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El club de los escritores suicidas
¿Suicidado yo? ¡Qué bonito!: José Asunción Silva


José Asunción Silva

La noche del sábado 23 de mayo de 1896, hubo una cena informal para amigos en la casa número 13 de la Calle 14 de Bogotá, Colombia. Era costumbre entre las familias bogotanas de la época ofrecer este tipo de cenas un par de veces al mes. La lista de invitados fue hecha por doña Vicenta Gómez viuda de Silva y en la selección de los convidados había una variopinta mezcla de personas, no todas del agrado de su hijo. Pero éste era de los que jamás contradecía a su madre.


Lunes 10 de febrero de 2008
Jacinta Escudos
jescudos@gmail.com

 

Uno de los convidados no pudo asistir. Y cuando se sentaron, un comensal hizo notar que había trece a la mesa. “No se afane, porque yo voy a servir”, dijo el hijo de doña Vicenta, levantándose de inmediato. Se sirvieron té, chocolate, bizcochos y bocadillos dulces y salados hechos por una cocinera francesa. Era lo que se llamaba “el refresco de la noche”. Terminado “el refresco”, fueron a la sala, se hablaron frivolidades, se contaron anécdotas. El hijo de doña Vicenta, quien era poeta, recitó algunos de sus versos.

Casi a medianoche, los invitados se despidieron de sus anfitriones. El hijo de doña Vicenta los acompañó hasta el zaguán con una luz. El último en salir fue Hernando Villa. Éste lo invitó a cenar en su casa al día siguiente, pero el poeta de 31 años se disculpó aduciendo molestias de salud. Sin embargo, le prometió pasar a su casa para tomar el té. Villa le dijo que se dejara de esas cosas, que viviera como todos, sin tanto refinamiento, porque si no se iba a terminar dando un balazo. “¿Suicidado yo? ¡Qué bonito!” contestó el poeta, divertido por la ocurrencia.

Retirados todos, dados los besos de buenas noches a su madre y a su hermana, el poeta se metió a su cuarto. Se quitó la ropa. Se puso un pantalón de casimir. También unos botines de charol traídos de Europa. Y luego una camiseta de seda que tenía dibujado un corazón. Se metió en su cama. Se cubrió un poco. Acomodó las almohadas para poder estar sentado y leer un rato.

En la mañana del domingo 24, la anciana sirvienta que entró con la bandeja del desayuno, encontró el cuerpo ya sin vida del poeta José Asunción Silva. Estaba medio sentado, con la cabeza inclinada levemente hacia la izquierda, los ojos abiertos, los labios entrecerrados. Nadie escuchó el tiro, por lo que se cree que se suicidó muy temprano, mientras su madre, su hermana y la sirvienta estaban en misa.

Años después, en 1914, el doctor Juan Evangelista Manrique confesaría en una entrevista para la Revista de América en París, que unos días antes de su muerte, José le habría consultado sobre ciertas molestias e hizo que le dibujara en la ropa interior el lugar exacto del corazón. Jamás sospechó para qué quería saberlo.

José Asunción Silva nació en el seno de una familia acomodada pero marcada por la vergüenza social de varias tragedias ocurridas previas a la venida al mundo del poeta. Cinco años antes un primo suyo se suicida frente a su mujer y sus hijos. Cuatro años antes, un pariente cercano muere en el intento de la toma de Bogotá por parte del ejército liberal. Un año antes, el abuelo fue asesinado con suma brutalidad en su hacienda por un puñado de bandoleros. Al nacer el nieto se le puso su mismo nombre, José Asunción, un nombre que siempre rechazó, acaso por el estigma familiar o porque los compañeros de colegio se burlaban de él. “José Presunción” llegaron a llamarlo, por su refinamiento, por su buen vestir, por su belleza física y por su inteligencia, que era la envidia de los demás. Esto, más la sobreprotección familiar, lo hicieron refugiarse en la literatura. Comenzó a escribir versos, algo nada extraño ya que su padre, Ricardo Silva, también escribía y en su casa eran frecuentes las tertulias literarias.


