
Memorias de mil novecientos
Para conocer la historia de El Salvador, sus momentos cumbres, los más difíciles, las etapas que dejaron huella en la historia, se puede lee muchos libros. Pero hay testimonios muy difíciles de encontrar en las páginas de los periódicos actuales y en las editoriales nacionales: el de aquellos que vivieron, crecieron y formaron parte de un El Salvador de principios de siglo 20.
Lunes 3 de febrero 2008
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com
La agricultura de antes
La niñez y adolescencia de José Alberto Barahona, de 88 años, estuvo marcada por el trabajo en la tierra. Laboraba al lado de su padre, haciendo lo que antaño se consideraba un bastión de la economía salvadoreña: la agricultura. Nació en Candelaria de la Frontera, departamento de Santa Ana. Ahí, sembraba maíz, maicillo y frijol.
“Antes el país se sostenía por la agricultura, no había otra cosa”, recuerda don José. “No había máquinas ni tractores, todo lo hacía uno con sus manos o, a lo mucho, usaba el arado”. A los doce años ya sabía bien el oficio. A esa edad comenzó a dedicarle las 24 horas del día.
Como en todo oficio de agricultura, había épocas “buenas” y “malas”. La sequía obligaba a la familia Barahona a no trabajar la tierra a veces durante seis meses, hasta que volviera a florecer.
Pero en ese tiempo, la familia se dedicaba a comercializar lo cosechado.
Don José recuerda las largas jornadas en que salía de Candelaria de la Frontera, junto a su padre, hasta Asunción Mita, en Guatemala. “El viaje duraba un día. Solo nos deteníamos a descansar por unos 15 minutos. Nos quedábamos descasando debajo de un palo. Ahí también amarrábamos los caballos, que eran como ocho, para que descansaran también. Y después salíamos”.
Cuando llegó a la edad adulta, Barahona ya se había especializado en el arte de la comercialización de lo que la tierra le daba, pero los viajes seguían siendo la parte más pesada del trabajo: “Lo más difícil era levantarme a las dos o tres de la mañana y agarrar viaje para Asunción Mita; y cuando ya estaba allá, de regreso era lo mismo: un día de viaje para llegar a Candelaria”.
Hernández Martínez desaparecía a cualquiera
La comida, por la que padre e hijo se sacrificaban, “era mala, pero abundante”, según don José. Sin embargo, dice que durante el mandato del General Maximiliano Hernández Martínez, el país vivió la peor crisis económica desde que él tiene memoria. “Nunca había pasado una aguantada de hambre así. Eso es lo que más recuerdo de esa época. Y las demás familias, las que no eran ricas, también estaban así”.
Él recuerda el tenso ambiente social y político que la el país vivió desde 1931 hasta 1944, año en que Martínez recibió el golpe de Estado que lo hizo abandonar el poder. “Nadie podía hablar como lo hacen hoy. A uno lo espiaban. Él desaparecía a cualquiera. Desde las ocho de la noche no se podía salir a las calles. Era prohibido. Si uno salía, se lo llevaban preso. Pero también había noches de libertad, en que uno podía salir. Aquello parecía una fiesta. Pero siempre aparecían muertos en la calle a la mañana siguiente”.
Luis Castillo, de 93 años, también recuerda la pobreza que rodeó su infancia y adolescencia, en San Vicente. Desde que era niño, trabajó como bolero y como vendedor de periódicos en una imprenta localizada en los alrededores del Barrio El Santuario, donde su familia vivía. Luis ganaba un centavo por cada periódico que lograba vender.
Recuerda que en San Vicente abundaban los establecimientos donde emigrantes chinos, turcos y palestinos comerciaban sus productos. Cuando Castillo salía a vender el periódico, veía cómo estos trataban de ganarse la vida también. “Los chinos tenían tiendas donde vendían gaseosas, telas, gas, azúcar y miel; y los turcos hacían vestidos y trajes para caballero”, comenta.
Según Castillo, estos negocios tenían un éxito mediano. Por una parte, eran una sensación en una localidad donde “todo era bien muerto, no había lugares donde ir a comer, ni a pasear, la calles no estaban pavimentadas ni nada”. Por otro lado, según don Luis recuerda, la economía del municipio era inestable.
A diferencia de José Barahona, don Luis nunca fue a la escuela. Su padre era zapatero y Luis aprendió también este oficio, con el que por un tiempo se ganó la vida.
Cuando entraba a la adultez, cambió la venta de periódicos por el negocio de transporte. El joven Luis se convirtió en motorista privado, oficio con el que su salario se incrementó notablemente. Ahora lograba juntar 30 colones al mes.
