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El rector de la UES , ¿contra La Casa del Escritor?

El anuncio de que la Universidad de El Salvador nombraba a un nuevo director para la Editorial Universitaria , casi olvidada desde la ocupación militar de 1972, no podía sino ser una excelente noticia. El nuevo director, David Hernández, en su primera declaración decía, según el titular de La Prensa Gráfica del miércoles 6 de febrero, que el único criterio de publicación sería la calidad, y que estaría abierta a toda la comunidad de escritores.

Más adelante, cuando se le preguntó acerca de si existiría un espacio especial para los escritores jóvenes y el papel de los talleres en su formación, dijo que reactivaría el taller alguna vez impartido por el escritor Ricardo Lindo, quien a su juicio utiliza un método adecuado para la formación de escritores jóvenes. Y es probable que sea cierto.

A renglón seguido, se declaraba en contra de lo que llamó “una ridícula Casa del Escritor, ubicada en Panchimalco, creo”, en la cual –dijo– se reparten “diplomas de poeta a quien llegue” , y que allí se maneja una actitud “doctoral” y “profesoral” con respecto a la poesía

Lunes 10 de febrero 2008
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

El ataque fue frontal e inequívoco, y constituyó una declaración de principios: la editorial está abierta para todos, con el criterio de la calidad, pero cerrada para la gente del taller de la “ridícula” Casa del Escritor, donde además se comete la ridiculez –lo sería si así fuera– de repartir diplomas de poetas “a quien llegue”.

Como director del proyecto, me parecieron declaraciones extrañas y apresuradas. Hasta donde me da la memoria, David Hernández no ha llegado nunca a La Casa del Escritor, no ha asistido a alguno de los talleres y, de hecho, nunca he conversado con él. Las pocas veces en que hemos coincidido he tratado de acercarme para conocerlo, y siempre desaparece en el último momento. Supongo que habrá sido distracción de su parte, y no que intente evadirme.

Independientemente de eso, y más allá de que me haya tocado en suerte planear y desarrollar el proyecto de La Casa del Escritor para CONCULTURA, la declaración de Hernández es grave. Sin conocimiento de causa, en una frase, descarta como posibles integrantes del catálogo de la Editorial Universitaria a un grupo de gente que trabaja en el que quizá sea el único centro de formación literaria profesional del país, con un número cada vez más amplio de publicaciones en diferentes lugares del mundo. (En El Salvador, por posiciones similares a la suya, es difícil publicar en las pocas instancias existentes.)

Lo más grave no es que Hernández exprese su punto de vista personal, a lo cual tiene derecho, sino que son las palabras inaugurales del responsable de publicaciones de la UES , nombrado por la nueva Rectoría para que sea generador y portavoz de una política institucional, y que sus palabras representan las ideas de las máximas autoridades universitarias.

Ése es su trabajo: definir líneas con respecto a la literatura ­–entre otros temas–, institucionalizarlas y concretarlas en un plan de publicaciones.

Es obvio que, mientras el nuevo Rector de la UES no lo desmienta, ésa será una de sus posiciones oficiales: el proyecto de La Casa del Escritor es “ridículo”, utiliza métodos inadecuados para la formación de escritores jóvenes, no se publicará a la gente que haya pasado por allí y además otorga diplomas “de poeta”, algo que va más allá de los fueros de La Casa.

Al día siguiente de sus declaraciones, Hernández pidió una disculpa por el “malentendido” y aseguró que no había hecho las declaraciones de mala voluntad. Pero en lo que dijo no hay ambigüedad. Se trata de insultos directos y cae en la difamación al atribuir a La Casa acciones que no están dentro de sus atribuciones.

Si Hernández fuera un escritor más experimentado, sabría que los títulos no tienen que ver con la creación literaria, y que los diplomas de un escritor son los libros que las editoriales –no ellos mismos– tengan a bien publicar.

Me da la impresión de que las declaraciones de David Hernández parten de algún asunto personal –y a la vez profesional– no resuelto conmigo, con todo y que nunca he platicado con él.

Desde 1990, Hernández ha declarado en repetidas ocasiones, a periódicos extranjeros y salvadoreños –tengo pruebas documentales–, que ganó el premio latinoamericano de novela “Ramón del Valle Inclán”, convocado por la desaparecida Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y el Centro Cultural de España en Costa Rica. El libro que habría merecido el premio es su novela “Salvamuerte”.

Lo interesante es que ese premio no lo ganó él, sino yo, con la novela “Los años marchitos”, que EDUCA publicó en 1990 en su colección Séptimo Día. Según el acta del jurado, incluida al principio del libro, Hernández obtuvo una mención, no el premio que se ha atribuido en los últimos dieciocho años.

Quizá sea un hecho tan nimio el que lo orille a atacar a La Casa del Escritor; quizá ha recibido alguna línea especial de las autoridades universitarias; talvez se trató de la emoción del momento, fuera cual fuera ese momento.

Lo cierto es que, según el modo en que funcionan las instituciones, los insultos, la difamación y la intención tácita de no incluir a gente de La Casa del Escritor en el catálogo de la Editorial Universitaria fueron proferidos por Hernández, pero el responsable de ellas y de sus consecuencias es su superior, el Rector de la Universidad de El Salvador.

Por ese motivo, además de escribir estas líneas para Centroamérica 21, estoy enviando una copia al Sr. Rector, y otra a David Hernández, en espera de una aclaración. Es importante que los compañeros de La Casa del Escritor –y eventualmente de otros talleres– sepan a qué atenerse cuando se enfrenten la publicación de su obra, o cuando se acerquen a la UES para asuntos relacionados con la literatura.

La UES , por cierto, es el alma mater de la mayoría de los compañeros, algo que hasta ahora los llena de orgullo.

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