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Las FPL,
una guerrilla enorme y poderosa, sectaria y dogmática



Melida Anaya Montes, “Ana María”, líder del sindicato magisterial ANDES 21 de junio, en 1973 era parte del Comando Central de las FPL

A finales de 1973, poco más de un año después de haber dado a conocer públicamente su existencia, las FPL había pasado del primer núcleo armado, o comando central, a ocho nuevos comandos constituidos cada uno por seis o siete individuos. Es decir que se trataba de una estructura militar clandestina de unos setenta combatientes. Pero, como cada uno de ellos estaba obligado a reclutar a por lo menos quince nuevos colaboradores, estamos hablando ya de más de mil personas involucradas en la organización.


Lunes 18 de febrero 2008
Geovani Galeas
(Tercera parte)
redaccion@centroamerica21.com


Sin embargo, y a pesar de que la línea ideológica era fundamentalmente obrerista, o proletaria, la gran mayoría de entre los nuevos adherentes a las FPL no eran obreros, sino maestros y estudiantes universitarios y de secundaria. Una posible explicación de ese hecho es que una buena parte de los obreros estaban vinculados a sindicatos influenciados por el partido comunista, y Cayetano Carpio no creía que fuese políticamente correcto disputarle las bases a su antiguo partido.

Por otra parte, maestros y estudiantes conformaban un sector cuya politización se había multiplicado y radicalizado, en intensas jornadas de luchas reivindicativas y fuertemente reprimidas por el régimen militar, al menos desde finales de la década del sesenta. En todo caso, el hecho mencionado marcaba un principio de contradicción en el interior de las FPL: una organización que obsesivamente reivindicaba la proletarización, pero que comenzaba a crecer y a consolidarse a partir de una militancia proveniente, en su mayoría, de sectores medios. Con el correr del tiempo, esa contradicción se agudizaría progresivamente y allanaría el camino hacia la tragedia ocurrida en las FPL en 1983.

Proletarios y pequeñoburgueses

Felipe Peña, líder de las FPL en sus inicios, murió en un combate urbajo en 1975.

Entre los colaboradores de los dos primeros comandos armados fue surgiendo una nueva generación de cuadros y, entre ellos, algunos llegarían a formar parte de la dirección nacional de las FPL: dos maestros: Mélida Anaya Montes y Salvador Sánchez Cerén, y cuatro estudiantes: Felipe Peña, Atilio Montalvo, Medardo González y Gerson Martínez.

Mélida y Felipe fueron los primeros en destacar. La primera había dirigido las luchas del magisterio nacional en los sesentas; el segundo, hijo de un militar, era un brillante estudiante de economía. Ya para 1973 ambos pertenecían al comando central de las FPL. Pero, por estricto secreto y compartimentación, eso solo lo sabían los miembros de ese organismo de dirección.

Muchos de los combatientes de los nuevos comandos ni siquiera sabían, a esas alturas, que el dirigente máximo de la organización en la que militaban era Salvador Cayetano Carpio. Pero quienes sí lo sabían, hablaban del viejo dirigente obrero y de sus luchas con una veneración rayana en la idolatría. Si lo mejor y más puro de la sociedad se sintetizaba en el proletariado, Carpio era el más auténtico y avanzado de entre los proletarios. En el ya citado libro de Marta Harnecker, Con la mirada en alto, historia de las FPL, Atilio Montalvo narra lo siguiente:

“En el caso de nuestro comando todos éramos de origen burgués o pequeñoburgués. No éramos proletarios ni sabíamos que Marcial (pseudónimo de guerra de Cayetano Carpio), dirigía la organización. Entonces nosotros comentábamos con Felipe Peña: Lenin dice que los proletarios son los que deben encabezar la revolución, pero nosotros no somos obreros, y el proletariado está influenciado por tendencias reformistas, incluidas las del partido comunista; entonces nuestra tarea debe ser la de abrirle los ojos al proletariado, abrirle el espacio, y después nosotros nos hacemos a un lado”.

En el mismo libro, Gerson Martínez abunda sobre el tema: “Nos planteamos la necesidad de interpretar los intereses de la clase obrera y asumirlos en la práctica. Decíamos que los intereses de esta clase condensaban los intereses del pueblo y que, por tanto, esos intereses de clase eran los que tenían que hegemonizar (...) Pero lo que nos sucedió es que nos agenciamos su representación exclusiva. Entonces nos planteábamos la alianza obrero-campesina, con hegemonía proletaria, como el centro y la base de una alianza popular-revolucionaria”. Y añade:

“Marcial de alguna manera mistificó a la clase obrera, magnificó sus cualidades y, en cierta medida, tuvo una especie de superstición sobre el papel revolucionario del proletariado. Creo que en la década del setenta todos en las FPL adolecimos de lo mismo, salvo Felipe Peña y Mélida Anaya Montes, quienes tuvieron siempre una mentalidad irreligiosa frente a estas cosas”.

La fuerza

Salvador Sánchez Cerén, Dimas Rodríguez, Facundo Guardado y Gerson Martínez, en 1984.

Como quiera que fuese, lo cierto es que a finales de 1973 las FPL dieron un salto de calidad en su accionar militar, al comenzar a operar en columnas conformadas, cada una de ellas, por tres comandos. Ese año, sus columnas de guerrilla urbana, que ya sumaban tres, asaltan unas cinco agencias bancarias y colocan bombas en varias empresas norteamericanas radicadas en el país.

Al año siguiente, continuando un ininterrumpido proceso de crecimiento, la organización clandestina cuenta ya con cuatro columnas guerrilleras en San Salvador, y uno o dos comandos en cada ciudad importante del país. El comando central exigía que cada unidad militar realizara por lo menos una operación cada semana, de tal suerte que la operatividad guerrillera en el país, aumentada por el accionar del Ejército Revolucionario del Pueblo, que había surgido apenas un mes antes que las FPL, se multiplicó.

Los cuerpos de seguridad gubernamentales comenzaron a ser desbordados, sobre todo porque, a partir de ese año, a las guerrillas urbanas se sumaron las suburbanas, lo cual, en el plan estratégico de los insurgentes, implicaba el escalón previo para comenzar a conformar las primeras unidades de un ejército guerrillero.

Pero mucho más importante que el notable incremento de la estructura militar y de sus acciones, cada vez más complejas, fue que ese año comenzó implementarse, en la práctica, la otra línea estratégica definida por las FPL desde el inicio: la línea política. Hasta ese momento, 1974, el esfuerzo principal y casi exclusivo de la organización había sido el de la construcción del aparato militar clandestino. Y aunque ya desde 1972 habían elaborado en el papel una línea hacia las masas, esta aun no se había traducido en una organización concreta. El vuelco hacia ese esfuerzo marcaría la nueva etapa de las FPL, y fundamentaría el camino que convertiría a esa organización político-militar en la más grande y poderosa en la historia revolucionaria moderna de América Latina.

(Continuará)

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