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Odio los lunes
Lo que me molesta es despertar y enterarme
de que la cara redonda del reloj se burla de mí. Es demasiado
tarde para llegar a tiempo al trabajo. Demasiado tarde para levantar
la sábana, poner los pies en el piso frío (recuerdo
que necesito comprarme una alfombra voladora que me lleve directamente
a la ducha), lavarme la cara y darme rápido una acicalada
de gato. Debo correr, correr antes de que me alcance el reloj.
Mientras pienso en el color del uniforme, disfraz de payaso que
ocupo como empleada privada, busco los malditos zapatos. Olvido
peinarme, maquillarme, usar las nuevas bisuterías que compré
ayer. Levanto a mi hija que, entre pucheros y palabras a medias,
me dice que no quiere ir al colegio. Me la debo llevar aunque
proteste. Aunque tenga razón por el frío, por la
mañana lluviosa que se presentó hoy.
Lunes 21 de enero 2008
Krisma Mancía
Redaccion@centroamerica21.com
Llegaré tarde. Media hora tarde. Y mi jefe
inmediato me mirará con un gesto de desprecio. ¿Cómo
le explico que llegué tarde por la culpa de escribir un poema
a las tres de la mañana? Tendré que abordar un taxi.
Pagar con billetes chicos y monedas que es precisamente lo que me
pagan a mí por un día de trabajo, por cinco horas
al día, multiplicado por treinta sale un salario mínimo
del cual me descuentan el impuesto del gobierno, el seguro social,
la colegiatura de mi hija. Lo que queda de mi reducido sueldo son
las ganas de llorar entre los buses atestados de gente. Ganas de
llorar mientras imparto la cátedra de estudios sociales y
me doy cuenta que el reloj se burla de lo que digo, se burla. ¿Qué
diablos sé yo de la influencia del medio ambiente entre los
adolescentes? ¿A quién se le dijo que la explotación
infantil es lo más preocupante en nuestro país? Tengo
que decirlo, tengo de subrayarlo, tengo que exigir un aumento de
salario para que mi hija no sea una víctima más de
la explotación infantil. O, peor aún, recoger la poca
dignidad y el coraje que me quedan para renunciar. El problema es
que casi no miro al jefe absoluto.
El jefe está en su oficina administrando su “negocio
educativo”. Lo miro más gordo desde que me contrató.
Lo miro con dos libras de más en su papada monumental, diseñando
la estrategia para la matrícula del año siguiente,
el nuevo uniforme que venderá, la posibilidad de despedirme
si vuelvo a llegar tarde. Sólo espera que me le acerque y
le dé las gracias por el regalo que me dio en el día
del maestro. Entre sobres blancos repartió a todos los maestros,
con un desdén de generosidad, las migajas de arroz recocido
y el vaso de agua recogido con mucho amor de la piscina de los niños.
Será que yo no entiendo bien acerca de la generosidad. Y
yo que me sentía importante por haber estudiado en la universidad
y tener dos libros publicados. Vaya usted a ver en lo que se reduce
el maestro mal pagado en un colegio privado. Eso me saco por andar
tratando de salvar al mundo a través de la educación:
migajas de arroz recocido y un vaso de agua sacado de la piscina
de los niños. De remate están los compañeros
de trabajo y por supuesto mi jefe inmediato. Los que tienen más
tiempo trabajando en la institución reciben mayores salarios,
a los nuevos los tratan a patadas y quieren sacarlos a la menor
provocación. Claro, uno debe estar calladito en todo momento,
decir que todo va de maravilla, que somos buenos maestros porque
en el examen anterior nadie de nuestros alumnos dejó la materia,
aunque nos decepcione tener que subir centésima tras centésima
por cada actividad extracurricular que realicen. Para el colmo están
los maestros de educación física, y los maestros de
educación física son lo más valioso de un colegio
prestigioso. Entonces mientras doy la clase de gramática
escribo en la pizarra: “La salud física no garantiza
la intelectualidad ni salva al país.”
Después me andan callando por bocona, y por ser demasiado
estricta con la gramática me andan sugiriendo que debo tener
cuidado en lo que les digo a los alumnos. ¿Y qué esperaban?
Digo, aprender a escribir y a expresarse es cuestión de orden
mental. Estoy cansada de que los alumnos escriban un ensayo formal
con faltas de signos de puntuación y con lenguaje al estilo
instantáneo del chat. Me choca. Mejor les enseño taquigrafía
y eso les ayudará a tomar apuntes con ligereza. Si es que
toman apuntes en clases y si es que llevan los cuadernos. Lo peor
es tener que aguantar a ese maestro de educación física
que se cree el más picudo de los picudos y que trata de ligarme.
Hace una semana me di cuenta que él tomará el lugar
de una de mis compañeras que tuvo los suficientes ovarios
para renunciar e irse por la puerta grande con la dignidad intacta.
No lo podía creer. No podía creer que el tipo se presentara
ante todo el mundo como licenciado en química y física.
Hasta donde llega un pelotero en una institución educativa
con prestigio en el deporte. Se me olvida que en cuerpo sano, mente
sana, y que los maestros académicos somos unos debiluchos.
De allí que el tipo se me presente todas las mañanas
y que me diga: “Lástima que no la conocí antes,
lástima de belleza, lástima de buena pareja que no
llegará a ser mía”. Y yo con cara de permítame
que tengo que hacer una llamada telefónica, permítame
que venga mi marido y le reviente todos los dientes por hacerse
el gracioso conmigo. Tanto recordar todo eso me dio dolor de estómago.
Estoy evaluando seriamente si vale la pena levantar la nariz, que
sigue metidita bajo la sábana. No quiero salir de la cama.
Hoy no quiero ir a trabajar. Que me descuenten el día. Que
me llamen y que me digan que estoy despedida.
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