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Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (III)

¿Qué tipo de dinosaurio podría ser Fidel Castro? Quizá la respuesta pueda ser dada por “la paleontología política”. Todo depende la posición que tomemos frente a él y a los hechos de su vida.

Dictadores que magistralmente gobiernan en todo el mundo con el método clásico de la democracia, le llaman a Fidel, dictador. No me fío de los calificativos que se hacen de un hombre de la talla de Fidel, cuando éstos vienen de la boca de un político de derecha o un personaje políticamente ingenuo como García Márquez, otro dinosaurio, prefiero el folclor, donde la gente describe con el alma, con el sentimiento, no con la doctrina.



Lunes 3 de febrero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Hay carnívoros que se vuelven golosos con el poder, en cambio otros, que son, digamos, medio vegetarianos, se mojan de los pantalones con sólo beber un vino con los rex. Fidel es de los primeros, el Gabo de los segundos.

Partiendo de la clasificación científica podríamos buscar dónde es que se ubica el reino y el filo de esa gran especie de carnívoros. En principio podemos decir que el reino de Fidel es Cuba y que su filo está más relacionado con occidente que con Angola, de dónde se estima que llegó la base cultural de esa isla hermosa que logra que las flores le maldigan muriendo de celos cuando la lluvia dibuja en su cabeza la sed de millones de árboles.

Pero hay un dato interesante en este asunto: Fidel no es Cuba ni toda Cuba es Fidel. Nada extraordinario ni nuevo ni enigmático, diría yo. La más peligrosa de todas las formas de la semántica es la política, no siempre es lo que dice, o mejor dicho, casi nunca. Yo amo a Cuba y a los cubanos, bueno, más a las cubanas.

Hay muchos cubanos regados en el mundo que no aman a Fidel, pero hay tantos cubanos que sí lo aman, de esos odios y amores se dice y dirá mucho, algunos callarán sus pasiones, en cambio otros las dirán al mundo con finas o mediocres palabras, verbigracia: Regis Debray, Guillermo Cabrera Infante y los de hígado ferroso de Miami.

En la misma isla sucede algo similar, con una pequeña variable: no es fácil demostrar que no amamos a nuestro gobernante cuando ello nos puede colocar en el límite de la acusación y destierro, de fusilamiento o simplemente de soledad, las que sufren los hombres que no son tomados en cuenta ni a la hora de morir.

Sólo los hombres públicos de extraordinaria maquinaria cerebral han sido amados y odiados a la vez tan groseramente, tan estúpidamente. El hombre Fidel no existe, no sabemos nada de él, de sus quejas, de sus dolores, de sus penas, de sus amores, salvo como curiosidad pendenciera; aunque habrá quien piensa que no goza de tales atributos. Es por ello que Fidel es uno de los hombres más difíciles para una novela: no hay flancos carnales tan a la vista, a pesar de haber decenas de biografías sobre él, bueno, sobre el Fidel poder, el único que existe.

Es más fácil imaginar al Che en una novela, sobran imágenes literarias. Napoleón Bonaparte es un ser increíblemente humano: una mujer lo puso en el sanitario; Leonidas Trujillo tiene ese lado humano tan genialmente descrito en la Fiesta del Chivo por Vargas Llosa: la impotencia y ese dedo maquinando cositas.

Hay una persona que se ocupó durante todos estos años de que no sintiéramos ese lado de Fidel, es el otro Fidel, al único que se puede odiar y amar.

Los dinosaurios lloraban, está demostrado con el hallazgo de un lago de lágrimas congelado en una montaña de Sur América, los científicos siguen discutiendo si esas pequeñas muestras de dolor son de cocodrilo, uno de los pocos vertebrados que sigue inmutable hasta nuestros días. Es el argumento para mi primera película: Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra.

La perversidad del poder católico del Vaticano puso al moribundo Juan Pablo II frente a la Plaza de san Pedro, para que la multitud de feligreses lo viera desde ahí nomás y desde la televisión de todo el mundo. Alguien lo detenía pues el pobre hombre estaba a punto de morir, sus ojos angustiados apenas pueden ver más allá de la ventana, su cuello torcido y su rostro marcan un dolor que va más allá del físico.

El Karol Wojtyla nacido en 1920 estaba muerto desde hacía muchos años. Cuánto desprecio por la vida puede caber en la cabeza del hombre para obligar a un anciano moribundo a ponerse frente al mundo, con el objeto fútil de ganar simpatías para una religión repleta de mentiras que pierde espacios en el mundo occidental. Sus lágrimas quizá decían: Ya, déjenme morir a gusto, bájenme de aquí, impíos (por no decir hijos de puta).

