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Viajar en microbús hacia la muerte

 

Transportarse de un lugar a otro en cualquier sitio del país debería ser un momento de placer, de diversión y de seguridad. Nada más. Un poquito de tranquilidad sentados cerca de la ventanilla mientras nos hacemos ajenos a la realidad y nos abandonamos en nuestros propios pensamientos. Leer cualquier libro que nos guste, el periódico o la separata que a los estudiantes le entregan en la universidad y que no tuvieron tiempo de finalizar en casa. Oír nuestra propia música en nuestros propios audífonos. Olvidarnos de una dura jornada en el trabajo, de una pelea casera, de la fastidiosa cajera del banco que nos cobró de más, del hombre que babea y cabecea en el asiento continuo.



Lunes 10 de febrero 2008
Krisma Mancía
Redaccion@centroamerica21.com

 

KRISMA MANCÍA

Debería ser un momento de relajación y de armonía. Sencillo: hacer fila, esperar nuestro turno, subir los pies en cada uno de los peldaños sin que nos apresuren, sentarnos en un asiento cómodo, pagar con una sonrisa al cobrador que nos contestaría con un “gracias por preferirnos” y nos entregaría el cambio exacto. Viajar confiados en el motorista. Y al llegar felizmente a nuestro destino deberíamos bajarnos de la unidad con esa extraña sensación virtual de haber sido teletransportados, igualito como en la extraordinaria serie televisiva “Viaje a las estrellas”. Un momento ideal y glorioso, pero demasiado humano para ser verdad. Impensable.

Mi padre me dijo que viajar en microbús es un suicidio colectivo. Los motoristas, chóferes (para usar la palabra que ocupa mi padre) y los cobradores son unos descarados verdugos. Una especie humana subdesarrollada que se creen los dueños de nuestras vidas, los dioses de nuestras afligidas almas que manejan a su antojo y sin disculparse. Sí, detrás del volante hay un psicópata con su propio cómplice que cobra el pasaje que va directito al Hades.

El psicópata sube el volumen de su potente equipo hasta el tope, como si los pasajeros fueran sordos animales de carga que tienen que ser pacientes ante su “música” mal sintonizada, su música de mal gusto y, con frecuencia, pasada de moda. Los tímpanos duelen al descubrir que debajo del asiento está un parlante vibrando desafinadamente. A eso se le agrega los constantes frenazos mientras manejan a una velocidad vertiginosa, la imposibilidad de que los pasajeros puedan levantarse del asiento sin caerse o tropezarse, sin dejar de molestar a otro pasajero que de igual modo está preocupado por la siguiente curva que promete terminar con el viaje en un accidente de película (Tarantino lo filmaría y estaría feliz con chorros de sangre y trozos de carne entre hierros retorcidos por todas partes. Una obra maestra que todo salvadoreño iría a ver al cine).

Morir no es tan difícil si se viaja en un microbús. Morir por una carrera de microbuses en plena centro de la ciudad por pura diversión del psicópata y de su cómplice no está fuera de lo común, ni de la realidad. De allí que la mayoría de los salvadoreños adquiere un matiz de características muy peculiares ante la lucidez que rescatan al ver la visión borrosa de sus posibles muertes: la tolerancia y la rabia.

Tolerar tiene sus límites, pero sentir rabia puede transformarse en violencia, en un grito, en un puñetazo, en una navaja, en un arma de fuego, en un charco de sangre, en un vidrio cortando la yugular, en una ambulancia, policías de transito, congestionamiento vehicular, una mujer dando a luz prematuramente en la acera por culpa del susto del choque, por culpa de un cobrador que no devolvió el cambio exacto, por culpa de girar en el lado contrario por mirar las piernas de una adolescente vestida con su uniforme del colegio y acompañada por su padre sobre protector, por culpa de la música endemoniadamente ruidosa, por culpa de subirse a un microbús, por culpa de la necesidad de abordar el transporte colectivo junto a una población mayoritaria que se encuentra cada vez más harta de tantos abusos y desigualdad. Harta de saber que una considerable parte de su salario se ocupa en el transporte, que para llegar a sus trabajos (generalmente dirigidos por jefes explotadores), primero se debe correr el riesgo de ser atropellados, estrellados, accidentados como perros, atrapados como sardinas en esos diminutos medios de transporte que desafían su capacidad de pasajeros.

Llegar a la oficinal, al taller, a la escuela es llegar con el corazón ultrajado, asustado, colérico, frustrado. Suficiente para tener a una población conviviendo con otras personas que están igualmente histéricas y con un humor de los mil diablos. Una bomba andando. Una neurosis, paranoia y la desesperanza caminando a la sombra de cada ciudadano. Suficiente para explotar con violencia al llegar a casa y encontrarse recibos de luz, del agua y del alquiler sin pagar; sus hijos con hambre, sucios, llorosos, enfermos y sin pañales, y se desea no haber nacido, se desea tomar las maletas y largarse del país. Un mejor lugar para morir de hambre y de silencio sería la frontera desértica entre México y Estados Unidos con la certeza de dejar el país más solo, más turbulento, más huérfano, más vulnerable ante la violencia diaria.

Resignación. Se dice que todo país tiene el gobierno que se merece, la educación que se merece, los abusos que se merece, el transporte colectivo que nosotros mismos hemos permitido.

Un día dejaremos de ser tolerantes. Un día dejaremos de ser buenos ciudadanos. Un día dejaremos de abordar un transporte colectivo al estilo de Martin Luther King y la historia nacional cambiaría de una manera cruel, pero justa. ¿Qué sería de El Salvador si realmente protestáramos por esos derechos mínimos como la tranquilidad y la seguridad vial que poco a poco se nos arrebata? Nosotros, que pudimos silenciar la guerra, podemos hacer de nuestro transporte colectivo un mejor servicio público. Total. Uno siempre sueña y soñar no está de más. " I Have a Dream".

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