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Funes y el FMLN, la doble simulación
Lunes 28 de enero de 2008
redacción@centroamerica21.com
Habiendo llegado a la conclusión, después de tres fracasos, de que la mayoría del electorado salvadoreño rechaza su discurso y su programa históricos, el FMLN decidió efectuar un viraje y recurrió a un candidato externo que hiciera creíble el cambio.
No fueron pocos los que creyeron al principio que Mauricio Funes garantizaría esa credibilidad, y que cumpliría con creces el desafío de atraer hacia los farabundistas una adhesión que fuera más allá que la de su propia militancia.
Era lógico suponer que los primeros ilusionados con ese viraje hacia la moderación serían quienes, dentro del FMLN, habían pugnado en vano por efectuarlo y como respuesta solo habían recibido el calificativo de "vendidos y traidores", por lo que, en consecuencia, no habían tenido más opción que abandonar ese partido y fundar o sumarse a movimientos afines a los planteamientos social demócratas.
Si ello era así, nada más natural que esperar que Funes viabilizara un reencuentro entre ortodoxos y renovadores, en un sensato punto de equilibrio político, uniendo así en una sola fuerza a la izquierda dispersa. Pero no solo a la izquierda: ese mismo gesto de madurez inclusiva, y la consecuente moderación programática resultante, terminaría por atraer al voto indeciso que, en última instancia, es el que define los triunfos electorales.
No siendo un militante histórico del FMLN, Funes no tenía por qué sudar las calenturas producidas durante las dramáticas pugnas y purgas internas de ese partido, y en tal condición sería un interlocutor creíble entre sus separadas tendencias.
Así, no era insensato suponer que su candidatura muy pronto dejaría de ser solo del FMLN, y pasaría a ser sustentada por una amplia alianza de partidos, movimientos, agrupaciones, sectores y personalidades varias.
Sin embargo, los tropiezos comenzaron enseguida para Funes. El imperativo de mostrarse como una figura moderada no le permite encarnar un liderazgo real entre el sector radical del FMLN, mientras que sus compromisos con la dirigencia ortodoxa tampoco le permiten generar credibilidad entre los renovadores.
Incapaz hasta ahora de construir un liderazgo que supere esa contradicción, su ímpetu inicial ha comenzado a palidecer, al punto que lejos de jalar al FMLN hacia nuevas posiciones, es él mismo quien ha comenzado a girar hacia las posturas más tradicionales de la ortodoxia.
Dos hechos concretos prueban sobradamente lo anterior: primero, el FMLN no pudo construir ninguna alianza para las elecciones de 2009, puesto que no fue capaz de ofrecer un mínimo de apertura a ninguno de sus posibles socios; segundo, aunque algunos de esos posibles socios reclamaron públicamente mayor protagonismo de Funes en las negociaciones, este no quiso o no pudo incidir en ellas, y finalmente terminó no solo aceptando sino elogiando la cerrazón de su partido: "el FMLN no tiene por qué salir a buscar afuera lo que ya tiene dentro", dijo en relación a la renovada candidatura de Violeta Menjívar.
En otras palabras, extendiendo la lógica de esa afirmación, el FMLN no necesita más votos que los de su propia militancia. Pero entonces, ¿para qué haber llamado al mismo Mauricio Funes? Si de mantener los viejos anclajes ideológicos y de garantizar el voto duro se trataba, bastaba con llevar a los comandantes Leonel González y Ramiro Vázquez a la fórmula presidencial.
Para seguir aplaudiéndole a Fidel Castro, a Hugo Chávez y a las FARC, para seguir vociferando que "el Yanki es el enemigo de la humanidad", para seguir lanzando amenazas contra la empresa privada e insultos a la izquierda democrática, para eso no se necesitaba en absoluto a Mauricio Funes.
Esta situación, cuyas consecuencias se harán más graves y evidentes en el desarrollo de la campaña electoral, ya ha colocado a Funes en el peor de los mundos, el de la tibieza: ni es ortodoxo de verdad ni es renovador de verdad; en suma no es un líder de verdad.
De seguir en un juego semejante, Mauricio Funes terminará simulando un radicalismo hueco, sin piso histórico por no haber compartido sus luchas en el terreno, en tanto que la dirección del FMLN continuará simulando una moderación incapaz de concretarse, por ejemplo, en la tolerancia hacia sus propios hermanos o primos de la izquierda democrática.
Y la pregunta es la misma que ya se formulan muchos: ¿si el FMLN es incapaz de entenderse con los diversos sectores de la izquierda, como gobernaría el país?
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