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Las FPL,
una guerrilla enorme y poderosa, sectaria y dogmática



 

El 22 de abril de 1972, con un bombazo en la embajada de Argentina en El Salvador, en protesta por la masacre contra los guerrilleros presos en la cárcel de Trelew, se daba a conocer al mundo la existencia de una nueva guerrilla: las Fuerzas Populares de Liberación, FPL.


Lunes 10 de febrero 2008
Geovani Galeas
(Segunda parte)
redaccion@centroamerica21.com


Dos agentes de la Guardia Nacional y un civil desconocido murieron en un enfrentamiento armado, en las inmediaciones del parque Balboa de Los Planes de Renderos, el 4 de abril de 1971. Los periódicos de la fecha informaron que la pareja de guardias había intentado detener a tres individuos que, de inmediato, respondieron con fuego de armas cortas. Los dos sobrevivientes huyeron del lugar y se llevaron el fusil de unos de los agentes muertos.

Nadie sabía por entonces que un creciente número de sindicalistas, maestros y estudiantes universitarios y de secundaria estaban siendo reclutados, en secreto, para formar parte de una organización armada clandestina. En realidad, ni siquiera los propios reclutados sabían bien a bien de qué organización se trataba, con qué recursos y medios contaba, ni quiénes ni cuántos eran sus miembros: “Usted no pregunte y cuanto menos sepa mejor. Lo único que tiene que saber es lo que le sirva para poder cumplir con la tarea concreta que se le asigne”, se les decía.

Lo que sí se les aclaraba desde el principio es que se trataba de una organización revolucionaria, marxista-leninista, de nuevo tipo, cuyo objetivo supremo era la toma del poder político por parte de la clase obrera y por medio de las armas. Por ese tiempo, otros pequeños grupos, básicamente universitarios, también estaban empeñados en lanzarse a la lucha armada, pero con una estrategia más bien insurreccionalista de corto plazo, que descansaba en la posibilidad de realizar un golpe de Estado en combinación conspirativa con sectores progresistas de las Fuerzas Armadas.

Para esos grupos, lo fundamental era el derrocamiento de la dictadura militar y el establecimiento de un sistema democrático. En cambio, para la nueva organización el objetivo era el establecimiento de la dictadura del proletariado para la construcción de un régimen socialista. Por tanto, siendo lo central los intereses de la clase obrera, era exclusivamente en torno a esta que debía girar tanto el pensamiento como la conducta y el accionar de la nueva organización. Todo miembro de ella, sobre todo si provenía de las capas medias, estaba obligado a proletarizar su visión de mundo y su conducta cotidiana.

Contra las “desviaciones pequeñoburguesas” de los otros grupos, la nueva organización se autodefinía como la garante exclusiva de los genuinos intereses proletarios, y por lo mismo como la vanguardia indiscutible del movimiento revolucionario. Su estrategia político-militar, definida como guerra popular prolongada, GPP, partía de una certeza: luego de que el movimiento revolucionario derrotara al enemigo local (la oligarquía terrateniente y el ejército), tendría que enfrentar inevitablemente una invasión del imperialismo norteamericano.

Por ello era preciso preparar al pueblo para una larga y sangrienta guerra (una revolución antioligárquica, anticapitalista y antiimperialista), mediante la combinación de todas las formas y los medios de lucha, con un principio orientador básico: avanzar siempre de lo simple a lo complejo, bajo la guía del marxismo-leninismo que, se decía, por ser un pensamiento científico era inimpugnable. Había también otro principio básico: el odio incesante, implacable y consciente al enemigo de clase.

El crecimiento

Las autoridades comprobaron que la cédula de identidad que portaba el civil abatido en los Planes de Renderos era falsa, pero no supieron nunca que se trataba de Mauricio González Domínguez, uno de los siete conjurados en el cónclave clandestino, presidido por Salvador Cayetano Carpio, aquél primero de abril de 1970. Mauricio González, un obrero rebautizado con el pseudónimo de Antonio en la clandestinidad, había sido designado por Carpio como el primer jefe militar de la incipiente organización guerrillera que, a esas alturas, después de un año de su fundación, aún no tenía un nombre, pero sí un primer comando armado en plena operación.

Uno de los primeros acuerdos tomados por los siete fundadores fue que cada uno de ellos estaba en la obligación de reclutar un mínimo de quince colaboradores, de tal modo que, en pocos días, el primer comando contaba con una red de apoyo conformada por unas cien personas entre obreros, maestros y estudiantes universitarias y de secundaria principalmente.

Según el principio organizativo adoptado, los mejores de entre esos cien pasaban a conformar los denominados grupos de apoyo a la guerrilla; a su vez, los elementos más disciplinados y combativos de esos grupos eran seleccionados para conformar otro comando armado. Al mismo tiempo, cada miembro del nuevo comando tenía que reclutar otros quince colaboradores nuevos, y se repetía el círculo de funcionamiento.

En su versión oficial de la historia, los dirigentes de las FPL aseguran que los fundadores partieron de cero en prácticamente todo, incluso en el aspecto de la formación militar, pero eso es muy poco verosímil, sobre todo si se considera que muy difícilmente el curso pasado por Carpio en Moscú, de 1953 a 1957, fuese solamente teórico.

Pero además, es sabido que los otros seis fundadores también tenían instrucción militar. Los obreros habían participado en la fallida escuela guerrillera montada por Schafik Hándal a principios de los sesenta, en tanto que los estudiantes de medicina, que habían conformado la célula Frank Pais del partido comunista, habían sido entrenados en Cuba. Desde 1961, los cubanos habían comenzado a preparar militarmente a una gran cantidad de revolucionarios latinoamericanos, entre ellos Schafik Hándal y Roque Dalton, Carlos Fonseca y Tomás Borge.

Ello explica por qué, desde el inicio, los comandos armados de Carpio mostraban en el terreno una alta capacidad técnica no solo en cuanto a las normas del clandestinaje, sino también en los métodos de combate. En pocos meses, los primeros dos comandos pasaron del desarme de vigilantes y policías a la fabricación y colocación de bombas, golpes de mano y asaltos a agencias bancarias y a otros establecimientos comerciales.

En esas acciones iniciales, al igual que Antonio, fueron cayendo algunos de los fundadores y de los primeros combatientes. Sin embargo, y con una celeridad sorprendente, nuevos cuadros tomaban su lugar y las redes de colaboradores se multiplicaban. Así, el 22 de abril de 1972, con un bombazo a la embajada de Argentina en El Salvador, en protesta por la masacre contra los guerrilleros presos en la cárcel de Trelew, se daba a conocer al mundo la existencia de una n ueva guerrilla: las Fuerzas Populares de Liberación, FPL.

(Continuará)

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