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Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (IV)

Si alguien ubicado en un grupo de galaxias de la constelación Coma Berenices, situada entre Virgo y la Osa Mayor , observara la luz del planeta tierra en la actualidad, no nos vería a nosotros, ni nuestras armas, ni nuestras computadoras, ni nuestro existencialismo, no, observaría manadas de dinosaurios. La luz procedente de la tierra habría necesitado desde el Cretácico hasta hoy para llegar hasta allá.


Lunes 10 de febrero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

La luz es el conducto natural donde se transportan los colores y las imágenes, la oscuridad.

La distancia es un elevador instalado en un edificio con un sótano y una azotea que se modifican cada vez que la cápsula retorna al otro extremo, no hay momento para llegar al final, no al menos desde la comisura del ardor de nuestra carne.

Esa maravillosa explicación del tiempo y el espacio que nos hace imprecisos sobre lo que quisiéramos ver más allá de la muerte es sólo la muestra de lo pequeños y grandes que somos. La física nos ilustra la posibilidad de la vida que ya no es, la posibilidad de la muerte que fue.

La gran revelación de Albert Einstein acerca de la imaginación y el conocimiento es un foco que prende las entrañas de las categorías filosóficas. El hombre lleva siglos tratando de ejecutar el preciado proceso de la inversión de masa, la ambición de quebrar el eje del tiempo desde la “descomposición” y “recomposición” de la masa, todo ello tiene en sí un básico complot mental: la eternidad.

La distancia que tendría que recorrer la luz emitida por un cuerpo celeste sólo sería el viejo cuento que nos ha hecho ver estrellas que probablemente estén muertas desde hace millones de años. Es por ello que la alusión a la luz sigue siendo el recurso de los poetas, que saben que hay tantas flores sobre el planeta como estrellas en el firmamento.

¿Entonces, por qué vamos a la guerra? Menuda pregunta que no voy a responder desde ninguna de las ciencias cuyos métodos son políticos por excelencia, no podría responder. Prefiero hablar de estas pequeñas cosas en donde nuestros pelos se atoran con la misma facilidad con la que unas cuantas balas destruyen la vida de diecinueve personas en un fin de semana salvadoreño.

Por eso es que los poetas, es decir los verdaderos artistas, los que tienen la paciencia de observar el paso de la luna para sembrar el grano de frijol, los paleontólogos que se meten bajo la tierra, para vivir y morir como hace millones de años, los que tocan el violín frente a la bolsa de valores, las mujeres que cargan tres bultos de latidos y corazonadas en ambos brazos, los que piensan que los semáforos deberían tener más colores, los que precisan la contradicción del universo ideal, no son banderas electorales.

Sólo un estado ideal podría ser gobernado por los poetas, no por el hombre o la mujer que hace la poesía, sino por los poetas, los mayores incompetentes del orden administrativo.

Georges Cuvier, naturalista frencés, nacido el mismo año que Napoleón, en 1969, es considerado el creador de la anatomía comparada, bajo cuyos métodos fue posible realizar los primeros estudios serios sobre fósiles de Pterosaurios, la orden de reptil que aprendió a volar en el Triásico y Jurásico y que al parecer desarrolló sus habilidades durante el Cretáceo, cuando desapareció. La entrega y el vasto conocimiento de Curier no le impidieron servir al Emperador, un dato que no es en modo alguno una manera de enjuiciamiento moral.

Se adjudica al conocimiento vasto, pero sobre todo a la sabiduría, el don de la paz. Es por ello que muchos piensan que los extraterrestres que supuestamente nos observan desde hace siglos, nunca nos han atacado, aunque, es lógico pensar que tienen todas las posibilidades de hacernos polvo en un rato.

La aritmética precisa que en la medida que nos acercamos más a la filosofía, a las entrañas profundas de la sabiduría, así mismo nos alejamos de la violencia y por tanto de la guerra. El principio tiene su connotada fuerza, pero la contradicción es un dato que no podemos olvidar: el único ser pensante que conocemos hasta hoy, que es esa mezcla de naturaleza y cultura, es el hombre, el político, el lobo, los demás solo están en nuestra cabeza, es por ello que cuando los recreamos en las artes, por la única vía que conocemos, la imaginación, siempre están dotados de nuestras virtudes, desaciertos, miserias y maldades, y además siempre pierden al momento de enfrentarse a nosotros.

Los psiquiatras explican que el miedo a las alturas, a subirse a los aviones, tiene una explicación concreta: los seres humanos somos animales terrestres. Las explicaciones clínicas tienen una gran desventaja, la conexión naturalista, determinista.

De la misma manera se dijo durante mucho tiempo que el único animal que mataba por placer a sus similares era el hombre. Ahora sabemos que algunas especies, como el chimpancé, fue visto matando a pedradas a otro semejante por una banana o una de esas muecas que a nosotros nos parecen gestos simpáticos.

Lo mismo se dijo del placer, que sólo en nosotros la bestia reconocía algo más que no fuese el instinto de la reproducción, hoy también sabemos que muchos animales tienen un sentido de lo sexual impresionante, que no necesariamente responde a la reproducción de las especies. Pero aún más, muchas de las comunidades indo que todavía quedan escondidas en selvas, montañas o la tundra, han confesado con sus hechos, como es el caso de algunos que sobreviven en la selva del Darién, que procrear muchos hijos, es para ellos una forma de no extinguirse, de ocho hijos morirán cuatro, dos se irán al mundo occidental y sólo uno o dos se quedarán para continuar hacia lo desconocido.

Ese rasgo sigue presente en la cultura latina que se interpreta como una amenaza para la cultura de los Estados Unidos con la mayor de sus armas: el crecimiento demográfico.

Matar, tener miedo a las alturas, reproducirse, vivir el placer, volar como quien pone un huevo, cantar, embriagarse, observar, desencantarse, es sólo un rasgo del universo, todo está ahí revuelto como en un tornado, los artistas podemos ir ahí a mezclarnos, a seguir reciclando esa parte de nosotros que quiere morir o que insiste en vivir.

La guerra puede sacar lo peor de nosotros, pero al final, si esa tormenta nos exprimió las carnes podrá sacar lo mejor, sorprenderse es llorar, como el joven zar de Guerra y Paz de Tolstoi, que se estremece al pasar por el campo de batalla y exclama “Qué cosa tan terrible es la guerra, qué cosa tan terrible”.

Debemos sorprendernos, como con el filme La Vida de los Otros , cuando fue inevitable sacar uno de nuestros versos libres: la lágrima.

Más allá de la sabiduría o el conocimiento, o la imaginación, lo que los hombres de este tiempo debemos buscar entre nosotros, entre los demás, entre las calles, las hojas, las flores, las miradas, las diferencias, es la base de toda poesía, la sorpresa misma. Debemos sorprendernos ante el mínimo signo que nos muestre el universo, en sus sombras y sus luces es posible recrearnos en el abrazo de lo que no pudimos ser.

Ediciones Anteriores:
Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (III)

Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (II)


Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (I)

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