
Paseo y sobrevivencia en el Centro Histórico de San Salvador
Llego a mi destino justo cuando el reloj marca las 8:00 a.m. Realicé en 30 minutos un recorrido que un día domingo a las 11 de la mañana no tardaría más de 10. Bajé del autobús para absorber en mi espíritu todo el ambiente circundante: incontables buses y automóviles disputándose un espacio de las angostas calles, con maniobras bruscas, estridentes ruidos de “pitos” y gestos airados de los conductores; respiración a pulmón lleno de aire diluido con humo sin plomo (espero yo); aceras ocupadas por ventas entre las que buscan abrirse paso trabajadores, trasnochados, pordioseros y toda serie de viandantes; uno que otro edificio comercial junto a uno que otro edificio abandonado, pero casi todos deteriorados; estrés casi tangible; prisa, no se si de llegar a un lugar o de sencillamente escapar al ambiente; suciedad por doquier; belleza, nada más en algunas piezas arquitectónicas; tranquilidad, en casi ningún lado...
Lunes 25 de febrero 2008
Héctor E. Benítez
redaccion@centroamerica21.com
Podría estar en muchos lugares del mundo, pero estoy en uno solo: el Centro Histórico de San Salvador. A una cuadra se levanta frente a mí la Catedral. A dos cuadras alcanzo a divisar la Plaza Barrios , llamada por algún tiempo con el nombre de una compañía telefónica. A muchas cuadras a la redonda se encuentra el caos.
Mientras camino hacia la mencionada plaza, trato de aislar los incontables ruidos y olores que me circundan, alcanzando a hacerlo con unos pocos. Vendedores gritando, cláxones, equipos de sonido en comercios legales y ventas de “cd´s” piratas, motores gimiendo, niños llorando, frutas podridas y sanas, orín, lociones de transeúntes, cloacas…
Cruzo la calle Rubén Darío hacia ese Palacio Nacional mudo y olvidado como siempre que lo recuerdo. Atravieso luego la Avenida España con grave riesgo para mi integridad física y la de algunas personas que cruzan conmigo: dos autobuses de la ruta 2 desconocen el significado del color rojo en un semáforo. Por suerte sólo fue el susto y, tras él, me encuentro ya parado sobre la histórica Plaza Barrios, o Plaza Cívica, o “Plaza Telefónic…”
El centro: “así ha estado siempre”
Hay muchas personas allí. Unas usándola de puente entre dos calles, otras de lugar de descanso o punto de encuentro. Contemos también a quienes se ganan la vida en su interior: uno que otro vendedor de agua, billetes de lotería, cigarrillos; uno que otro delincuente, me imagino, aunque no tuve la dicha de conocer a ninguno.
Están también los que llegan a la Plaza Barrios a intentar vender su fuerza de trabajo; y los que ya no teniendo fuerza gustarían, al menos, poder vender los recuerdos que guardan de los años dorados del centro de San Salvador.
Carlos Ramírez es uno de los primeros; de oficio, albañil. Empieza quejándose de la falta de empleo, que lo lleva a aceptar trabajar ocho horas por cuatro dólares. Le lanzo sin más: “Yo vine a visitar el Centro Histórico. Pero está bien desordenado. Desespera, ¿verdad?” Carlos se queda pensativo, para luego responderme con evidente indiferencia: “Así ha estado siempre. Diez años tengo de venir, y no creo que cambie”.
Le digo que alguien tendría que hacer algo para ordenar el Centro. Él me responde con un “por gusto”, para luego soltarse en argumentos con los que pretende demostrar que los alcaldes hacen algo sólo para ellos mismos. Escucho yo también con indiferencia, para luego preguntarle su nombre. “Bueno, don Carlos”, le digo; “nos vemos otro día. Que tenga suerte”. Me agradece, mientras dirige su mirada a un grupo de adolescentes que entregan panfletos a diestra y siniestra.
Uno de esos panfletos llega a mis manos. Se trata de una invitación a un culto al aire libre para el sábado, promovido por una iglesia evangélica “transnacional”. Entonces reparo en los panfletos colgados de cables del tendido eléctrico y ramas de los árboles, donde compiten con pequeños banderines que llevan las letras F-M-L-N. El título del panfleto dice “Gran Revolución contra el pecado”. No puedo evitar sonreírme.
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“Estamos jodidos”
Me dirijo a un grupo de cinco señores, donde uno habla mientras reparte a los otros cigarrillos que tienen por marca el nombre genérico de un accidente hidrográfico. Los saludo muy cordialmente y, al parecer, la cordialidad de mi saludo fue suficiente para que el repartidor me extendiera un cigarrillo, junto con la elemental pregunta: ¿Fuma?
