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¿Sirven los talleres literarios? (2/2)
Los alcances de los talleres literarios enfocados a la “enseñanza” de la literatura creativa son en general limitados: quizá se pueda enseñar técnicas para que los poemas o relatos sean buenos en el terreno formal, y quizá se pueda potenciar cierta creatividad “natural” de los participantes, pero algunos textos bien escritos no harán a un escritor.
Lunes 25 de febrero 2008
Rafael Menjívar Ochoa,
escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Casi siempre los talleres se diseñan para atraer a la literatura a gente interesada en escribir, pero que por algún motivo –falta de vocación, de estímulo, etcétera– no lo han hecho. La inmensa mayoría no piensa en la literatura sino como un “hobbie”, como una actividad secundaria, y un poco como un asunto de status personal o de identificación con un grupo. El resultado puede ser un aprendizaje sano –y limitado– de algo interesante, pero también un festival de egos exacerbados.
Cualquiera que sea el caso, es difícil que haya una incidencia seria y permanente en las letras de un país, ya no se diga universales. No es que estos talleres sean negativos o inútiles; es que sus alcances son los que son.
Hay varios factores importantes que deberían tomarse en cuenta a la hora de plantearse un taller literario:
1. Un taller de “enseñanza” –como ya se dijo– tendrá un alcance corto en el tiempo y en la calidad. Con suerte y trabajo, habrá algunos textos buenos, alguien quizá descubra su vocación en la literatura y se podrá ampliar la base de lectores entrenados, que entiendan en carne propia lo que es la creación y lo transmitan en su grupo social y familiar.
2. Aunque existan dinámicas grupales, debe quedar claro que no existirá un proceso ni un progreso “estandarizado” de los participantes. Si se trata de tomarse la literatura en serio, como un oficio –es decir un modo de vida–, cada quién tendrá una apuesta diferente a la de sus compañeros. Sus procesos, por lo tanto, serán también propios, sus tiempos de avance, sus temas y sus tratamientos.
3. El enfoque de las lecturas no podrá ser académico, sino netamente estético, encauzado a la creación. Lo extraliterario –ideas del autor, generación a la que pertenece, algún enfoque especial, como género, ideología, etcétera– no contribuirá mucho a la creación, excepto como un asunto de cultura general. El modo de leer de un escritor es harto diferente al de un académico, y sus objetivos son diametrales. Foster dice que los estudiosos giran alrededor de la obra literaria, y desde allí se mueven; un escritor debe buscar recursos que eventualmente enriquecerán su obra (lo que de modo esquemático se llama “influencias”).
4. Las reuniones entre talleristas deben ser eso: reuniones. Se parte del hecho de que todos están interesados en contribuir con sus conocimientos a la obra de los demás, en la medida en que una crítica a un trabajo ajeno es equivalente a la aproximación al trabajo propio, y de adquirir conocimientos de los compañeros de taller. Debería existir una comunicación multidireccional, horizontal, sin que ello excluya las diferencias, los mayores avances o conocimientos de unos con respecto a otros, la certeza y aceptación de que tales avances no serán homogéneos: dentro del grupo, importan los individuos y sus planteamientos propios, originales e intransferibles. “El grupo” es un medio para que cada quién llegue a algo, no una institución con estándares que deban seguirse bajo pena de marginación.
5. Según el punto anterior, siempre existirán jerarquías más o menos delimitadas: algunos tendrán una obra de mayor calidad, una mayor trayectoria, una experiencia mayor. Esas jerarquías son algo natural, inherente a cualquier quehacer humano, y lo deseable es que sean reconocidas y respetadas por todos los talleristas.
6. El “contrapeso” a esa eventual jerarquización es una concepción que podrá parecer paradójica: todos los integrantes del taller son lo mismo, pero están en diferentes fases del mismo proceso, desde el eventual director, “facilitador” o coordinador –si lo hay– hasta el recién llegado.
7. Si se ve el taller como un sistema cerrado –diferente o “mejor” que otros talleres–, se perderá de vista algo fundamental: la literatura es un proceso mucho mayor y de mayor alcance que los logros individuales y grupales. Hay una “tradición” de la que cada escritor es parte, por sí o por no, y no puede sustraerse a ella. Un escritor y los eventuales miembros de un taller son sólo pequeños eslabones de algo que los supera en el espacio y, claro, en el tiempo. La literatura es reacia a los cambios bruscos. Sólo de tarde en tarde aparecerá algún escritor que realmente tenga algo de verdad novedoso, que cambie los parámetros existentes por unos nuevos, o que plantee novedades técnicas o temáticas. Eso no puede saberse de antemano; son los años quienes lo dirán, y un taller no dura tanto.
8. Un taller, en suma, es una apuesta a futuro, y ese futuro puede ser limitado –pocos de los participantes en un taller universitario seguirán en la literatura después de terminar sus estudios, por ejemplo– o de muy largo plazo, esto es: el resto de la vida de alguno o algunos de los talleristas. Es un medio de corto plazo y de corto alcance para llegar a un fin, cualquiera que éste sea.
De manera esquemática, quizá los puntos anteriores definan un poco –sólo un poco– de lo que sería un taller literario pensado no como una instancia de aprendizaje acerca de la literatura, con el “plus” de la escritura de algunos textos, sino un taller de trabajo creativo.
En El Salvador se han puesto de moda los talleres, y surgen y se transforman y mueren constantemente. ¿Es un proceso sano y deseable? Evidentemente sí; todo lo que contribuya a la generación de conciencia, de cierto tipo de conciencia, es siempre deseable y sano.
Igual hay quienes los utilizan para satisfacer sus egos, para ganar dinero sin tener las herramientas necesarias, o porque realmente creen en ellos estén o no capacitados para encararlos. Es siempre el riesgo en toda actividad humana, y pocas actividades hay que sean más humanas que la literatura.
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