|

Crítica ideal
Para T. S. Eliot, la crítica literaria, de manera ideal, deberían ejercerla los propios escritores: personas que han trabajado directamente en una disciplina con características particulares y conocen los recovecos que –como en cualquier oficio– solo alguien directamente involucrado puede conocer. La crítica de un escritor estaría realizada desde dentro de la obra, y tendría que ver con estructuras, técnicas, desarrollo de personajes, etcétera. Trataría de lo que la obra “es”, no de lo que debería o podría ser, el enfoque que buscan quienes ven la literatura desde fuera y a quienes por comodidad o pereza a veces se llama “críticos”.
Lunes 7 de mayo, 2007
Rafael Menjivar Ochoa
redaccion@centroamerica21.com
Un escritor sabe –también de manera ideal– que una obra no está sujeta a ciertas interpretaciones. No va a buscar lo que un autor “realmente” quiso decir: la obra es lo que es, y sólo puede descifrarse con base en lo que hay en el papel, no en las necesidades del crítico. Menos aún buscará en la biografía del autor los motivos que lo llevaron a concebir cierta novela, no buscará en un poema sus dramas y traumas, no verá sus temáticas guiadas por determinismos sobre los que el autor no tiene control.
De manera ideal –otra vez–, y también según Eliot, cada nuevo libro debe poner en cuestión todo lo escrito hasta ese momento acerca de la literatura, y la literatura misma. Toda la experiencia acumulada, la técnica desarrollada durante generaciones, los modos de enfocar los textos, estarán en cuestión ante un nuevo poema, una novela, un libro de cuentos. Y ha habido casos en los que así es: el propio Eliot, con su Tierra baldía y sus Cuatro cuartetos , puso en jaque todo lo que se había hecho en poesía, como, en el caso de la novela, Joyce con Ulises y Proust con En busca del tiempo perdido .
Un “crítico no escritor” buscará motivos por todas partes, rara vez en la hechura de la obra. Hablará del espíritu de la época en Eliot, del monólogo interno en Joyce a partir del psicoanálisis, de la literatura anterior y posterior a Proust y sus temáticas. Ante todo, buscará mensajes ocultos, todos los posibles y muchos improbables: a qué se refería cuando dijo esto, cómo se relaciona lo otro con lo que le haya pasado a los siete años.
Para un escritor, descifrar una obra es más sencillo en sus implicaciones, y mucho más complejo en sus consecuencias. Sabe que no hay mensajes: la novela, el poema, el cuento, son el mensaje en sí mismos. Lo escrito es lo que se quiso decir. El problema consiste en averiguar qué recursos ha creado el autor, cuáles ha reciclado y mejorado, cómo maneja el tiempo narrativo, de qué manera el lenguaje y todo lo demás se corresponden o contradicen (y quizá en la contradicción esté el hallazgo). No se quedará en un ejercicio intelectual o de ego: allí aprenderá lo necesario para aplicarlo en su obra.
Hay de por medio un problema de marketing, más que de conocimiento: la crítica de un escritor le interesaría a otros escritores, a lectores bien entrenados y sólo eventualmente a los críticos. El público en general –si algo así existe– tendrá bastante con una nota en un periódico en la que alguien le diga si el libro le parece bueno, malo y más o menos por qué, sin demasiados parámetros y no siempre con el gusto bien afinado.
¿Por qué pocos escritores escriben crítica literaria? Quizá es un trabajo demasiado concurrido. Quizá están ocupados trabajando en sus libros. Quizá éste no sea un mundo ideal.
–––––
Aclaración del autor. En la columna anterior se afirmó, sumariamente, que sólo tres salvadoreños habían ganado premios literarios en España, y que esto había ocurrido en el lapso del último año. No es así. David Escobar Galindo ganó en 1973, a sus 33 años, el premio Carabela de Oro, en Barcelona. Disculpas por la omisión. |