Fabio comenzó a robar a los diez años en San Juan Opico, su pueblo natal. Su padre había muerto cinco años antes, y su madre se había marchado rumbo a los Estados Unidos a buscar fortuna; él y sus dos hermanos quedaron al cuidado de un tío que, entre su trabajo y sus propios hijos, no tenía mucho tiempo para atenderlos. Pronto abandonaron la escuela y se dedicaron a la vagancia en las calles. Fabio solo completó el segundo grado de primaria.
Junto a otros niños en sus mismas condiciones, Fabio comenzó con fechorías menores como el robo de gallinas y de ropa tendida en los solares, así como de zapatos y dinero de los borrachos que se quedaban dormidos en las calles. Empezó a fumar marihuana y a beber alcohol.
Uno de los miembros de más edad del grupo de pequeños delincuentes consiguió una pistola, y el grupo pasó a realizar asaltos a mano armada a jornaleros que recién habían cobrado su quincena, camiones repartidores de diferentes productos. En uno de esos atracos, la víctima también sacó un arma pero el amigo de Fabio fue más rápido en disparar. El hombre cayó muerto. A Fabio lo asustó la sangre y la posibilidad de que lo capturaran. Para entonces ya había cumplido los trece años, y decidió fugarse hacia San Salvador.
Anduvo un tiempo por las calles hasta que, en esas andanzas, trabó amistad con un muchacho que lo llevó a su casa. Fabio le confió lo que le había pasado en San Juan Opico, y el muchacho lo invitó a unirse a la banda de asaltantes a la que pertenecía.
El desprecio a la vida
Primero le encargaron labores de vigilancia pero poco a poco fue asumiendo tareas más complejas hasta llegar a ser miembro pleno del grupo, que asaltaba pequeños negocios y robaba autos. A los 16 años ya era un pistolero consumado y sus ganancias le permitían gastar a raudales en ropa, perfumes, joyas, mujeres, licores y drogas, principalmente cocaína.
Entre tanto, su banda se fue sofisticando y comprometiendo en acciones cada vez más riesgosas, como asaltos a bancos, de tal manera que tuvieron que pasar de las armas cortas a los fusiles de guerra. Ese accionar se fue volviendo vertiginoso y la policía comenzó a pisarle los talones al grupo.
A esas alturas prácticamente en cada asalto se desataban balaceras, al tiempo que el acoso policial también provocaba frecuentes enfrentamientos. “Vivir así, en esa tensión permanente en la que a cada momento y en cada esquina lo pueden matar a uno, es bien difícil y solo se soporta a fuerza de alcohol y drogas”, cuenta Fabio. “Uno aprende a vencer el miedo porque se le va perdiendo amor a la propia vida, pero en esa misma medida también se comienza a despreciar la vida de los demás, Ni morir ni matar le importa ya a uno”.
En las últimas acciones delictivas hubo muertos y la presión de la policía creció. La banda estaba consciente de que el cerco se estaba cerrando cada vez más. En esas condiciones tomaron la decisión de ejecutar un último golpe, que tendría que ser lo suficientemente grande como para que les permitiera retirarse por algún tiempo al menos.
“Estábamos en plenos preparativos de ese golpe, ya en 1993, cuando uno de nuestros propios socios no entrego a la policía. Yo, que había jurado no dejarme capturar vivo, no tuve tiempo ni de sacar la pistola cuando los agentes salieron de no sé dónde y nos cayeron encima. Yo estaba a unos días de cumplir mis dieciocho años cuando caí preso y supe lo que es el infierno”, recuerda Fabio.
La luz en la cárcel
“Perder la libertad es duro, y más cuando uno ni siquiera tiene a nadie que lo vaya a visitar a la prisión, como fue mi caso. Yo me había endurecido en la vida que había llevado, es cierto, pero allí en Mariona habían otros iguales y hasta quizá peores que yo, que ya tenían bastante tiempo ahí y eran los que mandaban y abusaban del más débil. Al nomás entrar me quitaron todo lo que llevaba, el dinero y, hasta la camisa y los zapatos. Lo perdí todo y fue la primera vez que me puse a llorar”, relata Fabio.
Cuando el juez lo condenó a treinta años de prisión, lo primero que pensó fue en matarse, porque estaba convencido que no podría soportar ni siquiera una año de esa vida miserable de encierro y penalidades sin fin. No lo hizo pero se fue degradando aun más con las drogas hasta tocar el fondo del embrutecimiento y de la abyección. “Yo pensaba entonces que para mí no había ninguna salida y qué más daba que me destruyera a mí mismo de ese o de otro modo”.
Fueron cinco años los que pasó convertido en un guiñapo humano, ya sin ningún horizonte de vida ni voluntad alguna. En 1993, un pastor evangélico que hacía labor con los internos le regaló un Nuevo Testamento y lo invitó a asistir a sus sermones. Fabio se fue acercando tímidamente a los otros internos que se congregaban para escuchar las enseñanzas cristianas, y su vida comenzó a cambiar poco.
“Primero fui dejando los vicios y mi mente y mi espíritu comenzaron a aclararse. La lectura de la biblia fue clave para mí, y precisamente para poder leerla con más soltura es que matriculé en la escuela de internos, donde logré obtener el noveno grado. Con la biblia y con la ayuda del pastor comencé a reflexionar sobre toda mi vida pasada. Lo primero que entendí es que si bien yo era el único responsable de haber tomado el mal camino, la falta de padre y madre, la falta de consejos y de corrección oportuna, la falta de cariño en la infancia, todo eso había facilitado mi caída”.
Pero Fabio también entendió que aun tenía esperanzas de redimirse. Por una feliz coincidencia, en ese mismo periodo comienzan a implementarse en los centros penales programas especiales de superación, rehabilitación y reinserción en la sociedad, y Fabio se vuelca por completo hacia esos programas.
Como justo reconocimiento a sus esfuerzos de superación y a su cambio de conducta, comienza a recibir una serie de beneficios graduales a partir del año 2002. Primero una salida de la cárcel cada quince días, aunque custodiado por un vigilante de civil; luego salir a diario, sin vigilancia, a trabajar hasta las cinco de la tarde, hora de regreso a prisión; finalmente, en 2005, después de haber cumplido casi trece años de los treinta a los que estaba condenado, Fabio queda en completa libertad por su buena conducta.
Ahora tiene 33 años de edad, es pastor de una iglesia, está a punto de coronar una licenciatura en teología, es maestro de biblia en un colegio privado, contrajo matrimonio y es padre de un niño de dos años.
“Yo toque el fondo de la mala vida en pecado, vicio y delito. Fui capturado y condenado por la justicia por todo el daño que le había hecho a la sociedad, viví el infierno de la cárcel y estuve a punto de darme por vencido. Pero gracias a Dios, y a esa misma justicia, he logrado reorientar mi vida después de haberlo perdido absolutamente todo. Mi consejo a los padres es que no abandonen nunca a sus hijos cualquiera que sean las circunstancias. Mi consejo a los jóvenes es que el mal camino termina siempre en el hospital, la cárcel o el cementerio. Finalmente, mi consejo a quienes creen que ya perdieron toda esperanza, es que siempre hay una luz en la justicia y en Cristo.