|

Los peros del compromiso (I)
Hacia 1948 Jean Paul Sartre publicó un largo ensayo titulado ¿Qué es la literatura?, en el que reclamó el compromiso político activo de los intelectuales: “Cada palabra tiene eco, también cada silencio. Considero a Flaubert responsable de la represión que siguió a la Comuna porque no escribió ni una sola palabra para impedirla”, advirtió.
Lunes 21 de enero 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com
Pero en 1954, cuando ya muchos intelectuales europeos habían retirado su apoyo al movimiento comunista, al enterarse de los crímenes de Stalin, Sartre Viajó a la URSS y a su regreso escribió un encendido elogio del régimen soviético. Ahí señaló, entre otras cosas, que si los rusos no viajaban no era porque se les prohibiera, sino porque no sentían necesidad de salir de su maravilloso país. “En la URSS hay entera libertad de crítica”, sostuvo además, contra toda evidencia.
Pasado algunos años, cuando ya la aberración del comunismo soviético era inocultable, Sartre explicó en otro ensayo aquél peregrino elogio y ofreció una justificación aún más peregrina: “Yo en realidad no creía en todas esas cosas amistosas que dije sobre la URSS. Lo hice porque estimé que no es cortés denigrar a nuestros anfitriones cuando uno vuelve a casa”.
Mentirijillas y cortesías aparte, Sartre siguió siendo hasta su muerte el mandarín entre los intelectuales “comprometidos”, solidarios siempre, aunque generalmente a cierta prudente distancia, con cuanta huelga, revuelta o simple pega y pinta realicen acá o acullá los oprimidos del mundo.
A diferencia de Sartre, al novelista inglés George Orwell no le bastó con el compromiso puramente literario: “Sentía que tenía que enfrentar al imperialismo, quería hundirme entre los oprimidos, ser uno de ellos y estar a su lado contra los tiranos”, apuntó en su diario. Y diciendo y haciendo, en 1936 se sumó a la guerra civil española entre las filas trotsquistas, y fue herido en combate pero no se arredró: “Aquí he visto cosas maravillosas y por fin creo en el socialismo”, anotaba en 1937.
Pero la puñalada trapera, la traición, vino precisamente de la revolución socialista, cuando Moscú ordenó ese mismo año la purga contra los revolucionarios trotsquistas y anarquistas. Muchos de los compañeros de Orwell fueron capturados, torturados y ejecutados por los comunistas. El mismo logró apenas salvar la vida.
Desilusionado, amargado, escribió sus famosas novelas Rebelión en la granja y 1984 , en las que el objeto de su denuncia ya no era el capitalismo, el imperialismo, sino las utopías fraudulentas concretadas en los regímenes totalitarios de economía centralizada.
A partir de los años sesentas, en América Latina y particularmente en nuestro país, la noción del compromiso agitó al mundillo intelectual si bien fuertemente coloreada por un veleidoso matiz dogmático y maniqueista, que nos llevó a estar más cerca de las peregrinas mentiras de Sartre que de la razonable desilusión de Orwell. “Gran Capitán de la Historia”, llamó Neruda a ese sátrapa sanguinario que fue José Stalin. Roque Dalton, por su parte, vio alguna vez en ese dinosaurio empistolado que es Fidel Castro “el vivo retrato de nuestro señor Jesucristo”.
Si para los intelectuales europeos el debate terminó resolviéndose a partir del desnudamiento de la naturaleza dictatorial del régimen soviético, para nosotros el punto fue y continúa siendo Cuba: esa dictadura senil que increíblemente aún sigue representando la utopía de nuestras bullangueras e irrelevantes generaciones comprometidas.
|