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Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra. (I)

 

“Hace millones de años”, una frase que pareciera ser el inicio de la prehistoria, solo era el título de un álbum de tarjetas para escolares. La portada era el dibujo de una manada de dinosaurios quemándose en la crema y nata del magma que salía a borbotones de un planeta retorcido por una cordillera de volcanes incendiados.



Lunes 21 de enero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Siempre sentí atracción por los hechos finales, por las criaturas extintas, una inquietud paleontológica repleta de ingenuidad y ambiciones.

Mis preguntas más encendidas eran sobre el color de los dinosaurios, su tamaño y el filo de sus dentaduras, la forma de sus pisadas. Como no tenía más respuestas que las vagas explicaciones de las tarjetitas, además de algo que leí en alguna revista, me los imaginaba andando en una selva provocando temblores en cada paso dado. En esa época, la tesis de su extinción más conocida era la de una masiva explosión volcánica. En el fondo, cuando lo pensaba, me daba tristeza, saber que algo tan bello hubiese podido salir del campo de la vida así como si nada.

Creo que la belleza de los dinosaurios es precisamente esa que esconde la búsqueda cotidiana por entender un tiempo en el que el hombre no había puesto sus piernas en este planeta. En esa ventana brumosa asoma la brocha con la que se lame el polvo ancestral de la pezuña del dinosaurio, y hay un verso sobre la vida; puede uno suponer que una de esas criaturas logró formar un plumaje para comenzar a volar, y que lo sigue haciendo aún en este tiempo.

El tamaño y el feísmo de un dinosaurio y su extinción, suelen ser asociadas a esos hombres que encierran algún tipo de mente cuya presencia en la tierra se supone fuera de tiempo y lugar, el calificativo entonces se vuelve peyorativo, hablo de la política.

Los juicios políticos son apenas una sombra arrastrándose a los pies de lo estético. Una garra, un colmillo o el cráneo del Carnotaurus, las hileras de púas que salen de las vértebras del Amargasaurus o los grandes picos en el Tuojiangosaurus, son en realidad un dato que lo hace a uno temblar, no de miedo sino de ambición, no sólo por la cantidad de hipótesis que giran en torno al por qué, sino por la capacidad que ha tenido el hombre de traer a nuestro tiempo algo que para la vida sucedió hace decenas de millones de años.

El hombre es un cazador en todos los sentidos posibles del término. El novelista español Arturo Pérez Reverte ha confesado que en todo caso él es un cazador, es la forma más clara y precisa de comprender el horizonte de su narrativa.

¿Cuál es el instinto más preciado de un militar en el combate? Debe destruir, extinguir a su enemigo, a toda costa. Y el término enemigo es demencialmente terrible.

Y todo pareciera indicar que si un hombre muere en la guerra, o simplemente se encuentra en ella, no debiera importarle si un animal, cualquiera que sea su especie, muera junto él.

A un año de finalizar la guerra civil, un amigo animal llegó al campamento, se arrastró entre las botas y los bejucos. No había escapatoria, las bombas y las metrallas lo obligaron a salir del matorral en completa desbandada y se quedó con nosotros.

Era una ardilla a la que terminamos llamando Colmillo, un animalito travieso que se colaba en mi bolso o por sobre las correas de los arneses. Solía levantarse temprano para buscar mangos maduros, luego de comer volvía a meterse al bolso.

Cuando los combates arreciaban o las bombas caían durante todo el día, se quedaba, nada más con la cabeza en el filo de su estuche.

¿Qué era lo que nos hacía sentir simpatía por un animalito como aquel, qué fue lo que impidió que lo comiéramos? Su indefensión era obvia, más no creo que haya sido ese el motivo por el cual no le metimos el cuchillo hasta el fondo del alma.

El amor por la vida es lo primero que se extingue en una guerra, es fácil pensar en ello, pero no todo tiene una explicación tan burda. Más allá de los manuales o de los convenios internacionales, algunas veces los militares respetan la vida de sus prisioneros no sólo porque en algún lugar esté escrito que así deba de ser; más de una vez alguien se compadecido del indefenso capturado. El hombre más rudo para el combate no pudo evitar derramar una lágrima por el compañero caído, y luego seguir matando.

Cuando las tropas élites del batallón Belloso hicieron formación con sus cinco compañías, un par de semanas después de nuestra salida de la capital, en aquel verano entrante de 1990, utilizaron un despliegue impresionante de movimientos en la búsqueda de nuestros huesos en los campamentos desolados del sur de Guazapa.

Su objetivo era lograr chocar con las fuerzas guerrilleras que habíamos estado combatiendo en Ciudad Delgado y la Colonia Escalón. En ese bamboleo, una guerrillera llamada Brenda, fue capturada en el fragor del combate.

Ella decidió quedarse a acompañar a uno de los heridos que también estaban descoordinados de la tropa guerrillera.

No fue abusada ni torturada. Ese motivo hizo suponer a sus jefes, como es obvio, que ella podía haber colaborado con el ejército para resguardar su vida.

La realidad ha demostrado no sólo una vez, que el hombre que viste el uniforme al otro lado de la línea de fuego, puede tener un día soleado o de mucha sombra, que puede decidir no hacer aquello que considera ofensivo para la vida.

Colmillo se quedó con nosotros varias semanas, hasta que perdió la vida. El día que no corrió más en busca de mangos, ni saltó sobre mi hombro, tuve la convicción de que la vida tenía unas extrañas maneras de comunicarse con nosotros, aún en aquellos momentos terribles de la guerra. Brenda se fue para Estados Unidos.

Durante esos mismos días de operativo, una unidad del batallón Belloso fue golpeada al norte del cantón El Salitre de Guazapa. Un joven oficial al mando de la tropa quedó atrapado por el fuego guerrillero, la postura de su cuerpo (hincado, con la espalda sostenida en la mochila, la mirada hacia el suelo y el fusil caído), es una imagen triste, imposible de olvidar.

De su mochila Ránger fue extraído, además de sus pertrechos y su avituallas, un platito de plástico de color blanco con una raya rosada y la figura de la niña del anime japonés, creado por Nyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, Candy Candy y su vestido encopetado.

El misterio de lo imposible me estremece más allá de los años pasados, como en ese recorrido del dinosaurio que nunca fui, o que quizá sí. Ese platito estuvo en mis manos, yo comía en él, lo lavaba y lo metía en mi mochila; y en el silencio de mi secreto, me preguntaba atormentado, si ese objeto habría sido de un hijo del oficial caído, de su novia o simplemente era ese hueco teñido de sombras que asoma por los montes como un animal perseguido por el irascible recuerdo de lo que nunca fue.

Para mí hubo un viaje demencial, y ahí, en ese lugar lejano, la vida no se extinguió, ese recuerdo está conmigo y sin duda con los suyos. Yo sigo buscando los códigos de ese hombre extraño que dejó su sonrisa aquella tarde de combates; el rastro tiembla de frío, tratando de salir de los escondrijos donde una vez creímos que todo había acabado, como en una explosión generalizada de volcanes.

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