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¿Sirven los talleres literarios? (1/2)
En los últimos años han proliferado en El Salvador los talleres literarios, tanto que ahora pueden contarse por lo menos cincuenta, con características diferentes, pero en general basados en dos o tres esquemas básicos. La cantidad de jóvenes que hacen poesía –que en el país ha sido siempre muy amplia, para bien o para mal– no parece haber aumentado, pero sí su organización y, quizá, haya un poco menos de exclusión mutua, una de las más nocivas herencias de las “generaciones” anteriores.
Lunes 18 de febrero 2008
Rafael Menjívar Ochoa,
escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Cada cierto tiempo, los periodistas de diferentes medios aparecen con la misma pregunta: ¿Sirven los talleres para estimular, aumentar o mejorar la creación literaria entre los jóvenes? Nunca hay una respuesta clara, quizá porque los mismos talleristas, y con más razón los periodistas, no tienen sus objetivos bien definidos, los unos en cuanto a lo que buscan y los otros en cuanto a lo que encuentran.
Si se revisan estadísticas, la respuesta será cruel: no, los talleres por sí mismos no sirven para nada, o no para la generación de escritores nuevos, salvo como excepción. No se sabe de muchos que hayan pasado por talleres y luego hayan ganado el Nobel, siquiera el Cervantes, el Gallegos o algún premio internacional de mediano calibre. En el país sí hay –y muchos– que ostenten diplomas de juegos florales, pero su influencia no es notoria en el desarrollo de las letras nacionales, la de los escritores ni la de los juegos florales.
Los problemas de base de los talleres, al menos en El Salvador, es que se enfocan como instancias de aprendizaje, no de trabajo, y como una extensión o un apéndice de un pensum académico enfocado al estudio de las letras, no a la creación literaria como una disciplina con requerimientos propios. Por otro lado, existen muchos talleres que funcionan más como instancias de convivencia e identificación social que como lugares en los que la creación, la superación y la profesionalización sean el objetivo fundamental.
Hay dos esquemas básicos que pueden verse en los talleres salvadoreños. El primero, un escritor –del nivel que sea– reúne a un grupo de personas y les transmite no sólo sus ideas acerca de la literatura, sino también los orilla a ciertas prácticas y convenciones acordes con su conocimiento y su propia práctica. El segundo, un grupo de jóvenes se reúne para armar un plan de lecturas que los acerque a la creación y, luego de un proceso de aprendizaje autodidacta –quizá basado en planes de estudio universitarios–, intenta sus propios textos, en general sin la supervisión de un escritor de mayor experiencia, o con alguna ayuda eventual.
En ambos esquemas hay trampas. Una, creer que escribir literatura es algo que puede aprenderse en un taller (que se puede aprender a ser “creativo”, “imaginativo” o a encontrar una vocación que no se trae de antemano), y que un estudio de tipo académico tiene algún valor para la creación que rebase los límites la cultura general. Otra, que el eventual “instructor” busque que los talleristas enfoquen su trabajo según lo que él entiende por literatura, utilizando fórmulas que a él le han funcionado, es decir: crear réplicas de sí mismo. Otra más es que, ante la falta de parámetros estéticos, se busque en los lugares inadecuados: la política, el feminismo, la ecología, el esoterismo, etcétera. O peor: que se inventen cosas que hace mucho tiempo son parte de una historia olvidada.
Si lo que se busca en la literatura es nuevas propuestas, cierta originalidad y una ejecución única e intransferible de la obra (un estilo propio), los talleres pueden lograr lo contrario.
Lo que ocurre es una estandarización de la escritura –todos escriben más o menos igual, más o menos con los mismos recursos y convenciones–, y se llega a crear un espíritu de grupo que no necesariamente será sano: se presupone que existe una igualdad entre los miembros del taller, que todos tienen las mismas capacidades y conocimientos, y que así debe ser. Y nunca es así.
Quizá haya alguien que destaque por su talento, sus propuestas, sus conocimientos, etcétera, y se verá ante una disyuntiva: estandarizarse o ser marginado. La práctica indica que suelen pasar ambas cosas, secuencialmente, y ya sabrá qué hacer el “paria” con sus capacidades y sus propuestas. Lo más común es que se le genere un trauma que tardará mucho en superar, si acaso lo logra, y quizá se pierda un escritor interesante. (Nunca puede saberse.)
Hay aspectos positivos en este tipo de talleres, los enfocados al aprendizaje. Quizá alguien reconozca su vocación en la literatura y decida desarrollarla por otros medios menos limitados y limitantes; habrá una cierta cantidad de personas con conocimientos literarios que los harán lectores más críticos y selectivos, o eso se esperaría; la simple experiencia de la creación puede convertir a los talleristas –si se lo permiten a sí mismos– en personas más interesantes, y ello repercutirá en su vida familiar, social y profesional.
¿Suena poco halagador? No lo es, para el alcance del tipo de talleres que se ha descrito. Porque hay algo importante que debe tomarse en cuenta: la creación literaria no puede enfocarse desde una perspectiva colectiva. Sólo en los individuos podrá hallarse “eso” a lo que se llama buena literatura; los grupos servirán como disparadores, como pretexto o como centros de reunión, pero no provocarán que un creador cree.
De eso se hablara en la siguiente columna.
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