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En las primeras horas de la mañana,
unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan
del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como
la poeta Alfonsina Storni.
Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado un
cáncer mamario. Los doctores la operan y pierde el seno
derecho. La amputación provoca un profundo trauma en
Alfonsina. Se suma en una serie de depresiones y se aísla
de sus amistades. Comienza una vida en solitario y su estado
de ánimo empeora cuando al cabo de poco tiempo, se da
cuenta que el mal se ha extendido y que no hay cura posible.
La morfina alivia sus dolores físicos momentáneamente,
pero no los del espíritu.
La vida de Alfonsina Storni nunca fue fácil. Los negocios
de su padre Alfonso, alguna vez prósperos, se vienen
abajo cuando ella es apenas una niña. Ella se ve obligada
a trabajar desde los 11 años para ayudar en la economía
de la familia. Él sufre fuertes depresiones y muere cuando
Alfonsina tiene 14 años.
Alfonsina tuvo que dejar la escuela pero en cuanto puede ingresa
a la Escuela Normal para sacar un título de maestra.
Debido a la pobreza, trabaja como celadora de la Escuela, pero
también se dedica a otros oficios. Los fines de semana
viaja a Rosario a cantar en un tabladillo, un género
cercano al cabaret. Cuando se enteran en Coronda, el lugar donde
estudia, sufre una humillación pública, la primera
que habría de sufrir a lo largo de su vida por su forma
de vida y por sus ideas.
Pero esa humillación le pesó demasiado. Se encerró
en su cuarto durante varias horas y al no responder para ir
a comer, entraron en la habitación. Ella no estaba, pero
sí una nota que decía: “Después de
lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina”.
Los compañeros se asustan y salen a buscarla al Río
Paraná, cercano a la Escuela. La encuentran y todo no
pasa de un susto, pero seguramente la semilla del suicidio quedó
metida en su cabeza desde entonces.
Ya graduada se trasladará a Rosario donde conocerá
a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que
ella, figura prominente de la ciudad y muy culto, que cautivaría
a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decide
viajar a Buenos Aires y asumir su condición de madre
soltera.
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Es 1912. Tiene poco dinero, está
sola, y carga una maleta que más que ropa, está
llena de sus versos y de libros de Rubén Darío.
Se hospeda en una humilde pensión y ejecuta diversos
trabajos para subsistir y mantener a su hijo que nace en abril.
Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén.
También hace labores de modista. Más adelante
trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un
cargo llamado “corresponsal psicológico”
y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing
y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir.
En los momentos en que puede, en esa misma oficina escribe un
libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que
ella considera pésimo, pero que “escribí
para no morir”.
El mencionado poemario es publicado y recibe críticas
tibias, pero también causa alboroto. No era común
para la época que una mujer hablara abiertamente de sus
deseos amorosos, y por otra parte, Storni no ocultaba su condición
de madre soltera, de lo cual habla con mucha fuerza en su poema
“La Loba”.
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A pesar de las polémicas
en torno a sus escritos, logra entrar de a poco en el mundo
de los escritores de Buenos Aires, hace amistades con varios
autores, publica en diferentes revistas. Gana el respeto de
algunos y la indiferencia o el recelo de otros, como fue el
caso de Leopoldo Lugones. Storni le escribió varias veces
a Lugones solicitándole un comentario sobre sus versos.
Éste jamás contestó a ninguna de sus cartas.
Ambos tendrían siempre una relación calificada
de complicada y varios allegados aseguraron que dichas complicaciones
se debieron al recelo y al temor de Lugones de tener en Storni
a una rival literaria.
Jorge Luis Borges tampoco opinaría bien de Storni. En
un artículo titulado “La lírica argentina
contemporánea”, publicado en 1921, un jovencísimo
y ya talentoso Borges habla con bastante desprecio de la poesía
de Alfonsina.
No reaccionaría así el cuentista Horacio Quiroga.
Todo lo contrario, Quiroga y Storni tendrían una amistad
muy intensa, tanto que se rumoró que hubo una relación
sentimental entre ambos. Pero cuando él se marchó
a Misiones, en 1925, y le pidió irse con él, ella
no accedió.
Ya para entonces, el público que lee los poemas de Storni
crece. Se convierte en una poeta reconocida. La gente la detiene
en la calle, gustan de sus versos. Trabaja mucho, no solamente
en sus diversos libros, artículos y presentaciones, sino
también como profesora en diversas escuelas públicas
dando clases de artes escénicas, castellano y matemática.
Sufre un agotamiento físico y emocional para cuyo restablecimiento
le son recomendados reposos anuales, con los que comienza sus
visitas a Mar de Plata y Córdoba. Son reposos que duran
menos de lo debido, puesto que no puede darse el lujo de descansar
un solo día: debe trabajar para mantener a su hijo.
Su poesía evoluciona: desde la obligatoria poesía
amorosa que escribían las mujeres de la época
y que eran llamadas “poetisas”, para calificarlas
como escritoras de rango menor, Storni rompe el molde y se adentra
a un estilo más vanguardista y experimental, que trasciende
la anécdota personal y trabaja más con las evocaciones
sensoriales; así mismo, abandona la rima para cultivar
un verso de ritmo personal, más suelto.
El 19 de febrero de 1937, el suicidio de Horacio Quiroga la
sacude profundamente. Quiroga había sido diagnosticado
con cáncer y se bebió un vaso de cianuro. Casi
un año exacto después, el 18 de febrero, se suicida
Leopoldo Lugones, también amigo de Quiroga, utilizando
un método similar: bebe un vaso de whisky con cianuro.
Aunque durante años se rumoró que Lugones se había
suicidado por frustraciones políticas, la verdad fue
que se había enamorado de una muchacha varios años
menor a la que tuvo que abandonar por presiones de su único
hijo, Polo Lugones. Pocos meses antes del suicidio de Storni,
la hija de Quiroga, Eglé, y por quien Alfonsina sentía
un especial cariño, también se suicida.
Cinco días antes de su muerte, Storni había enviado
un último poema “Voy a dormir”, escrito en
aquel hospedaje de Mar de Plata, al periódico La Nación,
un poema a forma de nota de suicidio:
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste:
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
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