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Un amigo que fue piloto de la fuerza aérea se ganó el cariño de su pueblo ayudando a las comunidades afectadas por los terremotos del año 2001. Para entonces no tenía intención de involucrarse en política. En la siguiente elección fue elegido alcalde de Ataco, uno de los poblados más pobres del país. Años más tarde lo encontré en una oficina de publicidad, preparándose para su segundo período en el gobierno municipal. Mientras discutía los pormenores de la propaganda electoral pude darme cuenta que él estaba empeñado en cómo resolver los ataques de sus adversarios y cómo hacer los suyos. Antes de partir le dije: Oscar, no hagas “campaña”, haz una fiesta, eres el ganador. No hubo más. Por interpósita persona me hizo saber que le interesaba escuchar mis ideas. En el fondo él sabía que yo no podía ser su asesor, sin embargo, aquella idea de la fiesta lo dejó a la expectativa. Nunca volvimos a hablar del asunto. Sigue siendo alcalde y tropezando con la misma piedra. Estoy seguro que no entendió a cabalidad aquello de la fiesta. Dick Morris fue asesor de Bill Clinton por más de veinte años, lo ha sido también de gobiernos extranjeros y es una de las personas más influyentes en la cultura política norteamericana, sus ideas han servido tanto a demócratas como a republicanos. En su libro, El Nuevo Príncipe , aborda el debate entre “pragmatismo” e “idealismo”. Sorprende saber que en una cultura de diez pasos para ser rico, alguien fije su atención en el idealismo de la política. No es raro que los berrinches y los ataques desmedidos sean hoy día el centro de los procesos electorales, aquí y en cualquier lugar del mundo. Es comprensible que no sea el candidato sino el buen asesor el que vea con más frescura, la delgada línea que separa el debate inteligente de la charlatanería. El Príncipe , de Nicolás Maquiavelo, es una obra pesada, que con seguridad sólo un par de nuestros políticos lo habrá leído con plena serenidad, sin embargo, los hechos que giran en torno al poder, han sido tocados magistralmente por el florentino y su vigencia ha podido con los siglos. En El Nuevo Príncipe , vemos un escenario de acontecimientos y realidades que invocan a electores más informados y procesos electorales más largos o prolongados. Nada que no sepamos, al menos en teoría. Es indudable que las realidades de las que habla tienen mucho que ver con la política norteamericana y sus grandes aparatos de poder, pero también es cierto que nuestras sociedades se mueven a un ritmo imitador que vale la pena tener en cuenta. Cuando nuestro sistema monetario introdujo el dólar como moneda de curso legal, no sólo cambió la economía, también cambió la psicología de la población salvadoreña. El dólar expresa una realidad que nos conecta con un mundo no sólo de los objetos que se adquieren o se dejan de adquirir, sino de sentimientos y de toda la actividad humana, el lenguaje es uno de ellos, sabemos hoy el tremendo sentido que tiene la palabra “cora”. Cualquier político que luzca al hablar de temas monetarios debería preguntarse qué tan honesto está siendo con la cantaleta de la vuelta a Cristóbal Colón. La economía es una realidad dinámica no un grito enloquecido en una jaula. ¿Por qué en medicina no es recomendable sacar el cuchillo del cuerpo la víctima? Sin duda porque si lo hacemos de inmediato la hemorragia o la lesión podría provocar la muerte. La gente vive a plenitud los alargamientos de los procesos electorales. La vida electoral ya no es la fijada por el código, es una actitud sustancialmente política que supera la norma legal. Ya nadie se sorprende que a más de dos años para que se celebren las elecciones presidenciales, parlamentarias y municipales, y que no se haya definido la separación de las mismos, los partidos tengan en su agenda diaria aquella potencial fecha. Cuando te enfrentas al poder, quieres ganar, y si la fiesta ya empezó pues baila la música, pero la tuya, carnal. A la gente le gusta opinar y saber todos los días que los rojos se rompen la madre con los azules. Unos tienen una planilla de más de ochocientos mil votos y los otros más de un millón, los demás, que se vayan a dormir: el salvadoreño es extremo, o eres o no eres. Hasta cuando no estás con ninguno de los dos grandes eres extremo: no quieres a nadie más, carnal. Los sindicatos, los vendedores ambulantes, los empresarios, las organizaciones civiles, los partidos políticos y sus nada despreciables votos duros, entienden esa realidad y la utilizan en algunos casos con inteligencia. El Mensaje es más importante que el dinero, dice Morris, y mire que él vive en el país más rico del mundo, donde el dinero es el alma. Un partido no puede atribuir sus fallos a los pocos recursos de que dispone con respecto a otro, eso se llama mediocridad. Una idea bien estructurada vale mucho más que la repetición de una canción maldita que puede llegar a cansarte. Un amigo poeta, que además es entendido en asuntos de propaganda, le propuso a un político de izquierda que contrataran a una cuadrilla de payasos. Estos deberían subir a los buses y tener en su acervo, además de sus cuentos de bolsillo, un listado de chistes de contenido político elaborados con agudeza por un equipo especializado. Qué poder puede resistir al humor. ¡Idea brillante! (a propósito de Los versos satánicos ). El político de mente obtusa se incomodó. Lo primero que se le ocurrió decir es que la