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Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (V)
Mi hijo sacó de su escondite todos los libros sobre dinosaurios que hasta hoy tenemos en casa, desplegó sobre el piso la colección de animales terribles de caucho que poco les falta por caminar, y con la esperanza puesta no en mi respuesta, sino en que ambos nos fuésemos de viaje, me preguntó: ¿Papá, cómo es que los científicos saben cuál es el color de los dinosaurios?
Lunes 25 de febrero 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Parecía fácil comenzar por tomarlo del brazo y ponerlo al lado del mío, luego llamar a su hermana, para juntos vernos frente al espejo. Era una trampa, ninguno de los tres somos del mismo color, como es obvio suponer.
Después llenamos nuestras manos de jabón y las pusimos sobre el mismo espejo, las huellas dactilares impregnadas se parecían mucho a los garabatos que habíamos estado viendo la noche anterior en el libro de Paleontología. Camila dijo que se parecían a las de Jack, nuestro perro, y no esperó consejos, fue corriendo para levantarlo de su lecho.
Luego nos vimos el pelo, los ojos, los pies, fuimos al patio y tocamos las hojas, las flores. Salimos a la calle y por suerte el cielo estaba despejado, muy azul. Yo quería que ellos lo dijeran por su propia experiencia, algo que es tan simple, que el mundo está hecho de colores y que al parecer hay un responsable de todo eso: la vida que algunas veces se llama muerte.
El hombre vive sumido en una de sus mayores artes: la especulación. En el verso popular se dice que lo que no sabe se lo inventa. Esta máxima no es del todo peyorativa, todo lo que el hombre no ha tenido antes lo ha inventado o descubierto.
La brujería es uno de los mayores antecedentes místicos de la cultura, aunque muchos de los que la practicaron debieron pagarlo con tormentos, de ahí se fortaleció la ciencia, paradójicamente los defensores de la fe eran los que más vivían en la oscuridad.
Las preguntas que nos hacemos sobre aquello que sucedió en un tiempo tan lejano, son para muchos un mal negocio por no tener que ver con el reguetón y el Internet, sin embargo ni uno ni otro sería posible sin el chip, la endemoniada invención que es a la vez un descubrimiento: el de las posibilidades del conocimiento y la conexión del hombre y su mundo, sea este el pasado más remoto, el presente confuso o el futuro ilimitado.
Los primeros exploradores de los dinosaurios debían dibujar con sus manos y sus lápices de carbón el supuesto perfil del dinosaurio. A partir de una pezuña, de un colmillo, de una quijada, un cráneo o una vértebra, se presumía su forma. Algunos habrán salido con los cuellos y colas un tanto desproporcionados, pero no hay otro modo para la búsqueda que la especulación. Después, con ayuda de las computadoras y de la lógica matemática, más los acumulados conocimientos de la física, química, biología, geología, paleontología y otras ramas del conocimiento, la recreación adquiere mayor verosimilitud.
Especular es imaginar, y esto no nos lleva a otra cosa que al conocimiento, al saber del mundo que no pudimos ver con los ojos y que ahora vemos con la mente.
La comparación con algunos animales de nuestro tiempo, como las crestas de los lagartos, lleva a la ciencia, que ya conoce de la fisiología y la química de estos animales, a suponer que tal forma conlleva una función: el bombeo de sangre para enfriar su piel, aunque haya animales que no necesiten de tales crestas para modificar la química de su sistema sanguíneo.
El sexo animal es todavía más maravilloso, el color que pueden asumir algunas especies, el olor de sus efluvios, los movimientos de sus colas, o los sonidos, son el llamado natural que busca derrotar a la muerte como categoría universal.
Los colores de los uniformes han permitido que nos ocultemos de nuestros enemigos, ya sea para evitar que nos derroten en el combate o para emboscarlos nosotros. El camuflaje lo hemos extraído de la naturaleza, como el mismo camaleón.
Los colores son el rostro de nuestra personalidad, en otras palabras nuestra naturaleza. La izquierda se agarró con las uñas del rojo, pero también algunos focos rojos anuncian el reino de las putas y en los anillos de una víbora se detecta la potencia de su veneno.