Silva dejó de estudiar para ayudar a don Ricardo en los negocios. Era comerciante de día y poeta de noche. En 1884 inicia una serie de viajes por Europa que marcarían su poesía y su personalidad. Reside en París, Suiza e Inglaterra. Conoce a Mallarmé, a quien llegaría a considerar su maestro. También conoce a Oscar Wilde. En Inglaterra se enamora del té y de los buenos zapatos, que acumula y lleva consigo en cada viaje.

Vuelve a Bogotá dos años después convertido en un auténtico dandy . Publica La Nueva Lira , libro que inaugura para muchos el modernismo en Colombia, aunque a Silva le disgustara el epíteto de modernista. De hecho se burlaba de ellos, llamándolos “rubendariacos”.

El padre fallece en 1887 dejando el negocio en bancarrota. A pesar de las penurias económicas, frecuenta diversas tertulias literarias y comienza a escribir su única novela, De sobremesa . También se hace enviar en cajitas de madera y lata o de plomo, por vía postal, el más fino té negro de la United Kingdom Tea Company de Londres.

En 1891 ocurriría lo que sería, sin duda alguna, el peor golpe de su vida. Aunque ya antes habían muerto tres de sus hermanos, fue la súbita muerte de Elvira por pulmonía la más perturbadora para él. Ella era su confidente, su amiga, su lectora y mucho se murmuró que él estaba platónicamente enamorado de ella, pues nunca se le conoció relación sentimental alguna. El dolor de esa tragedia no sólo le haría escribir el más famoso de sus poemas, el “Nocturno III”, sino que, sumado a las penurias económicas, lo hundió en un desaliento del cual pareció no recuperarse.

Tres años después, y a instancias de doña Vicenta, es nombrado secretario de la Legación de Colombia en Venezuela. Viaja a Caracas donde logra terminar su novela y escribe un sinnúmero de poemas y hasta cuentos. En 1895 viaja de regreso a Bogotá. Pero el barco “Amérique”, donde él ha enviado su carga, se hunde en un lento naufragio de 6 días. Silva pierde todos los manuscritos de Caracas, el primer borrador de su novela y unas narraciones que llamó Cuentos negros , junto con muchos de sus preciados zapatos ingleses.

Perder sus manuscritos lo desespera. Pero sus amigos lo alientan a reescribir De sobremesa de inmediato, antes que la memoria le haga olvidar lo ya escrito, tarea en la que se ocupa. También pretende abrir una fábrica de baldosines para solventar la situación económica familiar, pero las inversiones fracasan y los acreedores lo persiguen. Cuando termina de reconstruir el manuscrito, ya en 1896, le pide a su madre un día que le de el viejo revólver Smith & Wesson de su padre.

Como correspondía a los suicidas, su cuerpo fue llevado al sector “non sancto”, al fondo del cementerio católico. Justamente detrás estaba el basurero municipal. Se le colocó arriba, en una de las últimas hileras del muro de los suicidas, un paredón encalado de blanco. Su nicho fue sellado con una lápida negra que, con los años, fue cubriéndose de hiedra.

Y allí hubiera permanecido hasta hoy si no fue porque la calidad de su poesía y el reconocimiento que se hizo públicamente del poeta, obligara a las autoridades de la Iglesia Católica a permitir el traslado de su cadáver en junio de 1930, para descansar junto al de su amada hermana Elvira.

Testigos afirman que cuando se abrió el nicho, la caja mortuoria estaba bien conservada. Al abrirla, vieron que el cuerpo estaba momificado, las ropas estaban deshechas pero los botines de charol estaban en admirable estado de conservación. La piel apergaminada permitía ver el oscuro agujero donde entró la bala para detener el corazón del poeta.

También afirman los testimonios de aquellos que llegaron de inmediato a la casa de los Silva Gómez aquel domingo por la mañana, al enterarse de la muerte del poeta, que encontraron a doña Vicenta desayunando tranquilamente en el comedor. Y que al lamentar ante ella la muerte de José, les dijo: “Vean ustedes la situación en que nos ha dejado ese zoquete”.

Doña Vicenta nunca vio el cadáver de su hijo.


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