Tres elecciones, un mismo ganador
1999: La autoflagelación del FMLN
El 1 de junio de 1999, Armando Calderón Sol colocó
la banda presidencial a Francisco Flores, candidato del partido
ARENA, electo como presidente de la república el 7 de marzo
de ese mismo año con 650 mil votos. Era el tercer período
presidencial consecutivo que se agenciaba el partido Alianza Republicana
Nacionalista, ARENA. Su principal rival en las urnas, el FMLN
se enfrentaba a una severa crisis agudizada por la derrota electoral.
Lunes 21 de enero 2008
Redaccón
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La elección de 1999, era la tercera contienda
en la que participaba el FMLN después de los acuerdos de
paz, todo apuntaba a que el partido de izquierda estaba a las puertas
de una victoria presidencial, sobre todo después de que en
las elecciones municipales y legislativas de 1997 se había
consolidado como una segunda fuerza política indiscutible,
con 27 diputados (uno menos que ARENA) y 6 más de los obtenidos
en la elección de 1994; además se agenciaron la alcaldía
de San Salvador y la mayoría de gobiernos municipales del
área metropolitana y de buena parte de las cabeceras departamentales.
La irresponsabilidad del Frente
Sin embargo, la victoria de 1997 en las urnas, lejos de consolidar
al FMLN profundizó las crisis internas que arrastraba desde
su legalización después de los acuerdos de paz. El
Frente encaró la elección presidencial con una profunda
pugna de liderazgo, que terminó en la escisión de
un importante número de cuadros de dirección y de
bases del partido. Renovadores y ortodoxos hicieron de esa elección
un campo de batalla por el control interno del partido, y poco les
importó sacrificar el caudal electoral acumulado hasta ese
momento.
Los ex comandantes Facundo Guardado y Nidia Díaz encarnaron
la fórmula presidencial; el primero postulado como candidato
a presidente y la segunda a la vicepresidencia; era una fórmula
surgida después de varios pulsos internos, algunos bastante
violentos y exacerbados, en los que quedaron en el camino la ex
procuradora de Derechos Humanos, Victoria Marina de Avilés,
el economista Salvador Arias, el centrista y concejal de la comuna
capitalina, Héctor Dada, y el alcalde de San Salvador en
ese momento, Héctor Silva, y que de acuerdo a las encuestas
de opinión, gozaba de la simpatía de buena parte de
la población, parecía ser el candidato con el que
la izquierda tenía realmente oportunidad de ganar.
El 7 de marzo, los resultados de la elección
no debieron sorprender a nadie, y menos a la dirección del
FMLN. ARENA ganaba por un amplio margen en la primera vuelta con
el 51.9% de los votos, frente a un 29.05% de sufragios para el FMLN.
Las palabra de Dagoberto Gutiérrez; en ese momento ligado
al ala ortodoxa, y ahora separado del FMLN y líder de la
tendencia Revolucionaria, opinaba después de conocer los
resultados: “El fracaso no hay que buscarlo sino en la fórmula
presidencial, yo no podía pedir a las bases del partido que
votaran por una fórmula en la que yo no creía, y por
la que nunca votaría".
Más allá del entramado de poder al interior del FMLN
y la autoflagelación a que se sometió, documentos
periodísticos de la época dan cuenta de serías
críticas en las que se acusa al FMLN de dejar de lado su
responsabilidad con toda la sociedad y anteponer la pelea por cuotas
de poder al interior del partido de izquierda. La alternancia en
el ejecutivo que debería consolidar el proceso democrático
emprendido después de los Acuerdos de Paz se postergaba una
vez más.
ARENA, unidad a pesar de las diferencias
El candidato presentado por ARENA para esta elección, fue
resultado de un reacomodo de fuerzas al interior del partido de
derecha, después del ascenso electoral del FMLN en 1997 ARENA
recurrió a sus viejos líderes, el ex presidente Alfredo
Cristiani, asumió la presidencia del COENA, y nombres como
el del empresario Roberto Murray Meza y la Ministra de Educación,
Cecilia Gallardo de Cano, eran contantemente reiterados en las listas
de presidenciables.
Pero los acontecimientos tomaron otro rumbo cuando el presidente
de la Asamblea Legislativa, Francisco Flores hizo públicas
sus aspiraciones presidenciales. Flores era, hasta asumir su cargo
en el congreso un desconocido en el ámbito político.
En su corta estadía en la presidencia del órgano legislativo,
ganó fama de conciliador, incluso entre los diputados del
FMLN; y fue con esa bandera con la que se presentó de cara
a la población.
Sin embargo la elección de los candidatos
areneros no fue del todo inocua, El Diario de Hoy se refería
a la sorpresiva candidatura de Flores en uno de sus editoriales
con una frase sintética e ilustrativa: “Una argolla
se madrugó a la otra”. Una vez confirmada la candidatura
presidencial de Flores, los medios de comunicación y los
analistas políticos resaltaban que la estructura arenera
no estaba del todo conforme con esta elección; y se daba
casi por hecho que el verdadero tono de la fórmula sería
determinado por el candidato a la vicepresidencia, y no fueron pocos
los que vaticinaron que el ungido sería alguien de la línea
dura del partido. No dejó de sorprender que el elegido fuera
alguien igualmente alejado de los flashes políticos, Carlos
Quintanilla Schmidt, un académico dedicado a la docencia
universitaria.
Francisco Flores y su compañero de fórmula recorrieron
el país ofreciendo un mensaje conciliador, se acercaron a
sectores profesionales no vinculados al partido y ofrecieron una
serie de consultas ciudadanas en torno a los temas de mayor preocupación
nacional; mientras tanto en el FMLN los sectores ortodoxos hacían
contra campaña contra su propio candidato presidencial, y
no fueron pocos los casos en los que llamaron a abstenerse a sus
partidarios.
Frente a este escenario, el científico social, Carlos Ramos,
en su estudio El Salvador, transición y procesos electorales
a finales de los 90 resalta que “la camisa de la transición
le quedó demasiado grande a los partidos políticos”,
y explica que justamente este período político era
el que demandaba “más definiciones y acciones partidarias
sólidas y coherentes”, y sin embargo, se constituyo
“en el escenario de mayor erosión y conflictividad”.
Una respuesta a esta realidad puede ser el abstencionismo, la afluencia
a las urnas en 1999 disminuyó casi en 50 mil votantes con
respecto a las elecciones de 1994, y en relación al total
de ciudadanos aptos para votar no asistieron a la cita con las urnas
más de quinientos mil electores.
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