|

La Noche del General Medrano
(Segunda Entrega) Al filo de la medianoche de ese mismo 11 de febrero de 1971, en las inmediaciones de la casa del general Medrano se oyeron varios disparos. Luego hubo silencio. En ese momento sonó el teléfono en el despacho del ministro de Defensa, general Fidel Torres. “Me están cercando”, le dijo Medrano. “Lo mejor es que te entregués”, le respondió el ministro. Medrano no confiaba en la gente que estaba fuera de su casa. El general Torres le dijo que enviaría al coronel Ricardo Arango. En eso quedaron.
Lunes 30 de abril 2007
Geovanni Galeas
ggaleas@centroamerica21.com
El general Torres respiró aliviado ante la certeza de que se evitaría una desgracia mayor. Consideraba a Medrano un militar valiente y sincero, pero demasiado impulsivo, capaz de cualquier ofensa en un momento de ira, pero también capaz de disculparse pasado el estallido emocional. Eso le constaba. La situación en que Medrano se encontraba, se había originado la noche del primero de diciembre de 1970, precisamente en el despacho ministerial del general Torres, cuando delante de un grupo de generales y coroneles, Medrano lo había insultado y acusado de haberse beneficiado con un negocio ilícito.
“Pero no llegó a los puñetazos, como se ha dicho”, me asegura el general Torres ahora, a sus casi 90 años y en posesión de una envidiable lucidez mental. “Si me hubiera alzado la mano se le habría hecho una corte marcial. Yo me di cuenta que él no estaba en sus cabales, y le exigí respeto a mi investidura. Su conducta implicaba una insubordinación. Cuando se retiró, firmé una orden general para darle la baja definitiva del ejército, y nombré su reemplazo en la dirección de la Guardia Nacional ”.
“Es cierto que nos habían querido vender unos aviones. Pero esa compra no estaba en los planes de la Comisión de Adquisiciones, de la que yo era presidente y Medrano uno de sus miembros. No convoqué a la Comisión sencillamente porque esa compra no se llevó a cabo”, me dice el general Torres, quien explica detalladamente este asunto en sus memorias: Los militares en el poder, recientemente publicadas por la editorial de la Universidad José Matías Delgado.
Esa misma noche, cuando el general Torres se dirigía a su casa, su equipo de seguridad le comunicó que Medrano lo perseguía en su auto. El general Torres ordenó que nadie se interpusiera. “Demasiado bien lo conocía”, me dice. “Me alcanzó frente a mi casa y me dijo que quería hablar conmigo al día siguiente. Pero ya estaba tranquilo... A los pocos días me envió una carta de su puño y letra”, y me muestra el manuscrito original, que dice entre otras cosas: “Torres, ya di la vuelta a la página de los problemas personales (...) Me gustaría hablar personalmente contigo, pues es la única forma de sincerarnos afectiva y efectivamente. Cuídate y recibe mis respetos para los tuyos. Sinceramente: Gral. Medrano”.
“Chele, te habla Arango, tu amigo. Salí”, gritó el coronel desde la calle. “Si sos mi amigo, esperá ahí hasta que amanezca y que venga un juez”, respondió Medrano. Hubo un silencio larguísimo. “Bueno, yo ya hice lo que pude. Si no te entregás atenéte a las consecuencias”, volvió a gritar Arango. Por la calle Gabriela Mistral se aproximaba un camión con policías equipados con caretas y lanzagranadas. Y Medrano sabía que la sección química de la policía no sale de madrugada sólo para dar un paseo precisamente.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, un grupo de jóvenes universitarios también estaban en vela, tensos, armados y esperando un asalto militar de un momento a otro.
Entre la una y las dos de la madrugada (mientras el general Medrano continuaba cercado en su casa), Alejandro Rivas Mira recibió varias llamadas telefónicas en la Quinta Belvedere , de los Planes de Renderos. Le informaban de una balacera y de un inusual movimiento militar en las calles de San Salvador. El llamó a su vez al número 216838, que correspondía a la casa número 219 de la calle Granada, en la colonia Providencia, y dijo que en ese momento salía hacia allá.
Acompañado de una joven (la información que poseo no precisa si era Ana María Castillo o Lil Milagro Ramírez), salió a toda máquina en un Volvo celeste. Ambos estaban fuertemente armados. Ya en la casa de la colonia Providencia, Rivas Mira organizó un dispositivo de vigilancia y defensa en previsión de un asalto policial. Luego, en una de las habitaciones, abrió una tapa de madera que estaba en el piso, disimulada bajo una alfombra, y que conducía a un sótano improvisado. Ahí, tumbado en una colchoneta, amarrado de las manos y con los ojos vendados estaba un hombre. Era don Ernesto Regalado Dueñas.
El presidente Sánchez Hernández acusó a Medrano por ese secuestro (eso consta en la declaración judicial que Medrano daría unos días después). Medrano, a su vez, atribuyó el plagio a Sánchez Hernández (eso consta en una entrevista que concedió a Jorge Pinto, director del diario El Independiente). Ambos mintieron. Rivas Mira y sus amigos nada tenían que ver ni con uno ni con otro. Eran estudiantes universitarios ligados a la juventud de la Democracia Cristiana , y constituían el núcleo inicial de lo que llegaría a ser el Ejército Revolucionario del Pueblo.
Es difícil creer que se trataba de mentiras inocentes o de confusiones. El uno tenía en sus manos toda la información de la inteligencia política y militar del Estado. El otro había sido durante muchos años, y hasta hacía unas semanas, el centro y motor de la seguridad nacional. Y ninguno de los dos era ingenuo y mucho menos tonto.
Que ambos mintieron es un hecho, el punto es saber por qué lo hicieron. En esa incógnita se juega buena parte de la explicación de la tragedia que en los años siguientes enlutó al país entero. Y, en el caso de Sánchez Hernández, con el agravante de haber involucrado en su mentira incluso a tres prominentes civiles que no tenían nada que ver en el asunto, como después quedaría palmariamente demostrado: Mauricio Salaverría, Luis Salcedo Gallegos y Mario Sol.
Mis informantes y las muchas fuentes bibliográficas y hemerográficas consultadas al respecto, no sólo no aclaran la situación sino que la confunden más, puesto que sostienen hipótesis no sólo muy distintas sino, incluso, diametralmente opuestas, verosímiles la mayoría, pero en rigor insostenibles todas a la luz de los hechos posteriores. Y no queda más remedio que pensar en un juego de simulaciones típicas de la inteligencia y la contrainteligencia.
Esos juegos en los que no basta con liquidar al enemigo sino que, además, las circunstancias de su muerte, montadas artificiosamente según un minucioso guión previamente establecido, lo haga aparecer ligado a otros adversarios (generalmente de difícil o imposible asociación), con el objeto de matar varios pájaros de un solo tiro, y sin que las propias manos aparezcan manchadas de sangre ante la opinión pública. Pero, si fue así, el general Medrano tomó esa madrugada una impensable opción que desbarató la intrincada red tejida en su contra: en lugar de jugársela a balazos, como era lo esperable en él, rindió sus armas y se entregó.
(En la próxima edición de Centroamérica 21 publicaremos la tercera y última entrega de este reportaje)
LA NOCHE DEL GENERAL MEDRANO (PRIMERA PARTE)
|