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Un centro político sin rumbo

El “centro político” no necesariamente implica una posición equidistante de una izquierda y una derecha polarizadas –como pasa en El Salvador–; y, aunque así fuera, tampoco sería de esperarse que en su programa incluyera lo mejor de dos mundos en principio irreconciliables. En suma, una posición “de centro” es mucho más que un compromiso simultáneo con dos ideologías; eso sería el camino más corto para llegar a ninguna parte.

Lunes 3 de febrero 2008
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Es lo que ha estado ocurriendo con el partido Cambio Democrático, y al parecer ha contagiado a los ex efemelenistas del Frente Democrático Revolucionario: la imposibilidad de pensar la política si no es a través del filtro de los partidos polares, y a su sombra.

Cuando se planteó la candidatura de Mauricio Funes a la presidencia para las elecciones de 2009, CD manejó un discurso “duro”, partiendo de premisas que aún suenan ciertas: el FMLN difícilmente ganará las elecciones en solitario, y por lo tanto requiere de una coalición que trascienda la izquierda para lograr la confianza de los electores y un posible triunfo.

Según CD, esto le daba una posición de fuerza ante la izquierda institucionalizada, más allá de su potencial político y electoral real: la alianza tendría un valor moral importante, y a ella se sumaría el FDR –los exiliados del FMLN– y, quizá, los demócratas cristianos.

Pero Cambio Democrático no jugó bien sus pocas cartas. Mientras proclamaba que lo fundamental antes de cualquier alianza era la discusión y creación de una plataforma de gobierno –en lo cual no le faltaba razón–, y adoptaba una posición inamovible en el sentido de que las candidaturas sólo se tratarían después de eso, el FMLN se vio presionado por ARENA –y por sí mismo– para lanzar una fórmula electoral, lo cual hizo sin pensar en alianzas ni programas de gobierno.

Cuando se “destapó” a Mauricio Funes como candidato del FMLN, el centro presentó una opción propia: la de Arturo Zablah, con un discurso y un planteamiento inclusivos. Pero Zablah lanzó su posible candidatura sin el apoyo explícito de nadie, más como una iniciativa personal a la que esperaba que se sumaran los partidos de centro e izquierda, en especial el FMLN. La jugada era parte de la estrategia de CD y del FDR, y se dice que había gente dentro del FMLN que estaba de acuerdo en tomar al vuelo la “autopropuesta”.

Quizá, como candidato capaz de manejar un programa y recoger votos de todas las ideologías, Zablah era lo mejor que podía presentarse en el espectro político actual, mucho más que Funes, quien rápidamente cambió el discurso moderado por el apoyo casi irrestricto a las directrices básicas del FMLN.

Y quizá eso fue precisamente lo que jugó en contra de Zablah y CD: la izquierda institucionalizada no perdería el control de la campaña ni de su candidato. Había algo más importante para la dirigencia efemelenista: Salvador Sánchez Cerén debía ser el candidato a la vicepresidencia, sin posibilidades de negociación.

Así, mientras CD seguía hablando de un programa común y colocaba el tema de los candidatos como objeto de discusión, el FMLN siguió en su camino y a su propio paso, y dejó clara su posición: si otras fuerzas querían alianzas, tenían que sumarse a lo que ya había y a lo que estuviera por venir.

Algo debió decirle a CD y al FDR que el FMLN no los percibía como necesarios, ni siquiera como deseables; si no el hecho de las candidaturas, la ya larga historia de desencuentros –pugnas y expulsiones en el caso del FDR– y a veces de guerra directa del partido de la izquierda hacia sus fallidos aliados.

Comenzó entonces una etapa que rayó con la desesperación, cuando se trató de “negociar” el candidato a alcalde de San Salvador. El FMLN, desde todos sus ámbitos, declaró que se buscaría la reelección de Violeta Menjívar, en apariencia la peor opción posible, vista la ineficacia de su administración. Pero la candidatura de Menjívar sólo en apariencia es mala: si logra reelegirse, ello dará fuerza y aliento a los militantes de izquierda –y quizá a algunos indecisos– en las presidenciales, que serán unas semanas después; si pierde, podrá dar pie a una campaña para cerrar filas contra la derecha, etcétera. Lo que resulta improbable es que, en este último caso, logre captar mucho más que los votos “duros”; es algo que está por verse.

En algún momento de las “negociaciones”, CD cayó en algo que puede cobrarle caro el electorado: la simple negociación por pequeñas cuotas de poder, la repartición de cargos, un trozo muy pequeño de un pastel muy grande. Lo peor de todo es que fue infructuoso; el FMLN está seguro de su triunfo en 2009, y no compartirá los platos principales, ni siquiera lo que vaya sobrando.

Después de ese espectáculo público, que se movió de la dureza de los principios a la negociación de pequeñas posiciones, CD anunció que seguirá en la búsqueda de una alianza y de una plataforma común, en especial con el FDR, con el cual estaba apalabrado desde el principio. El PDC sería otro compañero de ruta, y se sumaría a los errores cometidos hasta la fecha: en las elecciones del 2004, el Centro Democrático Unido perdió el registro de manera ostentosa, y lo más probable es que su “voto duro” haya castigado así la alianza con un partido que debió morir en esas mismas elecciones, pero fue rescatado para...

Bueno, para algo será.

Ahora falta que el centro no adopte el papel al que se ha acostumbrado y plantee fórmulas radicales –esto es que afronten la raíz de los problemas del país–; la moderación no necesariamente es pasividad, y menos aún es falta de rumbo.

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