El tricolor es el símbolo de banderas que llegaron con la revolución francesa y la república, dependiendo de cómo se conjugan puedes ser del Barcelona, de la socialdemocracia o del partido de gobierno, pero también algunos depredadores se visten de varios colores.
Hay izquierdas y derechas que reúnen todas esas cualidades a la vez, se detectan por la picada.
Los colores pastel nunca han inspirado más confianza que la que sale de las ropas de la Barbie , sin embargo ese pragmatismo fue el que devolvió a Daniel Ortega al poder, aunque haya sustituido la bandera roja y negra por la de un rosa de jardín para muñecas. Si le gusta o no a la gente, es otro problema, él llego a su trono.
Por un color alguien puede morir o vivir mucho tiempo en el reino animal. Es lo mismo en la política. Los ladridos potentes de un perro pueden anunciar el ataque, aunque en realidad sean el signo de un profundo miedo que se devana en el preludio de una atolondrada retirada.
Orhan Pamuk, el escritor turco y premio nobel de literatura, construye una historia con el sabor de la novela negra, y la titula Me llamo Rojo . En esta obra de la narrativa juegan, entre otras, dos grandes criaturas: la figura y el color.
La clásica novela negra de Samuel Dashiell Hammett, es una música simple y genial que describe esos mundos oscuros de las cloacas humanas; Cosecha Roja , o el Halcón Maltés encierran un estilo lúdico de recrear el mundo de las groserías del hombre, pero su definición por los críticos es ahora demasiado ortodoxa. La novela negra no es sólo la trama de un crimen, lo crudo del lenguaje, las frases inteligentes salidas de un personaje mediocre, la vida colocada como una vulgar bofetada, como lo es al momento de vivirla por los de carne y hueso, es mucho más.
La literatura es el verdadero arte de lo posible, la poesía puede caber en la novela negra. Pamuk encierra en su universo el tintero de muchas tonalidades, y el conjunto de asesinatos que en su novela se suceden están muy relacionados con los colores, no en su significado ideológico, o político, sino estético, criminal.
Los genios copistas deberán dibujar un bello caballo una y otra vez, cientos y miles de veces, hasta que, en las habitaciones alumbradas débilmente por velas o candiles, ellos mismos se vuelvan ciegos. Solo entonces, al dibujar el caballo, ya sin ver el que está en los campos, el que corre hacia la guerra, con los ojos sumergidos en las sombras borgeanas, el caballo se moverá en el lienzo, en el papel, porque no es la mano ni los ojos la que lo dibujan, sino la mente. Ese será el caballo perfecto, el único que vive.
Tal conocimiento debe encerrar un secreto, el que movido por las ambiciones humanas y el amor, acabará por desatar unas cuatas muertes. La ortodoxia de los críticos de arte es una especie de crimen, similar a la de la ideología política que suele despreciar a lo que se sale de sus casillas.
Es indudable que los colores de los dinosaurios surgen a la luz a partir del mundo que conocemos, pues los rasgos que sigue conservando nuestro planeta después de millones de años es básicamente el mismo, los colmillos y los músculos suelen ser inevitables para un animal carnívoro lo mismo que las abundantes bolitas de casa en un herbívoro, y claro, como nuestro mundo sigue poblado por abundantes reptiles, que son sus mayores semejantes dentro del reino animal, en ellos encontramos las pautas, algunas de las claves para imaginarlos.
El sistema sanguíneo, la temperatura ambiental, los alimentos, la sombra, el sol, la tundra, el desierto, la selva, la montaña, el ambiente en general, su composición química, es lo que permite los colores de las criaturas vivientes, algunas veces resaltadas por las excitación provocada por el miedo, el hambre, la muerte o la sexualidad.
Ese maremágnum de colores sigue siendo el de nuestro tiempo, por eso los seres humanos somos tan distintos y existe el dicho de que cada cabeza es un mundo.
Al momento de observar ese universo y sus colores, y si nos atenemos a la evolución de la vida misma, podemos concluir de que no hay especies superiores, todas las que debieron desaparecer lo hicieron, así mismo lo serán las que van por ese camino, incluyéndonos a nosotros, los mayores destructores del medio ambiente de todos los eras y períodos geológicos del planeta tierra, no importa si nos consideremos rojos, tricolores, amarillos, verdes o azules, en el fondo somos como los dinosaurios, seres destinados a desaparecer.
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