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Justo Armas

Justo Armas
Por huevos o por candelas


Para Ernesto y María Mercedes Arbizú

Moría el siglo XIX. Un hombre de mediana edad alzaba su alta cabeza rubia sobre el conjunto de los capitalinos, que se agrupaban, impotentes, a ver arder el Palacio Nacional mientras crecía la noche.

Las llamas en los ojos grises del extranjero eran como el incendio de un navío. Vestía con elegancia, pero estaba descalzo. Su nombre era Justo Armas.


Lunes 18 de febrero 2008
Ricardo Lindo

Redaccion@centroamerica21.com

 

San Salvador fue siempre un palimpsesto, uno de esos códices cuyo grueso pergamino era incesantemente raspado para escribir de nuevo sobre su superficie.

Los terremotos, las guerras y la peste modificaban continuamente ese paisaje donde el hombre pugnaba por surgir. Nada quedaba ya de aquellos acueductos de mampostería montados sobre arcos que habían dejado los españoles, siguiendo el modelo romano, y que habían durado hasta el último terremoto.

Nuestra primera catedral se había perdido por el mismo camino, así como los portales que rodeaban la Plaza de Armas, la casa de los Aguilares y los pocos edificios importantes de la ciudad. El término mismo de ciudad era excesivo, pues el mapa de San Salvador no comprendía más de algunas cuadras.

Ahora le tocaba su turno al palacio, grande y noble construcción de madera que se jactaba de ser la más amplia de Centroamérica.

La destrucción no era esta vez obra de la naturaleza. El ministro de gobierno declaró que “mano criminal aleve y misteriosa consumó tan horrible y espantoso crimen”.

El crimen no fue aclarado (ni intentaremos nosotros dilucidarlo) aunque los rumores fueron muchos. Pero el extranjero de los ojos grises estaba en la plaza desde antes del incendio, y vio una sombra que creyó reconocer, avanzando furtivamente con una antorcha. Sólo más tarde, cuando la evidencia se impuso, comprendió la perversidad de su propósito.

Con los pies descalzos

Don Justo había perdido patria, familia, amigos. El barco donde viajaba naufragó cerca de Acajutla. Él se abrazó a un leño mientras arreciaba la tempestad y oró. En medio de la conmoción, juró que si se salvaba nunca más usaría calzado.

Despertó en una cabaña, donde lo cuidaba una anciana india. Sus bienes fueron parcialmente rescatados por los pescadores de la zona.

Don Justo guardó silencio sobre su origen y su pasado. Hablaba el español correctamente, pero con acento alemán. Había vivido otra existencia, había tenido un nombre distinto.

Llegó del puerto a Santa Tecla en ferrocarril de vapor, y el último tramo hacia la capital lo hizo en ferrocarril de sangre, o sea, halado por mulas.

Se inscribió en uno de los cuatro hoteles de la capital. Cuando le pidieron su nombre, respondió que no tenía. El empleado insistió. Era su deber dar la nómina de viajeros al periódico. Él miró vagamente, como recordando a alguien, y firmó Justo Armas. Así fue conocido hasta su muerte.

Don Justo llamaba la atención, y aunque su carácter fuera reservado, los citadinos se acercaban a él con curiosidad, buscando su conversación. Era afable, aunque melancólico. Había conocido la mitad del mundo.

Su cortés distinción no tardó en ganarle simpatías y entró a los círculos más selectos con los pies descalzos. Era igual en su trato con un cónsul que con un lustrabotas, del cual, por otra parte, no necesitaba.

Fundó una casa de servicio para fiestas de etiqueta y él mismo se encargó de adiestrar a los meseros. Entre los bienes que logró rescatar se encontraba una vajilla para banquete, que incluía cristales de Bohemia y candelabros de plata.

Hacía poco se habían acuñado las primeras bambas, para lo cual se fundieron las monedas de otros países que circulaban hasta entonces, que eran lo mismo pesos mejicanos que soles peruanos.