Por toda respuesta, tomé el cilindro ofrecido junto con una caja de cerillos. Les pregunto a quemarropa: “¿Cuánto tiempo tienen de venir a la Plaza Barrios?” El que menos tiempo tiene, tiene más tiempo que yo de vivir. “¿Y cómo está ahora, mejor o peor? “¡Peooooor!” responden, casi al unísono y entre carcajadas.
“¿Por qué?” les pregunto. “Ahora todo parece un mercado. Antes todo era limpio, todo bien silencio. Y los policías municipales eran decentes” me dijo, entre nuevas carcajadas de aprobación por sus compañeros, el repartidor de cigarros y, a todas luces, líder del grupo.
Les digo que para la alcaldía de San Salvador, sin importar quién esté al frente, es bien difícil lograr ordenar el Centro. “Pues sí, porque todos los alcaldes han sido h… y c…” dice un señor con barba de un año, por lo menos. Y continúa, entre las risas de los otros: “Mire, yo les digo a estos, que un alcalde necesita no sólo tener ganas de arreglar las cosas, sino también amarrarse bien los pantalones para mandar “al carajo” a los buseros, a los ladrones, a los vendedores ambulantes. Sólo así se puede arreglar esto. Sino, a los alcaldes se les suben encima y esto cada vez peor. Y más que ellos no tienen ni las ganas de hacer nada. Ve, estamos jodidos”.
Yo no podía más que asentir. Lo hice. Luego les agradecí por el cigarrillo a la vez que me despedía de ellos, contándoles que debía ir a la Plaza Libertad.
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“El desorden es otra cosa”
Llegar a la Plaza Libertad me reportó iguales molestias e inconvenientes que mi anterior trayecto a la Plaza Barrios. Siempre las ventas sobre la acera, y los vehículos automotores, pesados y livianos, a punto de pasarse llevando a los azorados transeúntes.
La Plaza Libertad. Igual panorama que en la anterior. Aunque a mí me parece más romántica, con los Portales tristes pero aún distinguidos enmarcándola. Aquí no hay ni invitaciones a cultos ni banderines rojos. Pero sí hay desempleados y pensionados.
Me acerco a uno de los segundos, preguntándole desde cuando conoce la Plaza Libertad. Tarda mucho en responder; comprendo que trata primero de recordar cuántos años tiene. “Desde hace cincuenta años. Desde que tengo diez.” Al darme su respuesta noto en su rostro la tenaz huella de un derrame facial, y el semblante del señor educado y con medianos estudios.
Lanzo mi comentario de siempre. El Centro Histórico de San Salvador es un caos. “Sí”, me dice don Antonio, “No se ha podido arreglar. Es increíble lo que ganan los alcaldes para que no arreglen nada. Imagínese, casi treinta mil colones. Deberían estar presos”.
Me lo dice muy serio. Yo, tratando de mediar, le pregunto: “¿Cree usted que un alcalde podría resolver este desorden? Porque a mí me parece que es algo bien complejo”. “Mire, varón (hacía años que no me llamaban con ese casi arcaísmo): la pobreza nadie la va a resolver, porque es mundial. Pero el desorden es otra cosa. Uno puede ser pobre, pero ordenado. Que no me vengan a decir que el centro es desordenado porque hay pobreza. Si la alcaldesa fuera ordenada, hubiera ordenado esto; pero más bien se desentendió de todo, se metió en más problemas que nadie con lo de la basura y ya casi se va, sin haber hecho nada”.
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“Si yo fuera a ser el alcalde de San Salvador” –le digo- “¿Qué consejo me daría para ordenar el Centro Histórico? Y don Antonio me responde: “Que haga lo que tenga que hacer. Sin tener miedo. Y que se acuerde que se le va a pagar por trabajar.” Me despido de don Antonio llamándole “varón”, y agradeciéndole por el consejo.
Me dirigía a la parada de buses cuando, al pasar por una venta de libros usados, me pregunté si no habría allí, de casualidad, perdido y olvidado, algún “Manual para el Reordenamiento del Centro Histórico de San Salvador” que pudiera servir al próximo que llegue a la silla edilicia. No existe. Que quien lo escriba, sea electo alcalde “ipso facto”.
Me subo al bus reparando que, entre todo lo que vi en el Centro Histórico de San Salvador, no había ni un solo turista. Tal vez la próxima. Me despido entonces del “Centro”, con la satisfacción de pasear por él… y sobrevivirle. |