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Los peros del compromiso (y II)


 

A finales de los años sesentas un tal Oscar Collazos, colombiano, publicó un virulento artículo en el que denostaba a los más connotados novelistas del boom, particularmente a Julio Cortázar y a Mario Vargas Llosa, a quienes acusaba de evadir en sus obras un claro compromiso con la realidad política latinoamericana.



Lunes 28 de enero 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com

 

GEOVANI GALEAS

Por esos tiempos, la primera luna de miel entre Fidel Castro y los llamados intelectuales progresistas naufragaba entre los episodios de un grotesco espectáculo político en pleno corazón del medio cultural. El poeta cubano Heberto Padilla, acusado de haber escrito un poemario veladamente anticastrista, había sido capturado, incomunicado, torturado y obligado a delatarse públicamente a sí mismo como un traidor.

En su "autocrítica" padilla elogiaba la grandeza del régimen y de su máximo dirigente, al mismo tiempo que involucraba a muchos de sus amigos escritores en una supuesta conspiración. Sesenta y dos intelectuales extranjeros (entre ellos Sartre, Juan Goytisolo, Simonne de Beauvoir, Octavio Paz, Ernesto Sabato, Cortázar y Vargas Llosa), publicaron una carta abierta en la que denunciaban el hecho como un vil montaje, identificándolo con los tristemente célebres "Procesos de Moscú".

Castro respondió llamándolos traidores y prohibiéndoles la entrada a Cuba "por tiempo indefinido e infinito", y definió lo que en adelante sería la política cultural cubana: "Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, ningún derecho". De inmediato se orquestó desde Casa de las Américas una intensa campaña de desprestigio contra los firmantes de la carta. La crítica, función básica del intelectual y fundamento de la noción misma de revolución, quedaba proscrita en Cuba.

Esa proscripción, en tanto exabrupto de un dictador, es hasta comprensible. Lo patético es cuando quien la justifica es un intelectual como Mario Benedetti: "en el capitalismo, ser crítico es un deber del intelectual; pero seguir siendo crítico en el socialismo es sencillamente pasar al campo del enemigo". Y entonces apareció el artículo de Collazos, cuya tesis central era la siguiente: la nueva y gran novela latinoamericana no surgiría de esos "latinoamericanos de París" que eran los escritores del boom, sino de la entonación y la prosodia de los discursos de Fidel Castro.

Nadie sabía entonces quién era Collazos. Pero cansados de tanta insidia Cortázar y Vargas Llosa le respondieron al desconocido en sendos ensayos. Y el anónimo colombiano, que alguna vez pasó por San Salvador en los años setenta predicando el compromiso de los intelectuales, tuvo sus quince minutos de celebridad. Al son de la polémica con los dos monstruos, incluso llegó a publicar algunas novelillas que nadie que yo sepa leyó nunca.

Años después me encontré a Oscar Collazos en un café mexicano. Me aseguró que si sus obras continuaban en el anonimato era porque a la CIA no le convenía que fueran conocidas, y que si él escribiera novelitas insustanciales (como las de Vargas Llosa o Cortázar, supongo), sería uno más de esos figurones del boom. Acto seguido me regaló una de sus novelas, que dejé piadosamente olvidada en el café.

También aquí entre nosotros hay algunos genios igualmente convencidos de que el imperialismo conspira contra la divulgación de sus obras. Pero ya sabemos que para ellos es más importante la claridad de su compromiso político que la vanagloria literaria. Total, para qué quieren el Nobel si, como dijo Dalton, es el premio más municipal de la tierra.

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