Seguro que se trataba de un error. El hombre que decía ser el albañil que doña Blanca Rosa me había recomendado era un viejito pintiparado, de sombrerito alpino y lentes rayban, flaco y evidentemente muy golpeado por la vida. Para tumbar una pared y levantar otras se necesitaba brazos más fuertes y una rabadilla en mejores condiciones.
¿Y su ayudante?, le pregunté. El viejillo suspiró en seco: “Yo siempre trabajo solo y tengo tres condiciones, si las acepta no hay problema, y si no la acepta solo me regresa lo del pasaje para regresarme ahorita mismo a Sonsonate”, me dijo. “Lo primero es que me diga con claridad lo que hay que hacer, y luego de aclarado eso no me ande averiguando por encima del lomo cómo lo estoy haciendo, porque yo trabajo solo, y a mi modo; lo segundo es que me va a pagar diario; lo tercero los días que trabaje aquí me va a dar la comida y dónde dormir”.
Le dije resignado que pasara adelante, le expliqué lo que necesitaba, le entregué los materiales de construcción y me fui al trabajo. Cuando regresé, ya bien tarde, lo encontré recién bañado e instalado en la sala de la casa, tomando café y leyendo ensimismado los periódicos del día. La pared ya había desaparecido, los escombros estaban perfectamente amontonados en un rincón y toda el área de trabajo estaba limpia.
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Ese señor ya me arregló el radio y la plancha, también compuso la mesa del comedor que estaba floja y las sillas que estaban patojas”, me dijo María, la señora que me cuida a mis hijos. En los días siguientes, el trabajo de albañilería avanzó muy rápidamente, pero al mismo tiempo fueron reparados los baños y los chorros que goteaban, las chapas herrumbrosas de las puertas, las lámparas arrumbadas por inservibles, los tomacorrientes saltados de su encaje, y hasta un antiguo reloj de cuerda, de pared, que nunca había funcionado, comenzó a marcar puntualmente la hora.
Una mañana que no fui a la oficina y me quedé trabajando en casa, descubrí que el viejillo albañil silbaba y cantaba incesantemente mientras mezclaba cemento, ponía ladrillos, tomaba medidas, taladraba y martillaba. Su reportorio era hermoso y antiguo: tangos, valses y boleros. Al día siguiente le regalé un radio transistor de baterías que, casi de inmediato, adaptó para corriente eléctrica.
Al terminar sus jornadas, invariablemente se instalaba en la sala, pedía café, encendía un cigarro y leía los periódicos en silencio. Antes de acostarse oía en su radio los noticieros y, ya en la cama, ponía a volumen bajo las estaciones que programan música del recuerdo. ¿Qué tanto lee en el diario?, le pregunté. “De todo me gusta saber menos de política”, me respondió. Y me explicó el punto en dos palabras: “Aquí el único gobierno honrado que ha existido fue el de mi general Hernández Martínez, todo lo demás es pura carambada”.
Poco a poco le fui sacando plática y conociendo su historia. El no se llamaba Manuel Pichinta, como yo había creído. Pichinta era nada más el apodo, pero así lo conocía todo mundo desde siempre en su natal Sonsonate.
Manuel de Jesus Alberto había nacido allá por 1935, “un parcito de años después de la gran matazón de indios”. Tuvo seis hermanos y ningunos de ellos conoció zapatos hasta los catorce años más o menos. “A la escuela solo fui hasta cuarto grado porque tuve que empezar a trabajar desde pequeño, primero como aprendiz de varios oficios y ya luego en lo que fuera”.
Manuel aprendió albañilería, carpintería, fontanería, electricidad, forja de hierro, sastrería y zapatería, “pero no siempre hay trabajo en esas ramas, y la necesidad lo hace uno meterse en otros oficios, aprender lo más que se pueda, y así es como también he trabajado de relojero, mecánico automotriz, pintor de casas, soldador y tornero”.
Allá en Sonsonate prácticamente no hay buena casa en la que Manuel Pichinta no haya metido mano construyendo o reparando. “Yo desde cipotiyo he trabajado con las mejores familias y he ganado barbaridades de pisto, porque todos saben que soy honrado y que trabajo bien y rápido. La jodida es que también desde cipotiyo me gustó el guaro y el desorden con las mujeres. Eso es lo que a mí me ha perdido toda la vida”, dice Manuel, y remata: “Yo no reniego de nada porque trabajo siempre me ha sobrado, don, pero para qué me hago pendejo a estas alturas, en tratándose del guaro y de las mujeres siempre me ha fallado la fuerza de voluntad”.
Y así ha sido la vida de Manuel Pichinta: “de catre en catre con cualquier piruja, don, aunque ahora, a los setenta y tantos años, casi a pura fuerza de Testitón y Viagra, y de cantina en cantina cuando agarro zumba y no la paró en dos o tres meses, y lo vendo y lo empeño todo, y me quedo sin nada en la pura calle, y me vuelvo a levantar y otra vuelta pateyo el alambre, y así toda la vida, pero no reniego”.
Manuel tuvo esposa y cinco hijos, pero cuando la guerra todos se desperdigaron: “Mi mujer agarró para Estados Unidos y se llevó a tres de los cipotes, a uno me lo mataron a balazos no sé si los guerrilleros o los soldados, y la otra se perdió en Guatemala hace unos años y no sé que ha sido de ella”.
El trabajo de Manuel ciertamente es impecable. En mi casa no hubo gotera, mueble patojo, radio mudo, lámpara oscura, reloj parado, puerta desvencijada y tubería picada que no arreglara. Mi casa quedó tipería y bien pintada cuando nos despedimos con el compromiso de volver a vernos pronto.
Hace unos meses necesité de su mano de obra, hice mis averiguaciones en Sonsonate y resultó que Manuel andaba en zumba, tirado en la calle. “De esta quién sabe que salga bien parado el viejito, ya tiene como tres meses en la borrachera”, me dijo doña Blanca Rosa. La semana pasada tocaron a mi puerta, y ahí estaba Manuel Pichinta, fresco y pintiparado, con su sombrerito alpino y sus rayban oscuros. “En qué le voy a servir ahora, don”, me dijo sencillamente y pasó adelante como a su casa.