política es seria, pero que además no había dinero para semejantes bayuncadas . Sólo un inútil puede despreciar el arte de reír al momento de concretar una idea política. Acaso no nos reímos cuando un diputado de izquierda mete pleito con groserías y amenazas de ir a la guerra contra la bancada del partido oficial. Lo ves, carnal, y te dices que ahora sí se armó la de San Quintín. Al día siguiente lo ves muy tranquilo echándose un trago con el otro en la playa, mientras celebran cualquier día feriado decretado en horas de la madrugada. En guerra hablada no hay muertos . Eso en parte es bueno, por lo de las vidas. La gente de abajo debería ser más sensata: no agarrar calenturas ajenas. Cuando peleas con tu “enemigo” terminas durmiendo con él. O qué, acaso no es un matrimonio. Le propuse a un amigo político, de esos de oficio, en una conversación de cantina, que si yo fuera del partido, construiría un escenario móvil sobre la cama de un trailer, lo equiparía con camerinos y toda la cosa. Contrataría payasos, actores de teatro y músicos. Pero no subiría jamás a ningún político para dar esos discursos hechos para los condenados a muerte. A través de la música, la comedia y el drama, le dije, dejaría mensajes de pueblo en pueblo, le recalqué mensajes, no panfletos. Para ello no se necesitaría más que un buen conductor, un cabezal decorado como las camisas de Santana, y esa jaula de locos peregrinarían por todo el país. El pago para los artistas debe ser digno, acentué. El efecto producido sería extraordinario. Hay un problema grande: los políticos generalmente no entienden que los mensajes no son necesariamente discursos, eso les lleva a despreciar recursos que resultarían más productivos que esos spot de televisión que la gente termina por despreciar como a las sobras de pizza. Temas más que imagen. A la gente ya no le importa mucho si al candidato le hace falta un diente o si es tuerto, si tiene caminado de texmex, o si habla en tono de canción de la onda grupera, le importan los temas de que le habla. Si es gordito como un peluche o si es espigado como un macarrón. Ahora bien, si hay buen mensaje y una imagen apostillada pues en buena onda. Yo quisiera una candidata guapa e inteligente, carnal, estoy aburrido de los hombres en la presidencia. Para tener un buen tema se necesita meterse a los mercados y las plazas, a los bares, a las calles, ahí donde huele candente están los sueños. Hay quien tiene brillantes ideas pero a la hora de pararse frente a la gente lo único que se le ocurre es cantar canciones de guerra. Avisos positivos más que negativos. Cuando pintas un mundo absolutamente desbaratado o excesivamente limpio de impurezas, dejas a la gente con la duda: eres mentiroso. Dime cómo vamos a salir del agujero, carnal, y te la puedo creer un poco. En Francia, en medio de un debate, Nicolas Sarkozy le dijo a la señora Royal, “madame”, en un sentido de profundo respeto al adversario (también para sacarla de sus cabales, en otras ocasiones, cuando ella había perdido la paciencia, le indicó que para ser presidente de la república hay que conservar la serenidad; ella en cambio se lo quería comer. Al parecer él sigue ganando las opiniones favorables. Y ya no me hables de guerras ni de que me vas a meter a la cárcel porque no soy cristiano y que si el tres de seis y la sota de bastos, ni de que aquél no está casado, o que se quedó dormido en una mesa de Los Tres Diablos, ni me hables del aborto, yo amo a mis hijos, es todo. La onda no es por ahí, carnal. No te olvides de una cosa: a muchos salvadoreños no nos gusta que nos digan cómo pensar, algunas veces el estómago puede estar vacío, pero la cabeza jamás. No nos gustan los tiranos, de ningún color. Un hecho es absolutamente cierto: un buen político es aquel que es amado y odiado en una proporción muy similar. Ningún acto de gobierno puede poner feliz a todo mundo. El amor y el odio expresan el equilibrio de la política. Es la estrategia no la táctica la que gana elecciones. Estudia a tus contrincantes, carnal, pero no dejes de poner tu plan por encima de todo, y no lo hagas depender del de tus adversarios. Y deja de hablar tanta paja barata, no la queremos ni regalada. Uno de los dos grandes debe dejar su artillería lo más pronto posible, el que lo haga primero podrá acoplarse a los tiempos y le dará una lección a esta comunidad angustiada. No sostengas tu plan, si es que lo tienes, en la pata coja del muchacho, si de verdad esta coja él solo va a caer. Es difícil imaginar que una campaña pueda centrarse en los temas positivos más que en los negativos, en verdad una y otra cosa son los rostros de una misma realidad. Tú escoges, carnal, o te dedicas a hablar de las mismas miserias y te la pierdes, o te pones serio y me dices cómo le hacemos para salir adelante. No te olvides, a la gente le gusta el respeto, claro en este país, igual nos gusta la sangre, tú eliges. No sé, carnal, por qué he escrito esta vaina si detesto tanto la política. Quizá sea porque la odio de la misma manera que la adoro. Una cosa más, carnal, no me digas que no lees El Nuevo Príncipe porque es el libro de cabecera de tu adversario, con más razón dale una vuelta, si él lo ocupa por qué tú no; y no me vengas con la cantaleta que es un método light, acuérdate que tú suscribiste el contrato social en Chapultepec. Ideas quiere la guerra, carnal, quién sabe si llegas a príncipe.
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