuría. Vaya que con vosotros hay que andarse con cuidado, cuando no fusiláis poetas la emprendéis contra sacerdotes y filósofos… la verdad es que tenéis una famita… Pero no te preocupes, hombre, no sólo eso. También sé del Mágico Gonzáles, un genio, un poeta maldito de la cancha capaz hasta de meter penaltis de cabeza, un tío que le dijo no a la gloria, al dinero ¡Se negó a jugar en el Barcelona! … Cómo me gusta ese tío… ¡San Mágico González! … y ya van tres santos por esta noche ¡Celebremos!

La belleza anota: “Sabina y Geovani ríen, se recitan poemas de Quevedo y Góngora, se manifiestan una fraternidad alucinante. Sabina toma la guitarra y canta canciones que aún no ha grabado. Le regala a Geovani unos sonetos que está por publicar y siguen charlando de Roque Dalton y del Mágico González… Pero conmigo Sabina es frío y distante. Estoy sentada a su lado pero he dejado de existir. Cada intento de intervención es silenciado por un Geovani que me dice que espere o por un Sabina que antepone su fuerte acento español a mis frágiles palabras ¿No hay química, no le caigo bien, qué pasa?”

El Curro, que no había dejado de merodear, se hizo el fuerte y avisó que en el lobby esperaba desde hacía horas no sé qué personaje importante del mundo diplomático. Sabina volvió a soltar hostias y leches a voz en cuello. El Curro aprovechó una vuelta para suplicarme que me vaya, que los compromisos, que yo disculpe, que… Le dije a Joaquín que tenía que cerrar edición, que no podía quedarme. El tipo volvió a gritarle a todo el mundo.

-¿Por qué hablan tan alto los españoles, Joaquín? - le dije.

-¡Porque somos hijos de San León Felipe, y ya van cuatro santos¡ Al carajo tu edición, venga.

Y se fue yendo la noche entre recuerdos, tragos y canciones. El diplomático gilipollas tendría que esperar sentado hasta el día del juicio final, y yo tendría que escribir mi reportaje en altas horas de la madrugada, con el alma temblorosa otra vez por esos mares de la cruda. Otra vez.

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