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Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (II)
Mi abuelo se llamaba Vicente Martínez Revelo y fue integrante del ejército durante la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez. Sus hijos y sus nietos lo contaban en murmullos. Yo llegué a estar convencido de que así lo era.
Murió recién comenzó la guerra civil y nunca llegué a tener edad suficiente para hablar con él de ese episodio de su vida. Pero más de veinticinco años después de su muerte, encontré una vieja cédula extendida por la alcaldía municipal de Quezaltepeque el uno de febrero de 1937. Ahí dice que sirvió en el ejército con el grado de sargento segundo.
Lunes 28 de enero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Mi abuelo era sastre, hacía pantalones de macártur a los hombres del pueblo. Esa tela brillosa y fuerte era el sustituto de la lona de los vaqueros y más bien su tejido era apropiado para hacer pantalones bombachos, a lo Dámaso Pérez Prado, con dos o tres paletones a cada lado y bolsillos que llegaban hasta las rodillas.
Su taller tenía seis máquinas Singer que ahora valdrían una fortuna, su mostrador era tan grande que ahí nos metíamos cuando jugábamos a las escondidas, siempre que él no lo supiera.
Pero el viejo era también el sastre predilecto de algunos de los miembros de la Guardia Nacional y del mismo teniente Merlo, un oficial alto, flaco y de ojos verdes que solía llegar con una pareja de guardias a medirse las guerreras y los pantalones, que también eran de macártur verde oliva.
Los guardias quitaban las hebillas de sus polainas, dejaban sus cascos sobre el mostrador y recostaban sus fusiles sobre la pared mientras se probaban las prendas. No recuerdo haber sentido miedo de un guardia por aquel entonces.
Vicente era un dinosaurio de su tiempo: su mesa para comer estaba aislada del resto, ahí no comía nadie más que él, su plato, cuchara y tenedor no los usaba nadie, el agua que bebía estaba en un porrón de barro que sólo él podía escanciar. Jamás anduvo en casa sin camisa y no permitía que nosotros lo hiciéramos. Y lo que más admiraba de él es que no iba a las iglesias ni se persignaba.
Solía tomar su sombrero y el corvo, que nunca le faltaba y salir de casa antes de las siete y no volvía hasta la madrugada, para ver a la amante que todos conocían en casa, hasta la abuela. Nadie dijo nunca algo frente a él, menos ella.
El día que el viejo murió, la casa grande donde me llené las manos de polvo jugando con los soldaditos de la segunda guerra mundial, se estremeció, los muebles de su taller fueron arrastrados a su cuarto para poner su caja en el centro. Yo fui al patio y frenéticamente empujé un carrito escarabajo que sólo encendía un foquito desde que él intentó repararlo y no lo logró. Él nunca logró reparar algo de forma definitiva, casi siempre las cosas que tocaba quedaban tiradas o hechas pedazo.
Uno de los guardias que comenzó a llegar al taller y a ciertos lugares públicos, era nicaragüense, sus compañeros le llamaban el Nica. Había sido miembro de la Guardia Nacional de Anastasio Somoza, luego del triunfo de los sandinistas llegó al país y se metió a la Fuerza Armada.
Los orígenes de guerrilleros y militares eran muy variados y a la vez increíbles no siempre puede entenderse su vida por una doctrina o una mente calada por el factor rojo.
A muchos de los oficiales del ejército que he conocido después de la guerra les he escuchado decir que cuando eran muy jóvenes les dio por militar en las organizaciones de izquierda y que sus padres, al darse cuenta del peligro que corrían, los llevaron donde algún amigo o familiar que estuviera en el ejército, así terminaron en la escuela militar y luego como oficiales dirigiendo tropas de la Fuerza Armada.
Algunos de mis amigos del barrio, con los que jugábamos chibolas o íbamos a las fiestas, se fueron a los batallones Arce y Belloso o a otras unidades militares, y no eran ni más ricos ni más pobres que yo. Algunos sabíamos qué hacía cada quién pero no siempre hubo traición a la amistad.
No pocos guerrilleros cuentan que gracias a la ayuda de un amigo del barrio, que era oficial y que estuvo presente en el momento de su registro o captura, no fueron a parar a un cementerio clandestino. Pero no todo fue así.
Toda guerra civil es una tormenta de vidas muriendo, de muerte viviendo, de pesadillas, de amores, de odios, de rencores, y muchos de ellos no han tenido nada que ver con las ideas, no al menos en un sentido exacto y directo.
Cuántos terminaron en los sótanos de los cuarteles torturados debido a que su vecino quería quedarse con sus vacas y su mujer, cuántos habrán terminado ametrallados por suponerse que eran orejas, sólo porque alguien tenía con él una vieja rencilla o un envidia de las que matan, de las que abundan a diario.
La miseria mayor de aquellos miles de muertes se encuentra en nosotros mismos, muchos fueron arrebatados de este mundo por el antojo o el capricho de alguien con la suficiente perversidad, alguien que sólo necesitaba un pretexto para sacar el cuchillo. Algunas organizaciones de izquierda de corte militarista, mataban a otros miembros de organizaciones en los años setentas por considerarlos enemigos aunque después combatían en el mismo ejército guerrillero. El escenario político sólo era el pretexto para sacar lo peor de nosotros y la ropa algunas veces nos quedó grande y el amor ausente.
Aquel guardia nicaragüense que una vez vi y escuché hablar con una voz grave, terminó siendo oficial del ejército salvadoreño, dirigía una compañía del batallón élite Atlacatl, y su indicativo era Nítido.
No en pocas veces nuestras fuerzas se enfrentaron a su unidad en las lomas y quebradas del cerro de Guazapa sur. Yo le seguí el rastro, es un hombre que libró al menos dos guerras y sobrevivió.
Escribir sobre estas cosas es como intentar morir en un pantano, en el fondo de un lago, en la cima de una montaña, en el límite de lo imaginario, pues sólo de esa manera lograremos llegar a ser un día los fósiles del instante que no ha comenzado aún: el encuentro con nosotros.
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