El matrimonio decide acortar su viaje y volver a su casa en el número 34 de la Rua Gonçalves Dias del Barrio Valparaiso en Petrópolis. Han tomado una decisión, pero hay que preparar algunas cosas antes de ejecutarla. Bluchy, el perrito del matrimonio, observa feliz el retorno de sus amos.
Los siguientes cinco días él los dedica casi exclusivamente a escribir cartas a varios amigos, a su ex-esposa, a revisar el manuscrito de su autobiografía. Busca todos los libros que ha prestado y les coloca el nombre de su dueño. Hace un último viaje rápido a Río de Janeiro para entregarle copia de su testamento a su abogado.
Su mujer le ayudaría a poner estampillas para todas las cartas que se enviarían a los amigos, a meter los manuscritos y los trabajos inconclusos en sobres manila. Preparó el pago pendiente del alquiler, el sueldo de los empleados domésticos, instrucciones sobre qué hacer con sus utensilios y la ropa que se donaría a los pobres. También le sacó punta a todos y cada uno de los lápices que dejarían sobre el escritorio.
Cuando se hizo el 22 de febrero y revisaron la lista de pendientes, se dieron cuenta que todo estaba listo. Cenaron como todos los días y jugaron una partida de ajedrez.
A las 4 de la tarde del día siguiente, Antonio y Dulce Moraes, empleados del matrimonio de Stefan Zweig y Lotte Altmann, lograron romper la puerta del dormitorio que estaba cerrada por dentro. Intuyeron que algo estaba mal luego de ver la impaciencia de Bluchy, de que el teléfono sonara interminablemente y de que la pareja no apareciera por ninguna parte.
|
 |
Al entrar en la habitación, encontraron a Zweig perfectamente vestido, con una mano sobre el pecho, el rostro sereno. Lotte, al costado izquierdo de su esposo, tenía la cara apoyada en su hombro . Ambos estaban muertos. Sobre la mesa de noche un vaso vacío, una botella de agua, un frasco vacío de Veronal y la lámpara de noche, apagada.
Las pesquisas policiales fueron mínimas y quedaron planteadas dudas sobre el día y la hora exactos de la muerte de ambos. Hubo también versiones de que Lotte en realidad no murió de una sobredosis de Veronal sino que primero acompañó a Stefan hasta verlo morir y luego se inyectó morfina y se acostó al lado de su marido.
Los investigadores encontraron en la papelera del escritor innumerables trozos de papel de las que supusieron habían sido cartas de amenaza de muerte de simpatizantes nazis que vivían en Brasil, por lo que no faltó la suposición de un asesinato. Pero los que conocían a la pareja apuntaron que eso era poco probable, sobre todo luego que se leyeran las numerosas cartas que enviaran a sus amigos. Era obvio que todo había sido un muy bien planeado suicidio.
Stefan Zweig había nacido en Austria en 1881 en el seno de una familia judía acomodada. Su padre trabajaba con textiles y su madre era hija de un acaudalado banquero italiano. A pesar de su origen, su familia no era muy seguidora de las tradiciones religiosas. Zweig solía decir que sus padres eran judíos “por un accidente de nacimiento”.
Estudió filosofía e historia de la literatura. Se embarcó en constantes viajes que lo llevaron a conocer varios países de Europa, Norteamérica, Latinoamérica, Egipto, China, India y Japón.
Cuando estalló la I Guerra Mundial, y por problemas de salud, no fue al campo de batalla pero realizó su servicio militar en Viena, en un despacho de los archivos de guerra. Durante una licencia de dos meses viajó a Suiza donde conoció al escritor francés Romain Rolland. La amistad entre ambos marcaría a Zweig por siempre, haciéndole cambiar radicalmente su opinión sobre la guerra. Zweig se tornó en un pacifista y junto con Rolland apelaron a los intelectuales de la época a declararse contra ella.
Terminada la guerra, Zweig se instaló en Salzburgo acompañado de su primera esposa, la también escritora Friederike Maria von Winternitz. En el pequeño castillo que compraron, se dedicó por entero a la literatura y a cultivar amistades con diferentes intelectuales y artistas, desde Thomas Mann a Toscanini, que lo visitaban con frecuencia. También continuó con sus viajes. Fue un período de gran productividad literaria, entre las que destacan la escritura de Amok y su famosa Veinticuatro horas en la vida de una mujer .
Pero esta época idílica comenzó a verse afectada por los giros de la política austriaca y por el surgimiento del Nacional Socialismo. Intentó, mediante sus escritos en los periódicos, llamar a la sociedad a la tolerancia y a la razón. Pero los clarines de guerra comenzar a sonar con demasiada fuerza.
Viajó a Londres con el pretexto de terminar de escribir su biografía sobre María Estuardo. Su esposa decidió quedarse en Austria y Zweig viajó con su secretaria Charlotte Altmann, conocida como Lotte. Pronto florecería el amor entre ambos y se casarían. A pesar de ello, Zweig siempre mantuvo amistad con su primera esposa, a quien escribía con regularidad.
|
 |
Iniciada la II Guerra Mundial, Zweig adquirió la ciudadanía británica. Luego viajaría a los Estados Unidos y finalmente se instaló en Brasil, pensando que el podrido aliento de la guerra no lo alcanzaría hasta allá. Se instaló con Lotte en Petrópolis, una ciudad a 65 kms. de Río de Janeiro, famosa por su buen clima, sus construcciones históricas y abundante vegetación.
Contrario a su naturaleza, llevó una vida social menos intensa. Mantuvo comunicación epistolar con varios de sus amigos, aunque poco a poco las cartas se fueron reduciendo. Las noticias de Europa lo abrumaban demasiado.
Entre sus pocas amistades en Petrópolis estaba la chilena Gabriela Mistral, en ese momento Cónsul de su país. Solían juntarse para tomar el té en casa de los Zweig y a cenar los sábados en casa de Gabriela.
Fue precisamente Mistral una de las primeras en arribar donde los Zweig poco después de enterarse de la noticia del suicido. Le permitieron ver los cuerpos, todavía en la cama . Cuando ella llegó, alguien había colocado la mano de Lotte entre la de Zweig.
Una de las cartas dejadas en el escritorio del autor, decía:
“Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma.
Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.
Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto”.
El entonces presidente de Brasil, Getúlio Vargas, ordenó funerales de Estado para ambos. Asistieron miles de personas.
Bluchy, el perrito, según instrucciones de los Zweig, pasó a vivir con Margarida Banfield, dueña de la casa que alquilaban.