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Fidel ya se había ido,
ahora se va Castro
El barbudo guerrillero de la Sierra Maestra que cautivó al imaginario mundial a finales de los años cincuenta, aquél joven abogado de ilimitado coraje, excepcional talento político, y de verbo tan incendiario como persuasivo y aun artísticamente escanciado, el líder que prometió libertad, democracia, prosperidad y soberanía y dignidad para Cuba, ese era Fidel para su pueblo y el mundo.
Lunes 25 de febrero 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com
El dictador que canceló las libertades civiles de los cubanos, renegó del pluralismo democrático e impuso el partido único, hundió a su país en la pobreza y entregó la soberanía nacional a los rusos a cambio de un subsidio indigno, el anciano trastabillante y boca floja aferrados al poder, ese es Castro.
Algunos lectores y algunos amigos me dicen que, aunque no esté de acuerdo con las ideas del sátrapa cubano, en razón de la objetividad debería reconocer al menos que Castro es el más grande estadista latinoamericano del siglo XX. Yo no lo creo. Lo que si acepto es lo evidente: estamos hablando de un individuo excepcional por su inteligencia, su valentía y su tenacidad, condiciones necesarias pero no suficientes para ser un gran estadista.
Castro acertó en forma genial en dos fases estratégicas: el diseño de la toma del poder y el diseño para preservarlo. Eso solo hecho muestra su excepcionalidad pero, insisto, no demuestra en absoluto su calidad de gran estadista. A un estadista, me parece obvio, se le juzga por su legado a la patria, y eso tiene parámetros concretos: libertad, democracia, prosperidad, soberanía y dignidad.
Al cancelar la libertad de los cubanos, Castro anuló de facto las otras categorías de medición. En eso no hay ni debería haber discusión posible: ¿son libres los cubanos con una prensa única (la oficial), un partido único (el comunista), un líder único (Castro)? La libertad no es algo misterioso, es la simple posibilidad de elegir entre un sí y un no. Y los cubanos nunca tuvieron la posibilidad de decirle no a Castro, a menos que optaran por el paredón, la cárcel o el exilio.
Castro ejerció el poder absoluto durante 49 años. Hace un par de meses, en un escrito publicado en Granma, aceptó que sí se había aferrado al poder, pero explicó que eso se debió “a un exceso de juventud”, un exceso que le duró medio siglo le faltó decir, y del que solo se autocriticó cuando, ya senil, ni física ni mentalmente estaba capacitado para persistir en ese extravagante “error de juventud”.
¿Hay dictadores buenos? No, no los hay. Pero si los hay inteligentes y estúpidos. Castro nunca fue estúpido. Eso no creo que esté en discusión. Pero, en su circunstancia, la lucidez no es un atenuante en ningún sentido. Es todo lo contrario: el peor agravante de su infamia: Castro sometió consciente, deliberada y calculadamente durante medio a siglo a su propio pueblo.
Mauricio Funes, el candidato presidencial del FMLN, tampoco es estúpido. Cuando ante las cámaras de la televisión dijo que Castro no era dictador sino “alguien que, en virtud de las circunstancias, había tenido que quedarse en el poder durante tanto tiempo”, no se estaba equivocando por ignorancia: simplemente estaba mintiendo.
Mauricio Funes sabe perfectamente que el problema no radica en “las circunstancias” sino en una ideología específica: el marxismo-leninismo, ideología que clara y explícitamente reivindica Castro, y que tiene por objeto declarado el establecimiento de la dictadura del proletariado. Castro no hizo nada distinto, en cuanto al ejercicio absoluto y tiránico del poder, de lo que hicieron, en nombre y como fruto de esa misma ideología, Stalin, Mao, Kim Il Sun, Ceacescu y Pol Pot, entre otros dictadores de la misma calaña.
Ninguno de los miembros de ese club es reivindicado ahora en la historia de sus pueblos. Esa historia, una vez desaparecido el poder que los sustentó con mano de hierro, los condena como simples criminales ebrios de poder. Castro no será la excepción.
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