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Drácula, el francotirador de la guerrilla

No era un conde, pero fue llamado Drácula, tenía un placer parecido con el del personaje del irlandés Bram Stoker: la sangre. Era el mejor francotirador que jamás se conoció en Guazapa.

Un vampiro al que le gustaba jugar a los dados y de vez en cuando poner el cuchillo al más desprevenido, y no era por ocio o maldad, palabras que no entran al juego de nuestro relato, todo en él era el resultado de una costumbre muy antigua.


Lunes 18 de febrero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Cuando alguien estaba a boca de jarro de su perímetro todo era posible, inclusive eso del cuchillo, además, tenía dos colmillos, como todo vampiro, que en él eran sus únicos dos dientes ensartados en el frontispicio, el resto de las encías estaban desprovistas de dientes, cosas del calcio y de la pobreza. El color rosa de su frontispicio se mostraba indulgente al momento de sonreír.

El oficio de Drácula era de lo más simple y explícito que cualquiera pueda entender: matar guardias. Acciones que logró mejorar en los años de la guerra civil cuando por fin asumió el rol que le estaba deparado por las vainas del destino.

Una tarde de invierno, cuando todavía no era guerrillero, las nubes negras se devanaban de rabia en el preludio de una tormenta espeluznante, un grupo de jugadores fue sorprendido por una pareja de guardias, el par perfecto que sin leyes muy claras ejercía el poder punitivo de aquellos años.

Los que pudieron rompieron a correr, las cartas quedaron en el filo de la cuneta, el perro que esperaba un pedazo de sobra se echó a correr con su cola cuta y una de las patas cojas, pero Drácula se quedó allí, quieto, con el corvo en la mano y las encías peladas.

Los dos guardias no esperaban nada de un tipejo tan delgado, enjuto y mal comido, que los miraba con el corvo en una mano y un puñado de billetes estrujados en la otra. La arremetida en contra de su humanidad se hizo añicos en el intento cuando Drácula se levantó y cortó el cuello del primer guardia.

El cuerpo vestido de verde oliva, guerrera de botones dorados y polainas con burros Adoc muy bien lustrados, se fue de romplón, el casco con el escudo sagrado de la más señora de todas las putas, la república, salió de su cabeza para rodar a varios metros como una tarjeta sucia de dos de bastos.

El corvo arremetió sobre el otro cuerpo cuando apenas había quedado aire en los pulmones del sorprendido agente de la autoridad que ni siquiera había podido entender si aquello era un juego de cartas o un juego de ruleta rusa.

En el momento en que muy levemente una mano alcanzaba el seguro del G-3 (de fabricación alemana), el miembro fue cortado de tajo y una vez los dos cuerpos adoloridos se retorcían y relamían en el suelo, Drácula fue tras ellos, rompió a sudar, a golpear y a cercenar el aire, desgarró las ropas, rompió los fusiles en las piedras de la calle, partió carne hasta dejar una sola mancha de negra y roja, migas de huesos y pasta gris, evidencias difíciles de reacomodar a su punto original por los forenses que llegarían tres horas después.

Drácula no pudo huir, o no lo quiso hacer, un tema no resuelto en este relato, se quedó al lado de su obra maestra, desdoblando y contando billetes y ordenando y limpiando la baraja de naipes.

Con la sorpresa entera del pueblo de Jucuarán fue capturado por las sacrosantas autoridades, ahí mismo, y puesto a purgar pena en una cárcel polvorienta del oriente del país donde gobernaba un hombre de apellidos españoles con cara de indio.

La lectura de la sentencia fue omitida debido a que Drácula así lo quiso, pero en la edición de la prensa se mencionó que su pena tenía un terrible motivo: matar con arma blanca a guardias uniformados que cumplen con su deber en pleno día, sin motivos políticos aparentes.

Todo se le hubiera perdonado, menos poner en duda la capacidad táctica ejercida por la autoridad que además esgrimía armas de fuego y de grueso calibre, todo se le hubiera perdonado, menos matar guardias por un juego de cartas.

Años después, siendo de madrugada, bajo la luz del cuarto menguante, las paredes de la prisión fueron rotas por las cargas de varios kilos de explosivo puesto por la guerrilla. La base de los militares y de la patrulla de chaneques fue barrida.

Fueron pocos los sobrevivientes y muchos los pasados a mejor vida. Esa misma madrugada, Drácula, volvió a ser acariciado por el aire de la libertad y siguió a la serpiente que se le presentó para convidarlo a una marcha que no tenía lámparas pero sí muchas antenas y una buena cantidad de armas.

Junto a los que le llevaron estaba Boris Karloff, el monstruo de laboratorio, y otro vampiro, que se hacía llamar Bela Lugosi, con ellos esgrimió las armas de guerra, como quien toma los cubiertos a la hora de la cena, y para entonar con media docena de velas de sebo serenado.

Drácula era un soldado implacable, francotirador, lanzador de granadas de bazuca, destructor de barricadas, explorador nocturno, aniquilador de posiciones. Tenía un olfato de animal, en palabras claras era experto matador de guardias y le gustaba caminar uno o dos kilómetros, el solo, soltar un tiro y regresar a la hora del café después de confirmar que había matado un posta enemigo.

Drácula sentía el olor de la sangre como cualquier vampiro, a mucha distancia y a mucha honra, era un murciélago guerrillero que no volaba; sus pertrechos eran un traje camuflado, botas jungla y en sus mejores años, un fusil Dragonov con el que pegaba a mil metros sin pispilear.

“Eso soy”, me dijo años después, “un matador de guardias, lo que me enseñó la vida. Una vez me fue mal, por matar guardias me metieron a la cárcel, y mire ahora, compa, por matar guardias me felicitan y me dan regalos, nuevos fusiles, ropa nueva”.

Estábamos en una formación guerrillera, en el cerro de Guazapa, zona sur, varias unidades militares habían sido aniquiladas por la guerrilla en la Calle Nueva , los pertrechos capturados estaban allí, en el suelo, agujereados y todavía machados de sangre, un olor que Drácula saboreaba con el deleite de los inmortales guerreros que no pueden morir de gripe o de diarrea, y menos de flato, un olor por el que él fue premiado cuando la cuerda de su reloj se reventó y nos tuvimos que venir a este tiempo.

En el corazón del operativo Fénix, Drácula cayó en un campo minado puesto por la misma guerrilla, su pierna cortada debajo de la rodilla, quedó desparramada en los arbustos.

Los tres muchachos que le acompañaban intentaron calmar la hemorragia, en medio de la confusión les pidió agua, cuando uno de ellos le alcanzaba la caramañola, Drácula logró arrebatarle una granada tipo cantarito del equipo.

Los vio con ojos de otro mundo y les dijo: “No soy de los que puede vivir a pedazos.” Se puso el artefacto en el abdomen, encogió la columna y abrazado al sonido seco de la espoleta que acaba de tira al suelo, se despidió. Los muchachos se arrebataron para cubrirse entre las piedras.

El eco de la detonación se perdió en los ramajes, y el Drácula que tenía por deporte matar guardias, conoció el ángel de su final, la bandada de pájaros abatidos en el aire terminaron de confirmar la historia, se llamaba René Drácula.

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