1936 y el terremoto
Este oficio le acompañó cuando encaró, junto a toda la población, el terremoto que sacudió las tierras salvadoreñas en 1936. “Yo estaba en San Salvador. Venía de dejar en su casa a un funcionario de gobierno, cuando todo comenzó. Se me apachó una llanta, pero así me fui. En la capital, me había encontrado con un amigo que me dijo que San Vicente había quedado destruido, que no quedaba nada. Así que, como pude, regresé a San Vicente”, dijo.
“Cuando llegué, todo estaba oscuro. Eran como las once de la noche. Todos los postes se habían caído y al caminar pateaba los cables del alumbrado eléctrico. Había un montón de muertos en un parque, la gente lloraba, y todos habían salido a la calle con candiles en la mano. Cuando llegué a mi casa, gracias a Dios, no había pasado nada. La casa no se cayó y todos estaban vivos”, recuerda don Luis.
Los recuerdos del terremoto son compartidos también por Juan Guardado, de 91 años. En 1936, era cabo de la Fuerza Armada, pero el sismo le costó su trabajo. Don Luis solo recuerda que estaba cenando dentro del cuartel cuando la tierra comenzó a moverse. “Empezó suavecito, y después se vino de un solo, no me dio tiempo de nada”. En cuestión de segundos, terminó en el piso, luchando por liberar su pierna de debajo de una pared que el terremoto había derribado.
“La pierna me quedó partida en tres y también me cayeron piedras en el resto del cuerpo y en la cabeza”. Se recuperó en el Hospital Rosales, donde su madre trabajaba como enfermera. Después de eso, con lesiones en su cuerpo que le impidieron seguir en la milicia, Guardado aprendió sastrería. “Ya no pude seguir, me iban a ascender, pero ya no se pudo. A mí de todas maneras me había llamado la atención eso, así que trabajé como sastre”.
Pero estos no fueron sus primeros empleos. Tal como José Barahona, desde muy pequeño se desempeñó como agricultor. “Yo andaba arando en las siembras de algodón. Pero a mí nadie me enseñó, aprendí solo, nadie me dijo lo que había que hacer. Aprendí el oficio haciéndolo”.
Recuerda las particulares dificultades que tenía el oficio entonces: “El General Martínez decía que no quería que usáramos tractores ni camiones, que la gente pobre tenía que trabajar con sus carretas. Él nunca quiso que nosotros, la gente pobre, usáramos máquinas para trabajar”.
Según don Juan, las personas pensaban en el trabajo hasta en sus horas de esparcimiento: “Cuando descansaba, pensaba en el trabajo que tenía que hacer todavía, tal vez en lo que me faltaba por arar y cosas así”. También había momentos para un poco de diversión en el campo: “A mí me gustaba agarrar el caballo e irme corriendo por los surcos, sentir el viento”.
Los hombres a trabajar, las mujeres a la casa
Los mejores y mayores momentos de diversión, Ana Martínez los tuvo en la escuela. A sus sesenta años, recuerda que le gustaba correr durante el recreo y que su día estaba repartido en estudiar un par de horas por la mañana, y otro par por la tarde. “Me gustaba estudiar, ir a la escuela, oír al profesor cuando daba las clases”, comenta. Ana nació y creció en la localidad de El Tránsito, en San Miguel. Su padre se dedicaba a la agricultura, y su madre era costurera.
Ana estudió hasta quinto grado, en la Escuela Normal de San Miguel. “Después me compraron una máquina de coser y me hice costurera”, recuerda. Así, compartía las labores y los encargos que llegaban a manos de su madre.
Se casó a los dieciocho años y sabía que la norma general era que el esposo trabajara y que la mujer se dedicara exclusivamente a su hogar. Pero cuando su marido le dijo que no quería que volviera a trabajar, Ana dijo: “No, a mí me gusta coser, y lo voy a seguir haciendo”.
Así que entre las labores de costura, solía revisar los periódicos y escuchar la radio con las noticias de la guerra fría que abatía El Salvador en los años ochenta. Además, cuenta que El Tránsito no era una localidad caracterizada por la falta de violencia. “Se armaban unas grandes balaceras, se ponía feo. Lo que no me gustaba ver era a mujeres embarazadas que tenían a sus maridos en la guerra. Al tiempo, llegaban a avisarles que estaban muertos”, cuenta.
Al final, agrega que ahora las cosas están mejor, que por lo menos ya no hay guerra, aunque actualmente ya no vine con su marido. “Era muy celoso. Y eso me cansó”, me cuenta justo antes de que suene la campana que avisa que es hora de almuerzo en el Hogar Santa Marta, en Santa Tecla. Ahí, Centroamérica 21 conversó no solo con personas de la tercera edad, sino con pequeños fragmentos de la historia de El Salvador.
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