La miseria mayor de un hombre de poder es no darse cuenta que ya no es poder, que quizá dejó de serlo cuando su figura pública terminó con sus deseos de llorar y reír, con los deseos de dormir con una mujer, con los deseos de ir a caminar con una hija pequeña que te cuenta que allá, donde ya no hay sol, se escriben los cuentos de lucifer mientras dios dicta una sentencia de muerte.

En una reunión se me ocurrió decir que Fidel lleva años de muerto y que al que hemos visto ha sido un clon que, por los errores de la ingeniería genética se deterioró con rapidez. La mitad del grupo río, el resto iban a lincharme, pero igual lo sigo creyendo.

El poder que representa un hombre, llámese indebidamente dinosaurio o no, es sólo un pequeño punto, nada más. Le geometría de lo político no debe olvidar los planos, pero sobre todo las líneas, que de acuerdo a Heráclito, son infinitas, aunque esto quepa sólo en la mente, el sitio excelso donde se recrea el universo de los hechos humanos.

Otra discusión interesante de la paleontología política es si los dinosaurios reían. Hay quienes piensan que por la forma de sus hocicos y sus ojos, es muy probable que tuvieran muy mal humor. Quién sabe. A Fidel ya lo hemos visto reír, aunque no sabemos de qué, o no sabemos si es un truco de cámara.

De todos modos “risa” solo es un nombre, hay ciertas costumbres que son despreciables en unos lugares y en otros significan todo lo contrario: eructar con todas las ganas frente a la mesa después de comer, para demostrar que estamos satisfechos, es muy importante en el Polo Norte. Quizá los dinosaurios carnívoros reían cuando se comían a un vegetariano que estaba a punto de acabar con la montaña, de esa manera las especies se conservaban, y todos riendo con la boca llena.

De cualquier manera, si Fidel no llora ni ríe ni “hacía” el amor (el pretérito es por demás inevitable dada la edad del señor), es porque no es dinosaurio, además, de acuerdo a los estudios que estoy realizando en compañía de mi pequeño hijo, esos “lagartos terribles”, como se traduce su nombre, son demasiado monstruos bellos para ser dictadores; aún cuando comían carne lo hacían para que un día nosotros estuviéramos aquí, escribiendo dentro de un dispositivo electrónico que comenzó a nacer en el lodo atrapado entre los dedos de sus patotas.

¿Y qué tiene todo esto que ver con la guerra y que los dinosaurios vuelven? Supongo que es lo que ando buscando en esta cacería; aunque pensándolo bien, soy de los que creen que una guerra sólo termina donde ha nacido: en la cabeza de la gente.

Los métodos del dinosaurio, hablo del verdadero, genuino y hermoso animal que fuimos hace más de ciento cincuenta millones de años, me ayudan a localizar las huellas de lo terribles que somos cuando queremos joder a alguien, de los bellos que somos cuando damos un beso cadencioso y húmedo de lengua, de lo interesantes que somos cuando preferimos escuchar los monólogos de nuestra hija de cinco años, en lugar de leer “Más Platón y menos Prozac”.

A Fidel se le conoce como el trapiche, me lo dijo un cubano, un médico que no es ningún gusano, ni trabaja para la CIA , digo y acentúo, me lo dijo un cubano que debe levantarse todos los días para echarle algo al buche, un cubano que sólo es hombre como yo, que bebe ron, ama a las mujeres y que perdió el azimut en un juego de dados en un barrio negro de La Habana.

“Le hace a la gente lo mismo que el trapiche a las cañas de azúcar”, me dijo con sonrisa endemoniadamente feliz. Por suerte, dije yo con endiablada ironía, su poder ha sido un pequeño disparate de juventud que ahora está dispuesto a abandonar.

Esa pequeña metáfora, nacida en la voz popular cubana, prohibida por cierto, es el reflejo de un sentimiento. Cierto o falso, sordo o mudo, regido por la ley del hielo, no es lo que aquí está en juego, pero, como quiera que sea, esa y otras palabras, como el guarapo, no se dicen en cualquier lugar, y si a alguien se le ocurrió dar vida a un personaje de la televisión con el nombre Guarapo, debe saber que no saldrá más de una o dos veces, porque Trapiche o Guarapo, solo hay uno, coño, Fidel.

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