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¿Dónde están los dramaturgos salvadoreños?

 

El teatro es casi inexistente sin el texto dramático, porque no es mucho lo que se puede hacer con la aportación colectiva. Sin un texto firme y articulado, el arte del actor está a la deriva, frágil y desprotegido. ¿Quién escribe dramaturgia? ¿Dramaturgos menores de 35 años? ¿Salvadoreños? Otorgaría mi corazón al infierno por cinco nombres. Sólo cinco nombres de dramaturgos que contesten afirmativamente. Enmudecer. Quiero enmudecer. Que me callen la boca ante la subversiva, desesperada y final pregunta: ¿dónde están?



Lunes 3 de febrero 2008
Krisma Mancía
Redaccion@centroamerica21.com

 

KRISMA MANCÍA

Han pasado innumerables esfuerzos por hacer crecer el teatro salvadoreño. Intentos. Buenos sentimientos por formar actores y directores profesionales de teatro. Hay frutos impresionantes, innegables, que desafían el pronóstico cultural de entregarles el titulo de efímeros. Pero el triangulo del esfuerzo está imperfecto sin los dramaturgos.

Con frecuencia las producciones escénicas recurren a las obras de los grandes dramaturgos universales, y la poca crítica teatral del país (vale decir que a veces es una crítica patética) vuelve a centrarse en la puesta en escena, en el trabajo individual de cada actor o actriz y en las menudencias de la reacción del público que caen en subjetivismo ingrato. ¿Y dónde más? No hay nada que cortar en poca tela que se expone en el escenario.

De qué hay potencial para ejercer una obra de teatro de calidad, lo hay. Hay actores, hay directores, se abren nueva maneras para ejercer las funciones, hay promesas en la formación profesional, cobertura de prensa, festivales internacionales, universitarios y encuentros nacionales, pequeños grupos de teatro en vías de desarrollo que hacen un esfuerzo grande, titánico, por hacer llevar piezas ricas en imágenes y actuaciones. Pero me es duro decir que faltan los dramaturgos salvadoreños dispuestos a romper las barreras del cliché y la idiosincrasia de un pueblo que espera impacientemente su reflejo.

Me arriesgo a señalar que en los últimos años no hemos visto una nueva pieza salvadoreña programada en la cartelera cultural. Que en los últimos cinco, diez, quince años no se ha producido eso que se llama “dramaturgia joven”, y lo más preocupante es enfrentarse al silencio y a la negación.

Quizá el punto está en la formación de los dramaturgos y en el miedo a formarse de una manera profesional y seria en este campo. Está latente el riesgo de ser iguales a aquellas personas que por recibir unas clases de actuación, ya se creen actores, que por ir a un cursillo de dirección, ya son directores. Y al final lo que encontramos es una banda de gente con muchas mañas y poca profesionalización, que escudan su trabajo en el eslogan de que “no se puede hacer más por falta de apoyo”.

Y es que formarse como dramaturgos implica ser constantes, pacientes, persistentes y continuos. Un pequeño curso de dramaturgia dado por extranjeros con una duración de unos cuantos días, o meses, no es suficiente para formar a un profesional, como es impensable formar a un violinista en cuatro semanas, como es imposible graduar a un arquitecto en dos ciclos de estudio. Requiere tiempo, esfuerzo y respeto como toda profesión dentro de las artes y, sobre todo, ante la sociedad. Sin embargo lo que ha venido a destapar esos fugaces cursos es que, en el desierto dramático en que se encuentra El Salvador, hay una gran cantidad de personas con un potencial y unas inmensas ganas de aprender.

A veces nos llegan murmullos de personas que se están formando fuera del país y no dudo de que puedan existir piezas terminadas y guardadas en el cajón de algún compatriota que sueña ver sus obras montadas por un elenco salvadoreño. Piezas que en un futuro, no muy lejano, serán reveladas ante los ojos de los espectadores. Tampoco dudo que en suelo nacional se está proyectando la posibilidad de crear una carrera de dramaturgia. ¿Acaso no lo han pensado seriamente?

Digo, porque siempre se está prolongando la iniciativa y siempre está el eslabón perdido de quién será el atrevido en hacerlo realidad y quiénes están dispuestos a ser los integrantes de esta aventura. Si no lo han pensado, creo que ya es hora de empezar a construir las bases firmes sin dejar a un lado la dramaturgia, y donde el arte escénico salvadoreño se sienta protegido y orgulloso de tener una propuesta propia ante el mundo que en su momento abrirá los telones y nos mostrará tal y como somos. Por hoy, sólo tenemos la esperanza de que la espera será corta.

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