Los servicios de don Justo, que pronto fueron muy solicitados, eran pagados en consecuencia con bambas, aunque también, como moneda fraccionaria, con candelas y con huevos de gallina.

Y vio don Justo las fiestas de fin de siglo, en las que se lucieron las cuatro coheterías de la ciudad, que por aquellas fechas contaba con más coheterías que farmacias, y vio construir el nuevo palacio, y vio la ciudad pujante del nuevo siglo que oteaba con optimismo al porvenir.

Alguna vez, en alguna velada adonde asistió con sus meseros y su vajilla, oyó recitar a Rubén Darío, y se admiró de esas palabras que eran como un cristal o un candelabro. Pero los años pasaban, don Justo envejecía.

El secreto que no se llevó a la tumba

Don Justo enfermó, y fueron vanos los láudanos y el bálsamo y el musgo de Islandia. La familia Arbizú, con la que había guardado estrecha amistad desde un comienzo, mandó llamar al sacerdote.

Don Justo habló largamente, acaso por primera vez en su vida.

Estuvieran arriba, en medio o abajo, los seres humanos no le habían parecido muy distintos. Seres hechos de arcilla, eran movidos por las mismas pasiones, tenían defectos similares y una misma aspiración hacia lo alto. La mirada de la indígena que lo acogió en las costas de Sonsonate no era muy distinta de la mirada de su madre, la archiduquesa. El orgullo del policía de la esquina no era esencialmente diferente del orgullo del gran escritor. La mística de los músicos que interpretaban a Mozart en los palacios de Salzburgo, no era otra que la de la banda municipal de una pequeña ciudad, y el amor por lo bello latía al fondo de cada ser humano.

La tierra distribuía sus dones en todos los lugares, y si era hermosa una montaña cubierta de nieve, también lo era el volcán de Izalco, ardiendo como un perpetuo fuego de artificio, y si eran apreciables los bellos objetos y las altas catedrales, lo más hermoso de la tierra no era eso, sino el vasto pueblo de los humanos, fuera cual fuera su color, modificando el mundo para conformarlo a la medida de una idea.

Por último, don Justo habló de su vida en la corte de Viena, de sus amigos. Pensó que si hubiera hecho una familia sus hijos estarían muy lejos y serían gentilhombres cargados de honores.

El sacerdote se retiró pensativo y, con voz apenas perceptible, dijo a los pocos amigos que esperaban ansiosos en la antesala que el moribundo era miembro de la familia de los Ausburgo.

Algunos quisieron identificarlo con el primo perdido de Maximiliano de Austria. Únicos en saber el secreto, los Arbizú lo han pasado de padres a hijos hasta el día de hoy.

Pero alguien llegó después del sacerdote, deslizándose sin hacer ruido en el dormitorio del anciano. Don Justo la reconoció de inmediato. Era la sombra que había visto en el barco, poco antes de naufragar, era la que se había abalanzado con una antorcha para prender fuego al Palacio de San Salvador. Se dijo que estaba por tercera vez en su presencia, pero luego recapacitó y comprendió que siempre había estado a su lado, aunque hubiera adoptado muchos cuerpos distintos.

El anciano miró por la ventana la ciudad que seguía creciendo “por huevos o por candelas”, como se decía aun para expresar el esfuerzo en medio de las dificultades, aunque esa forma de pago ya hubiera pasado de moda.

Las luces de la madrugada iban llenando el Valle de las Hamacas.

La sombra lo tomó de la mano y don Justo entró descalzo en la Eternidad.

NOTA: Este relato forma parte de mi libro Lo que dice el Río Lempa (editorial Clásicos Roxsil, 1990) y es anterior a las investigaciones de Rolando Ernesto Déneke, quien sostiene que don Justo era el propio Emperador Maximiliano. Los datos relativos a la historia de San Salvador los debo a mi hermano Héctor Lindo Fuentes.

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